Queridos Reyes de Oriente…


Desde estas humildes líneas, y como una ciudadana más de nuestra querida Córdoba, quiero dirigirme a vosotros.
Espero que Sus Majestades, tras un largo e intenso viaje de miles de kilómetros, estén disfrutando de esta breve estancia que, año tras año, deleita a niños y mayores. Córdoba vive el privilegio de acogeros entre sus murallas, a vosotros, a los ilustres Melchor, Gaspar y Baltasar. Vosotros, los Tres Magos de Oriente, los que padecéis una extenuante noche al cumplir con suma perfección la ardua tarea de visitar los hogares de los más pequeños. Y todo ello, con el cansancio acumulado que suponen las horas de cabalgata, cuando regaláis a la ciudad intensos momentos de emoción y cómplices miradas.
Quiero pedirles por Córdoba, por la ciudad que padece la triste realidad de verse señalada como la capital con mayor riesgo de pobreza, pero sobre todo, quiero solicitar su favor en beneficio de nuestros niños, los que conforman nuestro futuro, esas generaciones que, dentro de unos años, participarán activamente en el modelo de ciudad que todos queremos.
No me olvido de nuestros políticos, los encargados de regir nuestros destinos. Para que más allá de partidos e ideologías sepan defender los intereses de Córdoba, luchar por ella y amarla por encima de los absurdos personalismos.
Y a propósito de nuestra clase política y de su gestión de la cabalgata que sus Ilustrísimas presiden, me gustaría hacerles llegar una sencilla reflexión. No pretendo hablarles de los kilos de caramelos repartidos o del número de juguetes que sobrevuelan con alboroto y alegría… Ni tan siquiera del contenido religioso presente en este cortejo de la ilusión. No, esas no son las motivaciones reales de estas líneas. Realmente, a mí, y a muchos otros cordobeses – nos gustaría hablarles es sobre esa noticia aparecida días atrás en los medios locales. Aquella que ponía de manifiesto que una de las carrozas se destinaría en exclusiva, y de manera específica, a acoger a niños de barrios en “situación de vulnerabilidad”. La razón de esta decisión, en palabras de Rafael del Castillo, nuestro delegado de Asuntos Sociales, no era otra que la favorecer –y cito textualmente-“la integración de niños de barriadas más empobrecidas”.
Desde luego, como comprenderéis, sí que considero muy loable la finalidad de la actividad, la de incentivar y premiar a esos pequeños campeones, a esos estudiantes que con pocos medios, pero con más ganas y esfuerzo que muchos otros, trabajan para formarse, para ser personas de provecho. Son nuestros futuros maestros, médicos, taxistas o investigadores, los que con tesón sabrán como nadie trabajar por y para su ciudad. Son los que, a día de hoy, deben ser el referente del resto de la infancia cordobesa, de aquellos que día a día lo tienen más fácil.
Sin embargo, más allá de esta hermosa motivación, entrañables Reyes Magos, me pregunto si nadie ha reparado en lo erróneo del planteamiento, si nadie del Consistorio se ha parado a pensar que el efecto de esta medida puede resultar contraproducente. ¿De veras que a ninguno se le ha pasado por la cabeza que una apuesta por la real inclusión sería que esos niños, como cualquier hijo de vecino, ocuparan cualquiera de las carrozas que conforman la cabalgata, junto a los demás niños de la ciudad, sin importar procedencia? … Más allá de status sociales, de géneros o de razas. Y todo ello respondiendo a un razonamiento muy simple, el que nos dicta que todos, y absolutamente todos los niños, tienen que tratados en igualdad, en los mismos derechos y en idénticas oportunidades. Por esta equidad, por su promoción y difusión, debemos luchar los adultos y, por supuesto, la clase política. Esa es la verdadera inserción y por ella debemos trabajar en beneficio de la infancia cordobesa. Ayúdenos, Magos de Oriente, en esta noble tarea.

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