Regina Roris


Regina Roris
Nuestra Señora del Rocío./Foto: Francisco Javier Conde Leo

La piadosa tradición, nos habla de un cazador que entre las retamas y sobre el tronco de un árbol, halla la bendita imagen de Santa María de la Rocina, en torno a mediados del siglo XV.

Pero lo cierto y verdad, es que según los datos arrojados mediante diversos estudios históricos, podemos hablar de finales del XIII, como inicio de la devoción a la Reina de las Marismas, toda vez que Alfonso X recupera para la cristiandad el Condado de Niebla, demarcación en la que se ubicaba la Villa de Almonte, en 1262.

Las noticias históricas y la devoción mariana del hijo de Fernando III el Santo, nos lleva a la conclusión de que toda vez repoblado dicho territorio, el Rey Sabio ordenase erigir una ermita o capilla para dar culto a la Santísima Virgen, cuya advocación adoptaría el nombre por el que se conocía el enclave, la Rocina.

La importante documentación y las copiosas reseñas históricas que hace mención a dicha ermita de Santa María de las Rocinas, dejan patente que ya en el siglo XIV estaba en pie dicho oratorio y que el mismo cobijaba la representación iconográfica de la Madre de Dios del Rocío.

La fundación de la Capellanía por parte de Baltasar Tercero en 1587, tiene como principal fin, organizar todo lo relacionado con los cultos, las limosnas, bienes y donaciones, con los que se contase. La creación de dicha Capellanía para la Señora del Rocío, puede ser sin duda el incipiente origen de la Hermandad Matriz. Es digno de mención que Baltasar Tercero, dejase patente cómo ha de conformarse dicha Capellanía, debiendo estar articulada con dos patronos de hecho y derecho, de un lado el Cabildo eclesiástico de Almonte y de otro el Cabildo Secular, es decir el Ayuntamiento, como administrador de bienes. Este binomio recibió el nombre de “Obra Pía” en los albores del siglo XVIII.

Desde entonces hasta nuestros días, muchos y muy diversos, han sido los cambios que han existido con el devenir de los tiempos.

En pleno siglo XXI y en datos, podemos decir, que la devoción a Nuestra Madre y Señora del Rocío cuenta con 117 Hermandades Filiales, 45 Asociaciones Públicas (erigidas canónicamente), 4 Asociaciones Privadas, 6 de ellas Internacionales, 22 Agrupaciones Parroquiales Nacionales (no erigidas canónicamente) y 6 Internacionales.

Continuando con los datos, es destacable el millón y medio de personas que se dan cita en la aldea del Rocío, durante los días de romería y la salida de la Señora, siendo esta exaltación devocional a la Madre de Dios, la más multitudinaria que se lleva a cabo en todo el orbe cristiano.

Miles de peregrinos y devotos, llegan hasta al Santuario durante todo el año para postrarse ante la Reina de las Marismas y de manera excepcional durante la celebración de la romería, el Solemne Pontifical, la procesión, las venidas y el Rocío Chico. Entre los devotos se pueden encontrar gente sencilla, aristócratas, príncipes, sacerdotes, cardenales, obispos, reyes e incluso hasta un sucesor de Pedro, pues fue San Juan Pablo II, quien se postró durante largo rato ante la milagrosa imagen de la Virgen del Rocío, orando con gran emoción y subiendo con posterioridad hasta el que más tarde fue bautizado como “balcón del Papa”, invitando, con emocionado fervor a que “todo el mundo sea rociero”, tal como reza el azulejo que deja constancia de aquel instante histórico.

Siglos de fervor, miles de personas devotas, cientos de hermandades filiales, no pueden estar equivocados, como nos intentan hacer ver desde diversos sectores de la sociedad.

El Rocío, ha sobrevivido a las guerras, a las penurias económicas, a las epidemias, a las modas y hasta a la propia vida. Ha de ser por algo muy importante, que sin duda, le hace imperecedero y esa perdurabilidad se la otorga la propia Madre de Dios.

El verdadero Rocío, que es el que ha hecho que hasta nuestros tiempos permanezca el fervor a la Reina del Cielo, es el menos popular, adolece de atractivo mediático y no “vende”.

El Rocío de las promesas, de los recuerdos heredados de padres a hijos, de vivencias con la gente cabal, de los milagros domésticos de la Virgen, de las alpargatas de esparto gastadas por los bancales de arena, de las velas prendidas en las parás, de las misas de alba entorno al Simpecado, de las medallas oscurecidas por la vida, colgadas al cuello como legado impagable de nuestros ancestros, de las manos asiendo la reja pidiendo favores a la que es ”Tan Alta”, el de los retratos ajados por los años, de la Señora vestida con el traje de camino y presidiendo la Parroquia de la Asunción, el de las camisas verdes descoloridas por el tiempo y el de los pañuelos que al cuello se colocaban para enjugar el sudor del esfuerzo por las tareas de la gente del campo, ese es el verdadero Rocío…

Lo expuesto, es una muestra tan solo, de los ejemplos vivos que conforman el día a día de la devoción rociera, una mínima parte de los pilares de esta fe, de esos puntales “que no derriba el viento ni vendavales”.

Una fe, tan honda y profunda, que está por encima de las modas y de sus protagonistas, esos que han hecho una representación pantomímica de lo que es el camino, la romería y la propia salida de la Virgen, para una galería ávida de chismes y para la prensa del “papel couché”.

Esos personajillos, esnobs, fatuos, noveleros, nuevos ricos, fantasmas, artistas de medio pelo, especialistas en dar sablazos, frikis y seudo famosetes, son los culpables de que trascienda de manera sibilina un falso Rocío, hecho a su modo y manera, basado en la opulencia de sus carriolas, sus estupendos diseños de trajes para el camino elaborados por afamados diseñadores, sus difundidas instantáneas con amiguetes de la misma calaña, acompañados de sendas copas de Whisky, ron, ginebra etc., y haciendo ostentación de su poderío en los porches de las casas de la aldea, …Gente que va y que viene, según esté más o menos de moda, la foto con la ropa recién estrenada y de marca, posando ante la fachada principal del Santuario, fariseos de medio pelo que no conocen ni por asomo la historia de la Hermandad a la que pertenece la medalla que llevan al cuello, gente impresentable que ni si quiera hacen el intento de cruzar las calles, entrar en el Santuario y mirar a los ojos de la Blanca Paloma, principal razón de ser de la romería del Rocío.…

Ese no ha sido, no es, ni será jamás el Rocío.

Cierto es, que la imagen de la devoción se resiente, por el uso y abuso que hacen de ella semejantes actores del teatro de las vanidades, pero más cierto es aún, que son miles de personas en el mundo las que conforman el auténtico Rocío, las que sienten verdadero fervor y devoción sin límites a la Madre de Dios de la Rocina.

Lo demuestran las oraciones, las capillitas que custodian las mesitas de noche, las velas de promesas ante cualquier cuadro o réplica iconográfica de la Blanca Paloma, las lágrimas de fe lloradas en la distancia y en la proximidad, las peticiones susurradas ante la mirada de la Patrona de Almonte, la emoción contenida en los rostros de quienes dan las gracias por los favores concedidos, la mirada fija en los ojos de la Reina del Cielo buscando el recuerdo de los que partieron a las marismas eternas…

Nos aguarda un nuevo Pentecostés, en este junio de calores y colores, con renovados sentimientos, con la emoción de vivirlo, con la ilusión de contarlo.

La explosión de la luz entre cales y arenas, el salterio mariano que conforma la presentación de las hermandades ante la Mediadora Universal de Todas las Gracias, la oración recogida y queda ante la reja del presbiterio, la luminaria de candelas y bengalas en el rosario, el encuentro con el Divino Niño, que tiene la “cara llena de churretes, de jugar con los rabos de los cohetes” y que nos lo muestra al mundo entre sus brazos virginales, la que es Madre de Dios y nuestra, patrona de Almonte, Reina de las Marismas y Bendita Virgen del Rocío.

“Sancti Spiritus, Domine, corda nostra mudet infusio, et sui rori intima aspersione foecundent”.

Que tu Espíritu Santo, Señor, descienda sobre nosotros, purifique nuestros corazones y, con el suave Rocío de tu venida, los haga fecundos.

A la memoria de:
Mi madre, que me enseñó a querer a la Virgen del Rocío desde la cuna.
De mi abuela Concha Aguilar “La niña lobé, cantaora y saetara, rociera de corazón.
Y de mi tío Joaquín de Paradas, guitarrista y rociero de caminos y ermita.

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