¿Cómo es posible…?


Recordó lo que pasaba hace algunos años , cuando todo era más sensato, más natural, más equilibrado; cuando se podía vivir plácidamente, sin sufrir ataques.

El día estaba  fresquete pero como el viento se había aquietado la temperatura era agradable. En el cielo se deshilachaban brochazos de nubes agrisadas, que hacían de parapeto al sol .  Y eso era bueno : porque el sol de octubre es todavía vigoroso y a veces calienta más de lo que es tolerable y si se le da rancho libre  es muy  molesto.

 

Él estaba sentado bajo una encina, con su rifle acomodado sobre las piernas, y atento al testero que tenía enfrente. Por si se mecía alguna resecilla, mayormente.  A sus años cazaba de vista, porque el oído lo tenía averiado y oír, lo que se dice oír, oía poco.  El buscaba la explicación :

– Es que he pegado muchos tiros en la vida.

Podía ser verdad. O no. Porque  lo cierto es que en su familia todos flaqueaban del oído:  los que habían sido cazadores y los que no lo habían sido. Y no había motivos para que él, con ochenta y ocho años cumplidos, fuese la excepción. Tampoco le importaba mucho porque, si no oía, el perjudicado era el contertulio, que tenía que molestarse en repetir las cosas o en vocear . Llegado el caso, lo reprendía, con una sonrisa, y sin acritud:

– Habla más alto, que no me entero, zarramplín.

O bien :

– Repite otra vez, despacio y vocalizando… ¿no ves que no me entero, zascandil?

A lo lejos vio blanquear la silueta de unos podenquillos batiendo el monte y, aunque no oía la dicha de los perros, supo que ya habían soltado.  Respiró hondo: una fragancia de jara le inundó los pulmones y le saneó los adentros y con el olor a jara le invadió una honda felicidad. El siempre se había reído de la aroma terapia y sus beneficios :

– Tonterías de curanderos espabilados, solía decir. Gilipolleces…

Pero, no obstante,  vistos los resultados, pensó:

– Coño, a lo mejor tienen razón…

Aunque, bien mirado, él creía que la felicidad arranca de cosas más importantes : de hacer el bien y de  disfrutar de las cosas que se dicen pequeñas pero que, realmente, son grandes :  apreciar la belleza de la naturaleza, el vuelo de un torcaz, los distintos verdores del campo, los rebrillos del agua de los arroyos…El, a su edad, columbraba  tras  esas maravillas la mano de Dios. Y eso lo llenaba de una alegría cálida y arrolladora .

 

La quietud del campo lo llevaba a reflexionar : no dudaba que habría gente, bastante gente, más lista que él. Bueno, tampoco hay que exagerar:

– Habrá muchos que sean más listos que yo, si bien no demasiados…

Pero estaba seguro que las  personas como él, con ochenta y ocho años cumplidos y con tanto sentido común y con la cabeza en su sitio , escaseaban.

Cuando  pensaba en la mayoría de los políticos se cabreaba. Porque los veía como niñatos engreídos y engañadores. De hecho, él aplaudiría con más gusto a la cabra de la legión que al presidente del gobierno.    Con muchísimo más gusto, dónde iba a parar… Y confiaría más en  un tarabito,  que en  un ministro.  Y le daría más crédito a un tautau, que a muchos de los politicastros que ladraban en la televisión mintiendo de manera ostentosa.  Porque a él, con ochenta y ocho años cumplidos, no lo iban a engañar tan fácilmente. Porque él era muy viejo. Y había vivido mucho. Y encima pensaba por sí mismo. Y encima tenía sentido común. Y la cabeza en su sitio.

Lo del lenguaje inclusivo lo encocoraba, porque era gramaticalmente incorrecto, porque era artificioso, porque era, en suma, una gilipollez …y sobre todo porque en el mismo subyacía una idea perversa : romper nuestra cultura y nuestros principios. El, si se echara a la cara a la ministra de igualdad, le espetaría sin pensar,  al tenazón:

– Tú eres ministra. Yo un viejo de ochenta y ocho años. Pero además tú eres una niñata inculta. Y yo un viejo muy toreado y con sentido común. Y además tú tienes menos luces que un isocarro.

Y se quedaría tan tranquilo, porque los viejos como él, ya pasan de todo, y dicen los que les da la gana. Y, encima, si tienen razón, más.

No entendía, por ejemplo,  por qué la gente no protestaba por esos abusos del lenguaje que llamaban inclusivo . Lo que más le sorprendía es que los académicos y los escritores y los intelectuales no hicieran, como era su obligación, manifiestos constantes para corregir esos abusos. Recordó lo que pasaba hace algunos años , cuando todo era más sensato, más natural, más equilibrado; cuando se podía vivir plácidamente, sin sufrir ataques y sinrazones. Y pensó:

 

– ¿ Cómo es posible que la gente se haya vuelto tan gilipollas en tan poco tiempo ?

De pronto sintió un tarameo  en el machoncillo de monte apretado de su izquierda. Y se puso alerta. Pero era un podenco ataravizcado. El perro salió al cortafuegos y  lo miró. Carleaba. Y cuando carleaba, parecía sonreír y le brillaban los ojos. Sintió una natural simpatía hacia el perro. Y hasta envidia: era fuerte, noble  y libre. Recordó que había en trámite una ley que imponía la castración de los perros, lo que evitaría tener cachorrillos y ponerlos criar en casa . No sabía los detalles, pero la filosofía de la norma  le pareció monstruosa. Y era  una contradicción más de esa gente. En la época de mayor  protección de los animales, se dicta una ley para caparlos.

Pensó:

– ¡ Hay que fastidiarse con los putos políticos ! Parece que no tienen otro oficio que buscar la forma de prohibir y de jodernos …

El perro que carleaba y parecía sonreir oyó una ladra a lo lejos y  arrancó con fuerza  cerro arriba. El hombre lo vio alejarse:  fuerte, noble, libre. Volvió a pensar en la ley. Se recordó de los animalistas, animalistas de moqueta y despacho. O de manifestación e ignorancia. Gentecilla que no veía el campo nada más que por televisión. O ni eso. Pero nadie protestaba ante sus excesos. Más bien los aceptaban con resignación estúpida y cobarde.  Y susurró:

– ¿Cómo es posible que la gente se haya vuelto tan gilipollas en tan poco tiempo?

Se dio cuenta que , era pensar en los politicastros, y cabrearse. Y a eso no estaba dispuesto. Al menos en ese momento, en que tenía todo para ser feliz: salud, veteranía, y belleza a su alrededor.

Miró la lomilla de  enfrente. Aunque el otoño había venido miserable en aguas, apuntaba ya  la hierba verde . Miró los apretales de monte de su izquierda : eran también verdes. Y la copa de la encina que lo protegía también verdeaba , con una tonalidad hermosa, más apagada, pero hermosa.

Volvió a respirar hondo. Ríos de perfume de jara aromática le entraron en los pulmones, anegando  todo su ser. Y se sintió de nuevo feliz. Pletórico. Se sabía un joven de ochenta y ocho años. Pero un joven. Y como era optimista, se supo, a la misma vez,  joven y viejo, y  esperanzado. No obstante, quiso decir algo en voz alta. Aunque nadie lo oyera.  Aunque estuviera solo, en mitad del campo. Y como lo quiso decir, lo dijo, porque a él, con ochenta y ocho años, no lo iba a callar nadie:

 

– ¿ Cómo es posible que la gente se haya vuelto tan gilipollas en tan poco tiempo ?

La montería continuaba: arrollones de monte, ladras de perros, nubecillas en el cielo, y el sol parapetado detrás de ellas. Un rehalero que pasaba cerca del puesto  voceaba :

– ¡ Oeeee, oeeee, vamos “ palante perrillos  !

Y se le acercó:

– ¿ Ha habido suerte ?

Y el viejo, que no había pegado ni un tiro, dijo con toda convicción :

– He tenido toda la suerte del mundo, mejor imposible.

Y el rehalero siguió cerro arriba :

– ¡ Oeee, oeeee, vamos “ palante perrillos “ !

La mañana avanzaba; en el testerete de enfrente cruzó como un rayo un venado; el viejo, corto de reflejos,  no pudo ni echarse el rifle a la cara; pero en vez de encocorarse por su torpeza, sonrió;  y vio complacido como el venado trasponía un pechete y cimbreaba entre los matorrales buscando la huída; y entonces  tuvo la seguridad de que la mano de Dios regia amorosamente su vida, con toda determinación, desde allá donde se encontrase Dios, desde más allá de la eternidad.