Honor a Ginés Liébana, que cumple años


Está Córdoba de enhorabuena en estos aún comienzos de 2021, con la primavera anticipada de todos los años reiterando que nuestras estaciones apenas son comparsas, efímeros figurantes, trampantojos o entremeses para un verano que es más bien un eón, omnímodo y abrumador tal una ópera de Wagner. Y lo está porque, dentro de pocas fechas, cumplirá cien años uno de sus hijos más resplandecientes, quien además tiene colgada una preciosa exposición antológica en el Palacio de la Merced. Ningún ciudadano medianamente sensible o sibarita, capacitado para obtener placer mediante la vista y la inteligencia, debería perdérsela.

No vamos a disputarle a Torredonjimeno el privilegio de haber visto nacer a Ginés Liébana. Pero sí queremos atribuirle a Córdoba un papel medular en la conformación del individuo, del genio, del creador. Veamos. Aquí se abrieron los poros del niño que, para ir de la mano de sus padres por la calle, tenía aún que extender el brazo hacia el cielo azul, mientras se complacía ante la elegancia de sus calles, sus gentes refinadas y sus caballistas, sus imponentes plazas, iglesias y palacios, que él descubriera en un esplendor y una configuración urbanística hoy inimaginables.

Aquí experimentó de adolescente el horror de escuchar de súbito que ya no tenía motivo práctico para llevarles, como cada día, la comida al lugar de su detención tanto a su hermano mayor, de dieciocho años, bello y prometedor cual el Adonais de Shelley, como a su querido padre, un honesto funcionario de correos que había sido denunciado, lo mismo que éste, con un vil pretexto falso. De esos que abundaban, nada más desencadenarse el alzamiento, en el rencor y la turbiedad de las retaguardias. Porque su hermano mayor y su padre, trágica, irregular, inexplicablemente, habían sido fusilados.

Aquí fue el alma de una juvenil constelación de aspirantes a creadores que se daban cita y escuchaban con arrobo música clásica en la casa de Carlos López de Rozas, de cuya acuciosidad acabaría emergiendo el Grupo Cántico. Que Liébana fue el eje espiritual y no alguien que pasaba por allí, o el más tarde considerado como mero ilustrador de la célebre revista, queda precisamente atestiguado gracias al Libro de Don Carlos, un portentoso volumen caligráfico, confeccionado de cabo a rabo por él. Y refrendado por su instintivo ascendiente sobre los demás, más tarde por su plus de conexiones madrileñas y luego por su cosmopolitismo, al igual que por mil y una vertientes que están todavía por desmenuzarse.

Aquí, en esta Córdoba, fue donde se cruzaron brevemente los caminos de un joven Ginés Liébana con un personaje tan inhabitual como Martín María Arrizubieta Larrinaga, el que durante más de treinta años fuera párroco de Santa Marina. Había llegado al califato como protegido del obispo Fray Albino, condenado a muerte por el franquismo y no pocas peripecias más. Jon Juaristi lo convierte, bajo el nombre de “Martín Abadía”, en personaje central de su novela La caza salvaje (Barcelona: Planeta, 2007), en donde relata la amistad de éste con un psiquiatra cordobés contestatario ingeniosamente llamado “Marcos Astilla del Fresno”.

En esta misma Córdoba, Liébana cultiva aleccionadoras amistades. Evoquemos en este sentido a José Cabrera Padilla, el ingeniero agrónomo (y también XII Conde de Villanueva de Cárdenas) que convirtió el cortijo “La Reina”, situado a un tiro de piedra de la ciudad y que existe desde el siglo XV, en una explotación modélica. En esa finca, propiedad de Fernando Solís Atienza, X Marqués de la Motilla, habría de refugiarse una larga y fecunda temporada el pintor, como amigo fraternal que fuera tanto del propietario como de su distinguidísimo aperaor.

No es de esta suerte exagerado afirmar que ha sido siempre Córdoba, al correr de los deslumbramientos, los desgarros, las plenitudes y los desencuentros acaecidos al amor de las décadas, el magmático escenario mental desde el que se define y propulsa la caleidoscópica personalidad de nuestro héroe. Y repárese en que hablamos de alguien que supo echar raíces temporales en una multiplicidad de urbes exigentes –Madrid, París, Río de Janeiro, Lisboa, Venecia, pongamos–, ejerciendo en sus propias palabras de “exiliado alegre”, esto es, y por determinación libérrima, no de refugiado político, no de opositor a Franco, no de sedicente progresista de los que hoy brotan de debajo de las piedras, sino de ecuánime, indesmayable trabajador independiente.  De un autodidacta que logró entrar como Pedro por su casa en los hogares más distinguidos, para retratar a sus pobladores y alternar de tú a tú con ellos. De quien acertó a tener trato, gracias al limpio salvoconducto de su talento, con muchas de las principales luminarias de cada periodo y lugar. Todo ello, sin olvidar quién era, de dónde venía y quiénes eran sus compañeros literarios.

Ilustrado someramente el cordobesismo liebanita con sus claroscuros, procede justificar la relevancia de la presente exposición. Si bien la obra reunida no es todo lo abundante que se desearía, sí debe reseñarse que se hallan en las mismas pinturas destacadas, en buena medida procedentes de la colección particular de Ginés Liébana. En el autorretrato de 1984 que la abre, nos tropezamos con un joven sexagenario en plenitud de facultades. Una mirada perspicaz nos interpela sin ambages, al objeto de prepararnos para la colosal exhibición de facultades que nos aguarda. Ya se trate de los persuasivos retratos de Nuria Espert o del manchego Antonio López, sus plasmaciones equivalen a una introspección de ida y vuelta, porque si se propicia una penetración intelectiva por parte de quien los interpreta, estos objetos de indagación no se conforman con que los escrutemos, sino que se transmutan en sujetos, con ánimo de proyectar sobre nosotros seducción, intencionalidad o picardía.  Especialmente en el caso del segundo, advertimos lo a fondo que se conocen ambos hombres, los nexos de confianza y desconfianza que tensionan su familiaridad, a la vez que se nos revela algo de la honestidad matérica del oficio compartido en una España de posguerra en la que llegan a coexistir la humildad y la luz de la alegría.

No menos impactante es el retrato de Santa Catalina de Jesús, realizado en el emblemático año de 1968, fetiche que diríamos ideológicamente refutado por una naturalidad intemporal. Se trata, cómo no, de la madre de Liébana, con su hábito de monja de clausura y una sobrecogedora serenidad en la expresión. ¿Cabe más apta glosa del absurdo de nuestra contienda civil, de la estridente falsedad de la mitología historiográfica, que la verdad que representa esta familia española y la manera en que se elevó, con orgullosa sencillez, sobre la crueldad cainita? Armonizando autoridad y dulzura en unos tonos que hacen pensar en Zurbarán, el cuadro posee una profundidad biográfica que brinda consuelo al observador sin prejuicios. No menos complejo es el retrato de César González-Ruano, en sí mismo un enigma, así como un dandy que admiró a Baudelaire u Oscar Wilde, un raro que nunca dejó de abrazar el malditismo. Si hay alguien libre, iconoclasta, anticonvencional y furibundamente literario, a la par que moralmente turbador, en la primera posguerra, es él. No sorprende que Liébana lo estimase, porque Ruano, que murió tempranamente en 1965, fascinaba a cualquiera. Mas sí sobrecoge el modo en que se atrapa en el lienzo una indudable simbiosis entre belleza y mal, entre fracaso y grandeza, y con ello se conjura una parte del misterio.

Son bastantes los retratos de fuste que enaltecen la muestra y no es factible hacer justicia en este apretado contexto a su valor. Mencionemos de pasada la semblanza de Francisco Umbral de los años ochenta, que antaño fue un cuadro más simbolista y exuberante, provisto de esa efervescencia vegetal tan singular, y que Ginés ha modificado hasta tornarlo más sombrío, más severamente goyesco. A este respecto hay que apuntar que Liébana jamás da por terminada obra alguna. Que, si está en su mano, altera, depura, corrige y reorienta cuanto le pertenece. Erika Barahona Ede, la fotógrafa y museóloga hispano-báltica que es una de las mayores especialistas mundiales en su producción, ha dicho que su sueño habría sido fotografiar un único dibujo de Ginés Liébana a lo largo de muchos años y montar una proteica exposición con las imágenes de todas sus versiones. O citaremos la gavilla de retratos de Mateo, el hijo de la edad madura, incluyendo esa escena onírica en la que el niño, saliendo de una cabeza de mujer, parece gobernar un conjunto de elementos dramáticos.

Tampoco olvidaremos la cabeza de Francisco Nieva, el académico y dramaturgo en cuyos montajes cabría sin duda rastrear una intensa influencia liebanita. O ese homenaje a la grácil modernidad de los años cincuenta que supone el atractivo aristocrático y braquicéfalo de Aline Paternotte de la Vaillée, inmortalizado a una edad biológica y erótica en la que coincidirían el retratista y la modelo. Junto a ellos, los rostros suspendidos entre árboles otoñales, el mundo de los sueños, la plasticidad poética. Dan fe de ello títulos magníficos, como “Paisaje desatendido pone muros”, “El horizonte duerme dentro de la sensación”, “La profusión viene a vender lo que le sobra”, “Memoria de lo que puede suceder” (que es tal vez una visión de Susana y los viejos), etcétera. Ante nuestros ojos desfilan, a menudo en pequeño formato, carnavales, grupos de danzantes y seres histriónicos, bicicletas y estupendos aparatos, péndulos, ruinas clásicas, estatuas, híbridos de humanos y monstruos, el Toledo alucinante de El Greco, caballos, pájaros, ángeles por doquier.

Aunque el artista pinta lo nunca visto, como en su poesía dice lo nunca dicho, hasta extremos subyugantes, lo primero es la excelencia técnica, la destreza compositiva, el métier. Salta a la vista en ropajes y cabelleras, en la profundidad de las perspectivas, en la sutileza lumínica y la tangibilidad del aire. De ahí que a cada rato pensemos en Velázquez, Patinir, Giorgone, Durero, El Bosco, el manierismo, Ramon Gaya, el surrealismo, Max Ernst, Dalí, el renacimiento italiano: un universo de riqueza, de culto a lo sublime sin desdeñar lo siniestro, de tradición interiorizada y sobresalientes maestros.

Si vamos a la sección de dibujos, celebramos que sean predominantemente recientes, aunque con Liébana no cabe jamás fiarse de las fechas, porque una obra firmada en 2016 puede muy bien tener de base un avatar anterior en lustros o décadas incluso. Baste señalar, para ir concluyendo, que su virtuosismo continúa siendo tan proverbial como magnético.

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