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Bajo la capa de permisividad y libertad sin precedentes y derechos para todos, se descubre en una sociedad como la actual

Sale una noticia en las portadas de los periódicos: 4.000 personas mueren durante el año 2021 en el Mediterráneo tratando de llegar a tierras más seguras. Hace poco también salió otra sobre la pérdida de miles de personas: los suicidios durante la pandemia del año 2020 ascendieron en España a unas 4.000 personas. Estas dos noticias, en mi humilde modo de ver las cosas, definen perfectamente el gran tipo de desequilibrio que asola nuestra sociedad occidental y la increíble dureza que, bajo la capa de permisividad y libertad sin precedentes y derechos para todos, se descubre en una sociedad como la actual.  

Una o dos veces al año viajo, por motivos de trabajo, a uno de los centenares de sitios de nuestra geografía repletos de playas y urbanizaciones blancas habitadas por turistas jubilados  del Norte de Europa. Cuando salgo a correr me impresiona ver, a un lado, el mar desde donde llegan barcazas y cayucos repletos de personas físicamente destrozadas y, al otro, las relucientes urbanizaciones blancas ocupadas por turistas mayores que poco o nada tienen que hacer más que leer la prensa. Un día pasó por mi casa una monja afincada en Niza -el sur de Francia- que se dedicaba a acompañar a personas mayores  que ya retiradas de sus obligaciones laborales se habían trasladado desde sus ciudades francesas de origen al Sur de Francia en busca de sol y playa. Decía esta monja que muchas de ellas apenas veían una vez al mes a un enfermero o visitador. 

Seguía pensando -qué bueno es pensar- cómo habíamos llegado a este extraño fenómeno de un Mediterráneo que tanto a derecha como a izquierda es tumba de lo humano. ¿Cómo se podría empezar a dar solución? ¿Qué se necesitaría? 

Un inicio de respuesta: que se generara un lugar donde se encontrasen ambas necesidades de cobijo y afecto humano. Y ¿qué sitios hay disponibles hoy en nuestra sociedad que den cobijo y afecto a lo humano por el mero hecho de serlo? Inevitable que me viniera a la cabeza: la Iglesia. Además de por su organización y larga trayectoria, por estar extendida y desparramada por todo el territorio. Es universal y capilar lo que la permite llegar hasta el último de los rincones con bastante facilidad. Además tenemos un jefe, un Papa, que va decididamente en esta línea. Todos sabemos lo difícil que es moverse en una organización cuando los responsables no van en la misma dirección.
Se podrían armar centros donde los “guiris”, que se nos mueren de aburrimiento y soledad, ayudaran a estos nuevos que llegan por las costas con una mano delante y otra detrás. Un “win to win“. Todo el mundo saldría ganando. Empezaríamos a responder así, también desde abajo, a uno de los grandes desafíos de nuestros tiempos que nos toca afrontar. Las diferentes generaciones pasan o no a los anales de la historia según hayan afrontado estos grandes retos que les toca vivir.

El egoísmo mata, el servicio al prójimo genera. Así podríamos recuperar las próximas 8.000 vidas que se nos están yendo por el desagüe del egocentrismo y del narcisismo.