Feliz cumpleaños feliz


Ante las responsabilidades y ante las situaciones extremas que la vida le había puesto delante, jamás había vuelto la cara

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I.- Con la amanecida, bajaron algo las temperaturas y antes de que el sol apuntara sus resplandores, se levantó una brisa ligera que entró  por las mallorquinas y la refrescó ligeramente. Tras una noche tan calurosa, sintió el consuelo del aire fresco pero, cuando empezaba a solazarse y a hundirse de nuevo en el sueño, la impertinente  melodía de la alarma quebró el silencio.

A veces era muy ordinaria al hablar :

– ¡ Los muertos del despertador !

Aun amodorrada por la soñarrera, comenzó con los menesteres habituales : aseo, desayuno…y los varios pormenores que le reclamaban sus hijos y su marido. Y los dos perros. Y además redactó la nota para la asistenta, eso que no faltara…Y, por si fuera poco, en su mente, martilleaban ya  las cuestiones profesionales más inminentes,  que tendría que resolver en un rato.

 

Era una mujer actual y, junto a su trabajo, regía también a una familia y sus variadas necesidades. A pesar de ello, le fastidiaba el feminismo militante e interesado, al que veía  como un camino de trepas y oportunistas, que no habían dado nunca un palo al agua. Y le encocoraba también la mentira. Y el cinismo de algún político. Y…

A veces era muy ordinaria al hablar :

– A cualquiera de estas feminazis las ponía yo a trabajar una semana conmigo, a ver si tenían huevos de seguirme el ritmo….

Pero aquella mañana, en su corazón, había un sentimiento extraño, entre feliz y triste. El abotargamiento propio del madrugón no le permitía descubrirlo aun. Pero ahí estaba, agridulce y contradictorio, enneblinado en su conciencia,  apuntando que era un día especial, pero sin descubrir todavía  la razón de  esa importancia.

 

Con el primer sorbo de café, se hizo la luz : era su cumpleaños. Y los números cantaban que  ya no era una niña. Tampoco una vieja. Sí una mujer madura. A ella nunca le había importado cumplir años.

 

A veces era muy ordinaria al hablar:

 

– Lo malo es no cumplirlos, coño, solía decir.

 

Y no le faltaba razón. Por tal motivo, para ella, su cumpleaños había sido  siempre un motivo de alegría, de una alegría reidora, que fluía como un arroyo desbordado, inundándolo todo de felicidad. Pero aquel año, no iba a ser igual. La vida le había dado un puyazo en todo lo alto . Un puyazo en el mismo morrillo de su sentimiento. Así que su alma había sangrado bien. Y aun no se había repuesto.  Por eso, su sensación era, a la vez, alegre y triste.

 

II.- Antes de salir de su casa, echó la vista atrás. Aunque solía ser muy parca en reconocerse méritos, la realidad era tozuda y bien podía decir que su vida, tanto en lo personal como en lo profesional,  era un éxito. Y, sin duda, había contribuido a hacer el mundo algo mejor. En su ámbito, ciertamente limitado: familia, amigos, compañeros…pero un mundo mejor.

 

Ante las responsabilidades y ante las situaciones extremas que la vida le había puesto delante,  jamás había  vuelto la cara, ni había buscado la comodidad, ni el sí pero no, ni taparse, ni ponerse al hilo del pitón…Antes al contrario, siempre había estado en primera línea de fuego, costase lo que costase, sin valorar su propia persona o su conveniencia, si no tan sólo  el bien que podía hacer.

 

Y ahora, aunque aun estaba trastabillada por el puyazo que le había dado la vida, no pensaba entregarse, ni repucharse, ni rajarse. Ella no era mucho de poesías pero, por esas cosas que tiene la mente, que es muy caprichosa, se  acordó de pronto de  Miguel Hernández :

 

Como el toro me crezco en el castigo

La lengua en corazón tengo bañada

Y llevo al cuello un vendaval sonoro.

 

Y se dio cuenta que ella también se crecía en el castigo.

 

Aunque ya había cuajado el verano y los campos estaban decaídos y mustios con sus pastos amarillos, reparó que, en su casa, el jardín seguía verde: verde el césped, verde el naranjo, verdes las dos catalpas… En el pináculo del verde ciprés un verderón chirriaba su canto y, sobre las verdes cañas de bambú, un verdecillo se balanceaba toreando las suaves embestidas de la brisa.

 

El verde paisaje de su casa, de su familia, le  pareció una metáfora de la esperanza y del lugar donde ella había de encontrar, encontraba de hecho, el refugio donde lamerse las heridas para, luego, renacer con más fuerza que nunca. Herida, herida para siempre, pero con más fuerza que nunca. Porque  vio con nitidez que aquel día no era sólo su cumpleaños, sino el cumpleaños de todos los que la querían.

Entonces oyó, entreverado entre los rumores de la mañana, un susurro de hermosas eufonías:

– Feliz cumpleaños feliz.

No supo de donde remanecía esa felicitación. Tal vez del viento, tal vez de la tierra….O  tal vez del cielo…Sí,  probablemente del cielo, y  de muchos corazones a la vez.