Alaska y el “precio COVID”


Todos tenemos un precio (COVID)

Ahora que la situación del COVID vuelve de nuevo con toda su fuerza a la primera plana de las noticias y nuestras preocupaciones cotidianas, he vuelto a recordar algo que se me ha hecho evidente durante todo este periodo COVID: todos tenemos un “precio COVID”, es decir, algo o alguien por lo que estamos dispuestos a arriesgar, bajar la guardia de las estrictas medias de seguridad que nos imponemos, cediendo al miedo de coger el bicho frente a ese bien.
De mis años de experiencia en un pequeño despacho de asesoría fiscal del que vivo, he aprendido una cosa muy importante: todos mis clientes al principio por supuesto que son iguales y que quieren cumplir ordenada y justamente con las obligaciones fiscales. Pero luego llega el pago trimestral del IVA y es cuando emergen las diferentes posiciones y, por tanto, cuando de verdad se conoce a la persona, de qué vive, qué prioridades tiene en su empresa, que busca, si vuela alto mirando hacia horizontes grandes o por el contrario tiene un vuelo bajo, estrechas miras y solo ve un metro alrededor suyo.
Hay un libro llamado Ulises y la Comadreja que ha pasado casi totalmente desapercibido de un extraño tipo alemán que es a la vez filósofo y financiero y que ha analizado el tipo humano que se sentaba en las mesas de trading y puesto financieros de las principales plazas del mundo. Llegó a la conclusión que la fortísima crisis financiera de 2008 surgió inevitablemente como consecuencia de un tipo humano que él llama comadreja, centrado únicamente en sus intereses y comisiones y mirando el cortísimo plazo como único horizonte. Él sostiene que para haber sorteado esta tremenda crisis hubiera hecho falta un perfil humano bien diferente. El Ulises: un aventurero de amplios horizontes que siempre quiere ir más allá, adentrándose en lo desconocido y aceptando jugar en la gran liga de los grandes desafíos de la humanidad de su tiempo.
Con el COVID podemos sacar algo bueno dentro de lo dramático de la situación. Conocernos mejor, nuestra humanidad, dónde estamos, individualmente y como sociedad. Más allá del discurso y de la alta consideración que tenemos de nosotros mismos, podemos descubrir qué tenemos hoy dentro del corazón, en qué o quien tenemos en gran estima. Que cierto es que apenas llegamos a conocernos a nosotros mismos.
Si hubiera un gran incendio en nuestra casa y nos lanzáramos a salvar la TV, más allá de nuestro discurso de la importancia de la lectura, ya sabríamos por qué tiene estima nuestro corazón.
Con el incendio que se nos viene encima estas navidades llamado COVID, podemos mirarnos en acción y comprender qué es a lo que tenemos estima, por qué o quien estamos dispuestos a bajar la guardia, a comer con, a estar con, y así saber lo que llevamos en el corazón.
Me viene a la memoria el gran jesuita misionero español Segundo Llorente (1906-1989) que pasó más de 40 años de misionero en Alaska, considerado confundador de este Estado y llegó incluso a ser elegido como representante ante el Congreso de los Estados Unidos, siendo el primer sacardote católico en formar parte de la legislatura norteamericana. Que tendría este buen hombre en el corazón y la mente, qué era lo que más estimaba para moverse de la manera que lo hizo: ¿Ulises o comadreja?
Su biografía Cuarenta Años en el Círculo Polar, sería un buen regalo de navidad para los que más queremos.