Memento homo


El nazareno presentía que ese era un Domingo de Ramos distinto.

Se lo advirtió el frío de las noches pasadas y el brillo indolente de la luna, siempre sabia y alta.

Pero no quiso prestar oídos, pese a ser consciente de lo que le anticipaban.

Le temblaban las manos al ceñirse el esparto y esta vez no era por la inquietud de la Estación de Penitencia, sino porque el dolor tiene mil nombres y mil caras.

El nazareno había cumplido con todo el ritual antes de pisar las calles, lo último, un beso de adiós al retrato de su amor, ese amor que le dejó el corazón maltrecho el día en que, la sonrisa esbozada y ligera de equipaje, partió para habitar los Cielos en esas nubes de las que parece estar hecho por dentro, el primo lejano de Platero, el que alza contento al Salvador del mundo, el Domingo de Ramos por las calles de la urbe, rodeado del alborozo infantil.

El otro amor del nazareno, al que pronto presentaría su papeleta de sitio en el último tramo de parejas nombradas, le esperaba en la penumbra del templo, con las carnes llagadas y la amargura en los labios, con la sangre  derramada, destilando por cada poro, el amor más grande que ha podido existir, el que sembró el Altísimo en el corazón de su unigénito.

Y la tarde se hizo en el día de las Palmas y hubo alegría infantil por San Lorenzo y los niños que acompañan al Señor en su paso se volvieron para hacer un guiño al las nueves de atrezzo que decoraban el cielo…azul estaba la tarde de globos y caramelos.

El ocaso de ésta Dominica grande, ha llenado de luto a la ciudad.

Santo Cristo de la Salud./Foto: Eva M. Pavón

Recorre las calles el lamento de la muerte de Cristo, lo han traído entre sus túnicas, esos hermanos que visten el color de la pena en capas y cubrerostros, que toman en sus manos las candelas que iluminan el camino del Rey de reyes.

Crujen las carnes de Dios bajo las trabajaderas y duele el frío de la noche de regreso hasta Santiago.

El nazareno recuerda, traspasando los umbrales de la Puerta de las Palmas, como eran esos años de la túnica impoluta que su madre almidonaba, tan blanca como el alma de los niños, esa túnica alba de la que uno no quiere desprenderse jamás, porque de los niños, dicen las Escrituras, que es el Reino de los Cielos.

Se han derramado las últimas gotas de cera sobre las manos del nazareno, se ha marchitado el recuerdo, las lágrimas y la vida… y en  los charcos de la calle, una verdad de ruán se hace realidad y tiempo.

En la penumbra del templo, abrazando a Cristo muerto, ha puesto final el día que comenzaba risueño.

El nazareno le reza al Dios que Crucificado, ha bendecido las calles, con la premura del tiempo y la angustia de los años.

La media noche llegaba a los relojes del alma, inexorable, implacable, dejando caer el postrer grano de arena de la existencia y en los pulsos de aquel nazareno viejo, ese que hizo de su vida, un perpetuo Domingo de Palmas y Ramos.

“Memento, homo, quia pulvis es, et in pulverem reverteris”

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