Presencia de las ausencias


Foto: Eva M. Pavón

Cada uno, en la intimidad de sus pensamientos, atesora momentos y situaciones entre las que aparecen aquellos que un día alcanzaron la Gloria y que hoy habitan el firmamento azul Prendimiento Salesiano.

Pero si existe un tiempo, en el que esos seres que partieron a lo eterno, se hacen más presentes, es sin duda en los días Santos.

Reconoceremos la esquina que ellos nos descubrieron, donde veíamos con inusitada emoción, como se acercaba el Misterio que más nos llamaba la atención.

Presentiremos el perfume de los ausentes, entre los varales del palio que cobija la devoción perpetua, difuminado entre las calles de la candelería y las lágrimas lloradas de la Madre de Dios.

Reviviremos, las enseñanzas que nos legaron a modo de vivencias, sobre las autorías de los Crucificados de carnes barrocas y llagadas, y de morados estigmas góticos, al paso de las imágenes a las que entregaron sus fervores.

Retornaremos a la espera en junto a las jambas de los templos, a la bolsa de carbón del infante monaguillo, a la inocencia de la vida vestida de esclavina, a la dalmática brocada del joven acólito y al nazareno de blanco y carmesí que sale a las calles de la ciudad henchido de júbilo, con los mismos ojos de caramelo como en los que ellos se reflejaron, en un tiempo, cuando fuimos niños.

Y volveremos a intuir sus manos sobre nuestra túnica y sobre la frente, con los besos del aire y la señal de la Cruz hecha nube de incienso.

Queden estas sentidas palabras en honor y para gloria, de aquellos que fueron y siempre serán parte y fundamento de nuestro ser.

Para los que un día partieron, ligeros de equipaje, a la voz de mando del Capataz Eterno que habita los Cielos de la novia de los tiempos, sempiterna Córdoba.

Este es el tiempo sin tiempo.

El reencuentro esperado con lo vivido.

La etérea presencia de la llorada ausencia.

No dejen de sentir las presencias de las ausencias, solo son siete días para sentirlas, justo, cuando la ciudad se torna Jerusalén, Dios bendice nuestras calles con su sangre y con las lágrimas lloradas de su Madre Bendita.

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