Enterrando ilusiones, despejando mentes


Con El hijo del chófer (Barcelona: Tusquets, 2020), Jordi Amat nos entrega un libro de triste y perturbadora belleza, que redime la literatura, despereza la moralidad entumecida y sumerge al lector en un pasmo horrorizado que es casi existencialista, pues al vacío parece arrojarnos. Aunque pudiera verse como la biografía de un contemporáneo poco conocido para el vasto público, el periodista catalán Alfons Quintà (1943-2016), quien se quitó la vida tras asesinar de un tiro de escopeta a su mujer, o como una quintaesenciada crónica política que abarca un relevante segmento de la vida catalana y española desde las postrimerías del franquismo hasta prácticamente nuestros días, en puridad es un ejercicio de estilo, introspección, análisis y glosa ensayística no poco inhabitual.

Abundan como sabemos los relatos más o menos informados que cubren las vicisitudes de la alta política nacional con su corolario de intrigas, ambiciones, deslealtades, mixtificaciones y gatopardismos, amén de su pintoresca galería de espectros, comisionistas, meritorios, buscavidas y capitostes, a mitad de camino entre el reportaje trepidante trufado de chismes, anécdotas o escándalos y el clásico recuento de confabulaciones, giros especulativos y aluviones de cuantas flaquezas y vanidades humanas quepa concebir. Si el narrador es un reportero sensacionalista al uso, buscará seducirnos con el morbo de escenarios y conductas que ahuyenten el tedio por su dramatismo, excentricidad o grosería, prodigando los inveterados ejemplos de ascensos y caídas, de lucros y descalabros, de lujo, transgresión y erotismo. Si en cambio tiene una frecuencia de onda sedicentemente política (en ese uso del término, envilecedor de cabo a rabo, que aquí y ahora lo impregna todo), centrará su interés en las disputas partidistas, los conflictos ideológicos, los personalismos y las luchas de poder, por lo general minimizando las culpas y los defectos de quienes son de su cuerda, y agrandando o distorsionando las del bando rival, al entender que el producto pergeñado acabará cobrando rentabilidad en tanto en cuanto satisfaga las estrategias de aquellos en disposición de premiárselo.

Lo que no es en absoluto frecuente, máxime en un volumen tan conciso y abrasadoramente actual como el que nos ocupa, es hallar en sus páginas tales dosis de distanciamiento, mesura, imparcialidad y finura de juicio. Menos aún, desde luego, es tropezarse con una escritura morosa, precisa, desnudamente literaria y dotada de un indubitable pulso moral. Nos merendamos así este libro como si leyéramos a un buen autor francés, ruso o británico, alguien que nos ofreciera un retablo, una fábula, una miniaturización convincente de la condición humana, con sus vicios individuales, sus flaquezas colectivas y las contingencias inherentes a cualquier devenir. Claro que lo que Amat va componiendo en sutiles pinceladas no es una obra de la imaginación, una ficción colorista. Sino una explicación sui generis de lo que ha sucedido en nuestra patria, tanto en la España que va de Franco al presente imperio de la izquierda plutocrática como en la Cataluña que media entre Josep Pla y Jaume Roures.

Localizamos en esta obra diversas originalidades en las que fijar la mirada. De inicio está su protagonista, el hijo del chófer de Pla, un muchacho que crece odiando al padre que le ha introducido, por elección y gracias a su propia habilidad como silente admirador de quienes en todo lo superan, en el privilegiado Camelot del “emboinado” (que diría con gracejo Francisco García Pavón) polígrafo de Palafrugell. Sin dicho acceso al autor de El quadern gris, ese logro de la inteligencia creativa nunca suficientemente ponderado, al sabio Vicens Vives tan prematuramente desaparecido, a los catalanistas del interior y del exilio, a los prohombres que enlazan doctrinal y culturalmente el nacionalismo identitario del pasado con su recreación y ampliación en este último medio siglo, con expresa inclusión de cierta élite empresarial y financiera, Alfons Quintà no habría llegado a ser el hombre en el que, increíblemente, dados sus modestísimos antecedentes socioeducativos, se convirtió. Y lo hizo, hay que reconocerlo, por talento, agudeza, inquietud intelectual, tesón, olfato y mérito. Unas virtudes que conviven, en peculiar armonía, con trastornos del carácter adscribibles a la inquina, el resentimiento, la brutalidad y, si se quiere, la psicopatía, en su simple y común manifestación como carencia de empatía, de respeto o de piedad.

Sin ser un letraherido o una pluma eximia, Quintà posee cuanto se requiere para ser no sólo un brillante periodista, sino también un portento de la información. Le motiva por añadidura el impulso de aprender de los más avanzados modelos extranjeros e imitarlos, tanto en su labor en periódicos como al crear TV3 y ser su primer director, persiguiendo la calidad y la modernidad que aún no se dan, por comparación, en el resto de España. Es un cosmopolita, no un provinciano. Su fuerte no es la genialidad comunicativa, sino la perspicacia investigadora, la clarividencia interpretativa, su aptitud para desenmarañar lo oculto. Déspota y atrabiliario en el trato con los demás, domina el manejo de las relaciones humanas y el arte de salirse con la suya, sin arredrarse ante nadie, en un grado inaudito; hasta el punto, por ejemplo, de escribirle, con dieciséis años, una desvergonzada y harto ingrata carta de chantaje nada menos que a un prestigioso Josep Pla ya mayor, y conseguir además mediante el trance su mediocre propósito.

Pero con ser psicológicamente afilado este retrato, es más jugosa, patética y desquiciante aún la presencia de Jordi Pujol en el libro. La descripción y elucidación de su éxito, del modo en el que crece, capitanea y se transmuta en mago de la política y en prestidigitador del dinero (esto último como antaño lo fuera, a menor escala desde luego, su padre Florenci), consiguiendo no sólo que Quintà pase de detestarlo y ansiar su destrucción a erigirse en su siervo e instrumento, sino que el conglomerado de la clase política y la judicatura españolas, tanto de izquierdas como de derechas, incurra en parecido ejercicio de sumisión voluntaria, avivando consciente o irresponsablemente el separatismo, supone otra aportación relevante. Si el llamado problema catalán, esto es, la desafección a España de una parte significativa de su casta hegemónica, es muy anterior a Pujol, lo que aquí se demuestra es cómo la ruptura discurre inseparable del negocio, la efervescencia emocional del embuste, el apasionado patriotismo de la corrupción rampante.

El paisaje que dibuja Jordi Amat es desolador. No hay un ápice de grandeza trágica, como lo encontraríamos en el mundo de un Sófocles, sino una sordidez grotesca, ubicua, oportunista, en exótico contraste con la plasticidad del dulce entorno geográfico en el que salen a comer o a navegar en busca de solaz estos señores. Se llega a hablar con fundamento de la célebre banalidad del mal, ese hallazgo de Arendt, porque cualquier pulsión ética o reflexividad edificante permanecen ausentes. El observador percibe que continuamos instalados, en este caso como sociedad catalana, mas quién duda que ello resulta extrapolable al conjunto, en aquel quilombo de país que describiera su presidente don Manuel Azaña al caracterizar la política de la II República, en la sinceridad de sus diarios, como “tabernaria, incompetente, de amigachos, de codicia y botín, sin ninguna idea alta”.

Algo de empaque shakesperiano late tal vez, por vía de lo reprobable, en la visceralidad rencorosa de Quintà, en sus desarreglos bulímicos, ciclotímicos o sexuales. Pero su maldad vesánica es derrotada a la postre por una zafiedad mostrenca, rala, oportunista, por un catálogo de pecados capitales, léase humanos hasta la extenuación, que es vulgar y previsible. Al servicio de esta falta de espiritualidad, de este cultivo cotidiano y contumaz de la mentira, se disponen los prestigiados recursos de la libertad y la democracia, mientras se abdica de todo raciocinio elevado o inclinación al bien. Ahora entendemos más cabalmente el sempiterno cinismo de Pla, su sobrevenida decepción ante Franco, el brujuleo fallido de Tarradellas, ese notable y digno antagonista de Pujol. Mas nos invade la pesadumbre ante tanta crudeza sin un adarme de escrupulosidad ética, mientras experimentamos una desconsoladora escasez de asideros. En fin, ahí queda esta imprescindible purga de aceite de ricino, por si algún día nos da por despertar, erguirnos y tratar de ser mejores.

 

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