Los vip del costal


Ellos conforman la “élite” de la muselina morena y el saco…. ¡ay disculpen, que torpeza la mía! No recordaba que este “lobby” de las trabajaderas, no ha conocido en su vida, esos tejidos bastos con los que se hacían los costales de los costaleros de ley, sí, esos que han pasado a la historia con el injusto sobrenombre de “profesionales” y todo por unas cuantas pesetas que se les entregaban en un sobre sepia, con las que se intentaba pagar el esfuerzo, el sacrificio, los dolores, las lesiones, las lágrimas y hasta el agotamiento, que esta genuina “gente de abajo”, han padecido durante décadas y de los que apenas refleja y guarda la historia, justa memoria.

Estos “vip del costal”, conforman los movimientos que ejercen de “roneantes”, en las calles de nuestra Andalucía, durante los siete días y ocho jornadas, en las que conmemoramos la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

No hay nada que les plazca más a esta “tribu urbana de la arpillera”, que colocarse el costal bajo el brazo, ceñirse una faja que más que de costalero al uso, es propia como mínimo de los “aizcolaris vascos”, remangarse el pantalón como mínimo hasta la rodilla y lucir la camiseta de tiranta, una talla menos de la que han de usar, para dejar entrever la musculatura cuidada del “fitness”, que así se liga tela y se muestra lo guay que uno puede llegar a ser. ¡Ah! No olvidemos, dentro de la indumentaria obligatoria para el “costalero vip”, el costal…el costal es fundamental para “estos gregarios personajes”.

Sepan ustedes, que el costal debe taparles los ojos por completo, por supuesto, para que puedan hacer un movimiento anti natura al mirar cualquier cosa u objeto que les pase por delante de las narices, y así provocar una indiscutible llamada de atención en el público que les ve, dando lugar a miles de comentarios al respecto, con lo que el lema “soy el más guay”, causa un efecto rotundo en la “pasarela urbana” en la que convierten las calles por donde salen o entran de sus relevos.

Estos “reyes del postureo”, acompañan a “su capataz” a sacar el paso que sea, sin tener apego ni devoción a la imagen que procesiona en las andas bajo las que van, ejercen de “costalerito” durante todo el año, pavoneándose de su “buen trabajo en el palo” ante el personal adulador que les aplaude y vitorea las historietas, engoladas y siempre exageradas, que exaltan en bares y tertulias seudo cofrades, haciéndose imprescindibles en noches de cerveza y lenguas afiladas, predispuestas per se, al escarnio y vilipendio de la Junta de Gobierno, capataz, pregonero, cartelista o banda que ese día toque despellejar.

Estos “cuasi personajes” de nuestra Semana Santa, abundan en más proporción de lo deseable y llegan a ejercer de una manera apabullante, la presión suficiente para quitar y poner Juntas de Gobierno, defenestrar capataces y eliminar del acompañamiento musical de la cofradía en cuestión a la banda de música que haya tenido la desgracia de cruzarse en el camino de estos “elementos”.

Qué lástima, que semejantes “fichajes” existan en un mundo, que ha sido ejemplo de honestidad y de entrega, que ha pasado por momentos tan amargos y difíciles, que incluso estuvo a punto de dejar de existir. Momentos complicados para el mundo del costal, en el que la Providencia Divina puso bajo las andas de nuestros amantísimos titulares, a finales de la década de los 70 y comienzos de los 80, a cientos de hombres jóvenes que con más ilusión que fuerza, constituyeron el relevo generacional fundamental para las trabajaderas. Les llamaban “los niños” y fueron un ejemplo que ha quedado para la historia.

Hoy la mayoría de aquellos niños, jubilados ya del palo, forman parte de las Juntas de Gobierno de sus hermandades o están involucrados de una u otra manera en sus cofradías, atesorando en su memoria, aquellos tiempos de ensayos eternos, de frio y deshoras, como un apreciado e irrepetible momento de sus vidas. De esos primeros “hermanos costaleros”, han aprendido muchos hombres, que continúan con esa estela de buen hacer y del trabajo bien hecho bajo el palo, del amor a sus Titulares, del respeto por su capataz y la solidaridad y el cariño con sus compañeros de trabajadera.

Desde esta humilde y siempre sincera tribuna periodística, quisiera dejar estas letras para la memoria de nuestras cofradías, el reconocimiento a la figura del costalero de ley, el que fue mal llamado “profesional”, gente de bien a la que nunca se le hará la suficiente justicia, y a los llamados “niños”, que vinieron providencialmente a tomar el relevo necesario de sus antecesores.

No se dejen engañar por la figura del “costalerito de gimnasio”, el que está encantado de conocerse y que se hace “selfies” con el costal y las “niñas monas”.

Hay otro costalero (afortunadamente de manera mayoritaria), que siente devoción por las Benditas Imágenes que procesiona, que es fiel a sus principios, respeta honestamente a su capataz, se entrega bajo el palo ayudando a que todos trabajen bien, se muestra solidario con sus compañeros de abajo y acata los designios de la Junta de Gobierno como un hermano más, sin distinciones ni privilegios. Porque a las Juntas de Gobierno, las elige el Cabildo General, que es soberano, nos gusten más o nos gusten menos. Se eligen así, desde tiempo inmemorial en el seno de nuestras cofradías, de manera democrática, incluso en los tiempos en los que ésta no existía, las hermandades daban ejemplo de ello, con una urna, flanqueada por dos velas y presidida por un crucifijo, dando inicio al proceso electoral la invocación al Espíritu Santo.

Concluyo, diciéndoles que nada de lo expuesto me es ajeno, ni me ha llegado a través de comentarios, todo lo contrario más bien. He tenido la suerte de criarme entre la muselina morena y el saco, ese que mi madre (que el Señor tiene en su Santa Gloria), volvía de color rubio con enorme esfuerzo, a base de echarle cariño, horas y mucha lejía hasta ponerlo suave y trabajarlo en la costura que lo convertiría en costal para mi padre.

Mi padre, que fue de esos “costaleros antiguos”, a los que las cofradías les deben eterno agradecimiento y a los que prácticamente ya ni se les recuerda.

He vivido junto a él, miles de horas de ensayos, igualás y hasta angustias, las que daba tener un plazo de tiempo justo, para enseñar a los que nada sabían del costal y la trabajadera, pero que si traían como equipaje muchas ganas de aprender y mucha capacidad de sacrificio.

Duros fueron los primeros tiempos de esas cuadrillas, como las que mi padre creó, de la que todavía quedan algunos de aquellos “niños”, hoy hombres recios y comprometidos con la vida cofrade.

Les confieso, que pese a que me he criado en este ambiente de costaleros y capataces, sigo sintiendo como el primer día, verdadera admiración y aprecio por su labor y porque sin el esfuerzo de estos hombres cabales, no podríamos admirar, la elegancia y categoría, con la que andan nuestros pasos en nuestra tierra, llevando con la dignidad que merecen a Cristo y a su Bendita Madre.

6 Comentarios

  1. Totalmente cierto, hasta en una Hermandad como la del Señor de Córdoba está sucediendo y hay que aguantar les que se den golpes de pecho diciendo que ellos son su cuadrilla y llamándolo “el cautivo”

    • Esta gente que solo le gusta el postureo me echó de costalero pq estaban buscando “algo distinto”, ahora voy delante suya con mi cirio y no me arrepiento pero es de vergüenza que esa gente diga ser creyente

    • Buenos días Christian. En relación a su pregunta, le respondo con sumo agrado.
      Si la cuadrilla de costaleros está conformada por hermanos, efectivamente forman parte del Cabildo General, por el contrario, si no son hermanos, evidentemente, no conforman lo que llamamos Cabildo General.
      Gracias por participar y dejar su pregunta, hermano. Aprovecho para desearle un magnifica Semana Santa.
      Reciba un fraternal abrazo.
      Paz y Bien.

  2. Buenas tardes Irene. Tú reflexión no
    puede parecerme más acertada. Fui uno de aquellos niños/hombres cofrades que por devoción, más que por conocimiento, un día decidí conocer ese mundo distinto que existe tras unos faldones. Estuve treinta años y otros tantos que estuviera serían pocos para agradecer a los mal llamados “profesionales” por las enseñanzas que nos transmitieron, no sólo respecto de los pasos sino también de la vida, porque nos enseñaron a madurar. Esas enseñanzas me han servido para querer, aún más si cabe, a Sevilla y a su Semana Santa. Gracias.

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