Tiempo de reconciliación


El quería a su amigo, aunque ese afecto no lo cegara. Por eso reconocía las miserias de éste. Y es que su amigo siempre había sido prepotente y oportunista

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I.- El caso había sido sonado: una mujer joven había aparecido muerta en la caja de un arroyo, a las afueras de la ciudad; el cuerpo sin vida , camuflado entre arbustos agostados por la sequía, era como un tamujo más:  reseco, desvalido y fracasado; la mirada vacía de aquellos ojos planos interrogaban al absurdo ,  al miedo, al sinsentido del odio;  y luego estaba la boca, que en el pasado había sido un venero de alegría, con su sonrisa luminosa y sus  jugosos labios, y ahora pintaba una mueca dolorida, espantada y siniestra, moteada de zumbonas moscas verdes.

El inspector Suárez examinó la escena y remiró el cadáver. Reparó en el orden metódico con que todo estaba dispuesto. Se fijó especialmente en que junto al cuerpo había una hoja de papel con un poema escrito. Su título: “  El frío que se ciñe “.  El inspector, hablando consigo mismo,   susurró:

– El asesino es mujer, culta, sensible…

Luego perdió la vista en la cerca ganadera que hacía de linde con un predio cercano. Era una malla feble, poco tensa, pero armada  con algunas púas metálicas que pretendían disuadir al ganado de cualquier intento de escaparse. En  la púas había enhebrados jirones de lana sucia y, en una de ellas, un alcaudón había ensartado a un ratoncillo que, por el afán del sol veraniego, ya estaba  reseco y amojamado. Muy próximo, posado en una retama, el alcaudón, vigilaba su presa. Esa era la triste victoria del pájaro: un ratón muerto.

El inspector Suárez quedó con la vista fija en la cerca. Miraba, pero no veía: sólo reflexionaba. Había un paralelismo irrespetuoso entre el cuerpo de la mujer y el del ratón, como si la naturaleza quisiera decirnos que la muerte a todos iguala. Estuvo rebinando un rato y dijo de nuevo:

– El asesino es mujer, culta, sensible…

Y al instante, corroboró, como para confirmarse en su certeza:

– Seguro.

El ruido de un coche de la Guardia Civil  que se acercaba rompió el silencio y el vuelo del alcaudón puso movimiento en la escena plana de aquella tarde calurosa.

 

II.- A los poco días una mujer llamada Loreto, poetisa y psicóloga reputada, fue detenida como autora del asesinato. Estaba felizmente casada, era madre de dos hijos, y nada en su vida era aparentemente irregular. Loreto tenía unos hermosos ojos azules, que salpicaban destellos de inteligencia y  que eran como estampas de un mar plácido y brillante que escondía, en sus honduras, la maldad y la locura.

 Los motivos del delito  nunca quedaron claros. No constaba que homicida y víctima se conocieran. Durante el juicio se especuló con diversas hipótesis: relación amorosa convulsa, celos, locura… En todo caso, nadie en el proceso pudo desentrañar las exactas razones del crimen. Era, por así  decirlo, un crimen sin causa.

En la vista oral quedó demostrada la autoría y la imputabilidad de la acusada. El abogado defensor, Jerónimo Márquez, un jurista habilidoso, experimentado y peleón, buscó circunstancias  para rebajar la calificación del delito y, confiado en su ciencia jurídica y en sus ardides de perro viejo, no perdió la esperanza de conseguirlo hasta que la acusada, en su alegato final, reconoció los hechos. Aún más, con cierta petulancia, dijo que no se arrepentía y que si su víctima resucitara, la volvería a matar porque, adujo, matar es como escribir poesía, es una forma perfecta de expresar la belleza trágica de la vida, el modo más rotundo en que se materializan las bellas artes.

Al oírlo, el abogado defensor, Jerónimo Márquez,   agachó la cabeza calamocheando, se tapó los ojos con la manos y musitó :

– Estamos jodidos.

La  sentencia, como era previsible, fue condenatoria.

Desde ese momento el letrado comenzó a cavilar, a buscar formas para tratar de evitar o al  menos atenuar la pena de su clienta.

Era, pensaba él, su obligación como abogado defensor.

 

III.- Algunos años después….si bien no demasiados…

 

Jerónimo Márquez pensaba que la amistad es un extraño vínculo que amarra corazones y sentimientos y que, cuando es auténtico, es irrompible. Por eso, cuando su amigo de toda la vida, le propuso que se vieran, no lo dudó  un momento. Cogió el vehículo y tiró para Sanlúcar de Barrameda. Allí lo recogerían unos enviados de su amigo y lo cruzarían a Doñana.

El quería a su amigo, aunque ese afecto no lo cegara. Por eso reconocía las miserias de éste. Y es que su amigo siempre había sido  prepotente, oportunista y obstinado. Había arriesgado mucho en la vida, cierto. Y con su actitud,  mezcla de inconsciencia y de valentía, había triunfado: al menos había conseguido sus sueños. De principios morales estaba muy raspado, eso era pura verdad. Pero era su amigo, y esa realidad anulaba todo lo anterior.

Al reencontrase Jerónimo reparó en que hacía al menos dos  años que no se veían pero ese tiempo no había debilitado la amistad .

Sentados en el jardín del Palacio de la Marismilla, en pleno coto de Doñana, Jerónimo y Pedro eran simplemente lo que siempre habían sido: dos amigos. Así que, cuando hubieron repasado anécdotas y sucedidos de su pasado, y disfrutado de las rememoraciones,  Jerónimo  puso sobre la mesa un cartapacio.

– Cuando tengas un hueco léelo. Es sobre una clienta mía, con condena firme. Voy a pedir el indulto. Míralo con cariño…

Pedro ojeó el expediente con interés. Al cabo dijo con toda contundencia:

– No puedo hacer nada. El delito es muy grave y la condenada no se ha arrepentido. Aún más: dijo en el juicio que, si pudiera, volvería a delinquir.

Jerónimo, abogado y perro viejo, echó mano del cinismo y arguyó:

– Bueno Pedro, ya lleva varios años en la cárcel. Ha llegado, pienso, el momento del perdón y de la concordia. Mantenerla en la cárcel sería, más que justicia, venganza…La Constitución ampara la reconciliación del condenado con la sociedad…Hay un tiempo para el castigo y otra para la reconciliación. Ahora es tiempo de reconciliación. Hay que pasar página.

Pedro sonrió y dijo con toda contundencia:

– Sabes que no puedo hacer nada. El delito es muy grave y la condenada no se ha arrepentido. Aún más: dijo en el juicio que, si pudiera, volvería a delinquir.

 

Pedro posó su mirada en un pino cercano. En una horquilla que hacían dos ramitas, estaba encajado el cuerpo reseco y amojamado de un ratón . Junto a él, un alcaudón, vigilaba su presa. Esa era la miserable victoria del alcaudón: un ratón muerto. Pedro pensó que, mientras hubiera tantos ratoncillos cobardes, hasta un pájaro mediocre como el alcaudón, podría enseñorearse de la situación.

Jerónimo, por su parte, recordó el caso de los condenados catalanes que estaban al borde del indulto. Miró a Pedro, que sonreía prepotente. También miró al ratoncillo ensartado. Entonces comprendió por qué   su amigo era presidente del gobierno: había demasiados ratones.

El ruido de un coche  de la  Guardia Civil que se acercaba rompió el silencio y el vuelo del alcaudón puso movimiento en la escena plana de aquella tarde calurosa. Mientras, atardecía en Doñana y aunque el cielo se oscurecía y las sombras caían pesadamente  inundándolo todo, a lo lejos, más allá de los jardines del Palacio de la Marismilla, se apretaban las copas de los pinos, verdes, siempre verdes y luminosas, como símbolo de una esperanza que tal vez muy pronto sería realidad…

1 Comentario

  1. “Tiempo de reconciliación”
    Tu figura literaria es plena, pero la vara de medir la maneja una mente empozoñada en las aptitudes más lujuriosas que un humano puede cultivar: el “YO”

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