“Vosotros sois la sal de la tierra”


Carta de Su Santidad San Juan Pablo II a los artistas

Nadie mejor que vosotros, artistas, geniales constructores de belleza, puede intuir algo del pathos con el que Dios, en el alba de la creación, contempló la obra de sus manos. Un eco de aquel sentimiento se ha reflejado infinitas veces en la mirada con que vosotros, al igual que los artistas de todos los tiempos, atraídos por el asombro del ancestral poder de los sonidos y de las palabras, de los colores y de las formas, habéis admirado la obra de vuestra inspiración, descubriendo en ella como la resonancia de aquel misterio de la creación a la que Dios, único creador de todas las cosas, ha querido en cierto modo asociaros. (…)
(…)Ya en los umbrales del tercer milenio, deseo a todos vosotros, queridos artistas, que os lleguen con particular intensidad estas inspiraciones creativas. Que la belleza que transmitáis a las generaciones del mañana provoque asombro en ellas. Ante la sacralidad de la vida y del ser humano, ante las maravillas del universo, la única actitud apropiada es el asombro.
Vaticano, 4 de abril de 1999, Pascua de Resurrección.

En la inmensa mayoría de los casos, el mundo no va más allá de las paredes que conforman su sancta sanctorum y conste que no es por desinterés, ni mucho menos, es más bien porque ellos interpretan la vida de otra manera.

Los artistas y artesanos del arte sacro, han decidido parar el reloj de los tiempos, por eso, cuando uno abusa de la amabilidad de estos y traspasa los umbrales de sus talleres, parece que hemos abierto la puerta de otras épocas. Los utensilios y herramientas con los que trabajan nuestros doradores, estofadores, orfebres, tallistas, bordadores, imagineros, restauradores, batihojas, etc., son herencia de tiempos pretéritos que continúan dando vida a la cotidianidad del taller.

Desde esta tribuna periodística y con la profunda admiración que siento por ellos, quisiera dejar la impronta de un sincero agradecimiento, a modo de humilde portavocía de muchos cofrades y apasionados del arte, que reconocen la labor genuina que desde tiempo inmemorial los artistas de lo sacro, vienen llevando a cabo, entregado sus vidas en nombre del arte, para engrandecer a la ciudad y a nuestras devociones.

Merced a sus obras, nuestra Semana Mayor es de un valor artístico más que destacable y único, siendo reconocido este hecho a nivel mundial. Gracias a nuestros artistas y artesanos, al trabajo que realizan a diario y a sus esfuerzos por sobrevivir en una sociedad que vive de espaldas al arte y a la propia cultura, ha llegado hasta nuestros días ese legado de incalculable valor que atesora la ciudad en el seno de nuestras cofradías y en el interior de templos, capillas, monasterios, cenobios y conventos.
El trabajo ímprobo diario por mantener un tejido empresarial, que sin ese esfuerzo constante de los artesanos se hubiese perdido en las historia, el compromiso cotidiano por otorgar un salario medio a sus empleados, por sobrevivir a la ingrata competencia desleal y por ubicarse en talleres que en su inmensa mayoría, adolecen de las adecuaciones técnicas necesarias en nuestros días, por mantener oficios que desde el Medievo hasta nuestros días, han llegado intactos en su desarrollo y por ser los valedores de que tras seiscientos años, podamos continuar procesionando a nuestras más íntima devociones y sin cuyo trabajo no existirían, les hace dignos de no ser transparentes ante nuestros ojos y valedores de un reconocimiento perpetuo y digno de su impronta artística.

En una sociedad como la que padecemos, que muestra su indiferencia más hiriente a los más humildes y sencillos de corazón, hora es ya de levantar la voz en recuerdo de los que viven entre las paredes del arte, sin más ambiciones que la de realizar el trabajo con esmerada profesionalidad y sin permitir concesiones a la galería, algo tan poco dado en estos tiempos de “yoísmo” y “medallitas”, que nos ha tocado sufrir y vivir.
Permítanme que les haga una sugerencia, desde esta humilde tribuna y que les recomiende a todos cuantos la lean, que visiten los talleres de nuestros artistas y artesanos. En ellos encontraran el sabor a una ciudad que solo existe ya en la memoria de nuestros mayores y en las fotografías en sepia de los libros que atesoran la historia de nuestras cofradías. Conocerán la bohemia artística de otros tiempos y se reconocerán, en los jirones del alma que en forma de palabras, expresaran pausadamente estos, (por méritos propios), protagonistas de nuestra Semana Santa.
Lo deja dicho Cristo y lo recoge Mateo (5, 13): “Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada?

Ellos, los que nacieron con el don del arte, desarrollándolo con sus manos y con el corazón mediante sus obras sacras, son esa “sal” para nuestra religiosidad popular desde tiempo inmemorial.

Gracias a ellos y a su inspiración (no cabe duda que divina), se ha hecho realidad y tiempo, la semblanza de Cristo y de su Bendita Madre, dándonos la oportunidad de rezar ante Ellos y de poder dejar, como un lirio renovado cada primavera, el beso inusitado de devociones heredadas.

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