Cómo evitar llegar a ser un (auténtico) gilipollas


Traje que todos tenemos como fondo de armario

Estimado director:

El otro día comiendo de forma distendida con unos buenos amigos durante el fin de semana, uno de ellos nos contó el fatídico viernes que había pasado en su trabajo, sucursal bancaria, cuando tres clientes seguidos llegaron gritando y reclamando sus derechos como si les hubieran arrancado un brazo. El tercero que llegó bramando sufrió el desgaste de los anteriores y colmó la gota de la paciencia, derramando la invitación cortés pero firme de mi amigo de abandonar el local hasta la restauración de su cordura y modales. Este tercero acabó yendo a la sucursal más cercana para acusarle de haberle contagiado aposta con el COVID echándole  el aliento. “Estamos fatal” concluyó mi amigo.

Al día siguiente tocaba conversación con otro buen amigo abogado que me contaba sus penas parecidas para concluir del mismo modo: “Esto está lleno de gilipollas”.

Llovía sobre mojado pues recientemente había visto la estupenda película del ‘buen patrón’ donde Javier Bardem interpreta de forma magnífica a un empresario que, casi sin comerlo ni beberlo y siendo un tipo de lo más común, nada de psicópatas o ambiciosos desmedidos fuera de lo normal, se convierte en un auténtico gilipollas en nombre de un supuesto bien común: la empresa.

Y ya de paso me vino a la memoria el reciente viaje a Barcelona invitado por unos amigos a hablar de la vida en una distendida barbacoa. Había también en la conversación una mujer muy especial. Ella era como la “mami” de los yonquis que se rehabilitan en un sitio llamado cenáculo. Los conoció porque su hijo cayó en las drogas y pasó por este sitio que vive de la Providencia. Es un lugar donde los padres necesariamente se deben implicar en el proceso porque tienen la teoría de que, si han caído los hijos en las drogas, algo tendrá que ver la educación y el sitio donde han crecido. El caso es que al principio, decía la “mami”, le llamaban ‘la madre tóxica’. Me quedé con la cantinela y la mosca detrás de la oreja porque venía de una vida fuertemente religiosa. ¿Cómo puede haber alguien religioso, de misa y rosario diario, que sea totalmente tóxico para la vida de sus allegados?

Asistimos a un fenómeno que me parece único en la historia de la Iglesia: un auténtico gilipollas en nombre de otro supuesto bien común: Nuestro Señor Jesucristo.

Yo que llevo toda mi existencia dentro de la vida de la Iglesia se me encendieron todas las alarmas. ¡¡¡Existe este subtipo religioso!!!

Traducido al lenguaje de nuestro Papa, que a mi entender va como 10 pasos por delante nuestro, asistimos a la mundanización de la Iglesia. Bardemnización podríamos decir ahora.

Este fenómeno social, que diría que arriesgamos por pasarlo desapercibido, tendría su origen en el ejercicio de la responsabilidad como triunfo de una carrera personal, trabajada con denuedo y esfuerzo, formación, sudor, sacrificio y muchas renuncias personales. Cuando llegas a un puesto conseguido a la mens mundi, porque eres de los que te has hecho a ti mismo, pues es fácil saber cómo se va a ejercer dicha responsabilidad. Ya lo dice el famoso refranero español: “si quieres conocer a Juanillo, dale un carguillo”.

Si en la familia, la empresa o la política, pudiera parecer más justificado tal ejercicio de la responsabilidad (que no lo creo de ninguna de las maneras), desde luego en el espacio de la Iglesia esta tipología está totalmente vedada con las palabras de Cristo en el evangelio (tal vez las menos citadas de todo el evangelio, sobre todo por quien más les afecta) de el que quiera ser primero que sirva y sea el último. Iglesia jerárquica, sí, pero Juanillo, invertida, el responsable es el primero que sirve.

En el capítulo VI de la Fratelli Tutti ya lo recoge el Papa, esta vez, con palabras más suaves y corteses, que no menos firmes:

” 202. La falta de diálogo implica que ninguno, en los distintos sectores, está preocupado por el bien común, sino por la adquisición de los beneficios que otorga el poder, o en el mejor de los casos, por imponer su forma de pensar. Así las conversaciones se convertirán en meras negociaciones para que cada uno pueda rasguñar todo el poder y los mayores beneficios posibles, no en una búsqueda conjunta que genere bien común. Los héroes del futuro serán los que sepan romper esa lógica enfermiza y decidan sostener con respeto una palabra cargada de verdad, más allá de las conveniencias personales. Dios quiera que esos héroes se estén gestando silenciosamente en el corazón de nuestra sociedad.”

Existe una receta evangélica cuando uno percibe que las dosis de gilipollez le crece a niveles preocupantes. Como dice otro buen amigo (qué importante es en esta vida tener buenos amigos) el peligro de cambiar el traje de los domingos por el de gilipollas de los lunes, traje que todos tenemos como fondo de armario. Esta receta sería identificar al más débil y ponerse rápidamente a servirlo. El evangelio es muy sabio, también humanamente.

La lucha está servida: o un yo (incluso super religioso) descomunal, o dejar entrar en la vida a Dios (algo más grande). El yo (yo) o Dios. Let’s go.