Gloria Nazarenorum


A propósito de que veremos su silueta quebrada en la cintura, su zancada larga y valiente, su rostro ensangrentado y magullado, su espalda curvada por el peso del Santo Madero y sus manos astilladas por el roce continuo con el ciprés de forma arbórea en el que fue crucificado, traemos a esta columna, unos rasgos de la devoción al dulce Jesús Nazareno, la representación iconográfica más cercana al hombre, con la que se identifica en mayor medida e ser humano, al ver reflejada en la figura del Nazareno, la vida misma, sobre los hombros.

Existe en la historia religiosa, dos significativos santos españoles del XVI están íntimamente vinculados a la representación iconográfica de Jesús con la Cruz al hombro; San Ignacio de Loyola en la visión de la Storta, camino de Roma y San Juan de la Cruz en el milagro de Segovia. Ambos hombres de Dios protagonizan sendas apariciones de Jesús Nazareno.

No es de extrañar por tanto, que Carmelitas y Jesuitas, contribuyesen en gran medida, a la propagación del fervor en torno a esta iconografía de la contrarreforma.

No son estos los únicos casos constatados de la aparición de Jesús Nazareno, ya que en el siglo XVII la historia nos trae al Beato Padre Cristóbal de Santa Catalina, que funda en 1673, la Congregación Hospitalaria de Jesús Nazareno y cuya intercesión rogamos tenga a bien concedernos, en la casa Madre donde nos encontramos.

Con el inicio de las procesiones, en el siglo XV, la iconografía del Nazareno va a convertirse en la más representada.

A ello ayuda sin duda, la devoción propagada por la orden franciscana, custodios estos de los Santos Lugares en Jerusalén, como hemos mencionado anteriormente, del Santo Via Crucis y su introducción en España en torno a 1425 por fray Álvaro de Córdoba, al regresar de su viaje por Tierra Santa de 1418 a 1420.

Entre las catorce estaciones que componen el ejercicio del Santo Via Crucis, encontramos ocho estaciones en las que Jesús carga con la Cruz.

A partir del Concilio de Trento, comienzan a llevarse a cabo de manera continuada, las procesiones con sus ejercicios penitenciales con flagelantes, (hermanos de sangre) y acompañadas por cofrades portando candela, (hermanos de luz), que hacían Estación de Penitencia a templos
humilladeros y conventos, mientras meditaban con salmos y rezos el piadoso ejercicio del Santo Via Crucis.

Trento es sin lugar a dudas, el ladrillo de clave en los incipientes albores de la religiosidad popular.

Se inicia por tanto, una evolución estética en la imaginería, con la realización de esculturas de bulto redondo, que abandonaban el hieratismo de los retablos y hornacinas, para presentarse cercanas e incluso dirigir sus miradas a los fieles. Imágenes hechas para procesionar sobre pequeñas andas, portadas a hombros por los cofrades.

La iconografía de Jesús Nazareno, muestras rasgos muy distintos, aportando cada artista una impronta diversa en el escorzo de la imagen y en el rostro de la misma, pasando del dramatismo más absoluto representando el dolor de los martirios sufridos, hasta la mansedumbre serena de la aceptación mística de la Cruz como instrumento de Redención.

Los imagineros de los primeros tiempos, representan a Cristo con la Cruz sobre el hombro o en el momento de tomarla, de talla completa, con motivos ornamentales en las túnicas, talladas en la propia madera o bien a base de telas encoladas, policromadas y estofadas.

En la Capilla Mayor de la Parroquia de San Lorenzo de Córdoba, a lo largo de doscientos doce metros, encontramos un magnifico programa iconográfico pictórico de la Pasión de Cristo, extendiéndose por las dos bóvedas de crucería, en los muros, en las arcadas y en el arco toral.

Una ornamentación de estilo italogótico, de autor desconocido, que está realizada al fresco, es decir con temple y que se fecha en la segunda mitad del Siglo XIV, nos muestra a Cristo tomando la Cruz.

Ésta es por tanto, una de las primitivas representaciones iconográficas de Jesús Nazareno en Córdoba.

En palabras del Catedrático de Historia Medieval, José Sánchez Herrero: “Es la del Nazareno la última de las imágenes de Cristo en su Pasión, que cobra gran difusión”.

Y siendo la última como indica el profesor Sánchez Herrero, se convierte en la que mayor fervor devocional ha despertado a lo largo de los siglos y que con mayor arraigo se ha afincado en la religiosidad popular.

Circunscribiéndonos a Andalucía, podemos aseverar sin riesgo a equivocarnos, que en todos los rincones de nuestra región, por muy remotos que se encuentren, existe una imagen de Jesús Nazareno a la que se le rinda culto y a la que se procesiona, como es tradición en esta iconografía, en la Madrugada del Viernes Santo, primordialmente en el alba de esa Jornada Santa.

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