Arroz con liebre


Recordó, en ese instante, la felicidad de José y entre la belleza del verde que contemplaba y la satisfacción del deber cumplido, se sintió plenamente feliz

 

Hace muchos años….

 

I . – María y Pepe, al que llamaban Pepino,   llegaron a la gran  ciudad algo acobardados y un punto retraídos, tratando de  que no  se les notaran demasiado el pelaje y  las maneras del pueblo.

María  pensaba que tendría retraerse de gritar a los niños  desde la ventana, mientras jugaban en la calle:

  • ¡¡¡ Niños, subirse “parriba” a comer!!!!

A estos voceos, pensaba María con buen sentido, habría que poner  punto y final. Si no los nuevos vecinos los tomarían por gente muy vulgar.

Pepe, al que llamaban Pepino,  también tendría que manejarse con otras maneras. Pensaba:

  • No podré bajar los perdigones a los arriates del patio, a que tomen tierra, puede que molesten a algún vecino.

De todos modos estaban contentos: el trabajo de mecánico en la Renault estaba bien pagado. Verdad que en la ciudad los gastos eran mayores, pero aún así quedaría remanente para ahorrar y, si la bolsa engordaba, Pepino podría  arrimar alguna cantidad para cumplir su sueño: comprar una parcelilla en el pueblo, con su casilla y sus olivos, donde ir en vacaciones y donde establecerse cuando se jubilara. Y los hijos, eso por supuesto, tendrían más posibilidades de medrar en la vida. Quedarse en el pueblo era morir. Ya lo decía su cuñado Sabino, que estaba de contable en la Renault y era el que había mediado para que él sentara plaza de mecánico en la empresa:

  • Cuñado, mira lo que queda en el pueblo: viejos y miseria, no más…Es un crimen condenar a los chicos a esa vida.

Pero Pepe, al que llamaban Pepino, se revolvía:

  • En el pueblo no les ha de faltar pan y trabajo.

Y Sabino, el cuñado,  meneaba la cabeza condescendiente, como el que corrige a un pobre disminuido:

  • Pepino, la vida es algo más que pan y trabajo, ya lo comprenderás….

 

 

II.-  Sabino,  como era muy listo,  tenía razón: la vida era “ algo más” que pan y trabajo. Pero la cosa, pensaba Pepino con buen criterio, era ponerle argumento ese  “ algo más” . Y   para él, para Pepino, el nuevo mecánico de la Renault, vivir no era tener un piso con calefacción central, o grandes supermercados cerca, o la posibilidad de ir al cine o al teatro o…Para Pepino la vida   era otra cosa. Por ejemplo, ser libre y salir los sábados  al campo con la perrilla y remirar los retamares de la finca de Don Gustavo,  registrarlos  con paciencia, atento siempre a los ademanes de la perra: a si movía el rabo, a si se agazapaba arrastrando la barriga por el suelo, a si daba un empellón contra la aulaga… Y entonces, si arrancaba la liebre, Pepino se echaba la paralela a la cara y poommm , lepórido al zurrón.

 

Y luego, al volver a casa, la colgaba en el caramanchón  que tenía anclado en el patio y la desollaba y, una vez desnuda de la pellica, le abría la barriga y recogía el triperío en la cubeta para luego echárselo a las gallinas   y la dejaba sangrar. Después la lavaba bien lavadita y, al día siguiente, hacía, con algunas presillas, un arroz con liebre que le salía gustosísimo, y llamaba a los amigos: al Saulo, al Alimoche  y al Matildo,  y  hacían circulo en torno al perol y, cucharón y paso atrás,  se  zampaban el arroz tan ricamente en el patio, lengüeteando con ruido cada bocado, trasegando vino y  hablando  de caza.

 

 

III.- ¡ Pero qué gran verdad es que la vida lleva a los hombres por donde ella quiere ! Así que Pepe, al que llamaban Pepino, se quedó en la gran ciudad, de mecánico de la Renault, ya para siempre. Y siempre soñando lo mismo: que si la bolsa engordaba, podría  arrimar alguna cantidad para cumplir su sueño y comprar una parcelilla en el pueblo, con su casilla y sus olivos, donde ir en vacaciones y donde establecerse cuando se jubilara .

 

Pero las cosas no marcharon como él quería. Y el pueblo fue, cada vez más, un recuerdo lejano. Y, aunque los primeros años volvía en verano,  eso fue sólo los primeros años. Luego la mujer y los hijos apretaban con que querían ir a la playa. Y Pepino, por complacerlos, pues nada, a la playa, a pasar calor y llenarse de arena, y  hartarse de ver extranjeros colorados como centollas… ¡Menuda penitencia !

 

Mientras su mujer y los hijos se rebozaban en  la playa, Pepino se tomaba una cerveza mirando al mar. Y se acordaba añorante de sus zascandileos  en lo de Don Gustavo y del arroz con liebre con los amigos y, al instante,  se miraba las manos, duras manos de mecánico, trabajadas y maltrechas, con más mataduras que el pellejo de un mulo viejo.  Y contemplaba también sus uñas,  negras de grasa de biela o de bujía o de carburador o de lo que fuese. Y si miraba más adentro aún veía su alma, más bien apagada, como si le faltara algo.  Y se compadecía de sí mismo porque, por mucho que engordara la bolsa, se maliciaba que nunca  compraría una parcelilla en el pueblo. Aún más: intuía que nunca volvería ni a su vida libre de cazador modesto ni al pueblo. Y, entonces, se daba cuenta de su fracaso y  se preguntaba lamentoso:

 

  • ¿ Tanto le pide uno a la vida ?

 

 

Un día de estos del año 2021….

 

I.- Cuando Lola llegó como integradora social a la casa de acogida San Juan Pablo II, la directora le dijo:

 

  • Para nosotros lo primordial es que los usuarios estén bien atendidos y sean felices. Y para eso hay que conocerlos. Así que coge estos expedientes y te los lees. Aquí están los antecedentes de todos ellos.

 

De manera que Lola se empapó de  la vida de todos:

 

Juan,  había sido un empresario rico pero  se arruinó y la ruina lo llevó al alcoholismo; por su alcoholismo la familia lo repudió; desde entonces había vivido en la calle hasta que enfermó y fue acogido. Era muy educado. Solía cantar flamenco muy bajito:

 

  • Para no molestar, aclaraba.

 

Marcos era un pobre disminuido. Vivió con su madre, que había sido prostituta , hasta que ésta murió. Agradecía cualquier muestra de cariño. Si alguien le hacía una caricia o le daba un caramelo, Marcos sonreía y decía:

 

  • Tienes un corazón de oro.

 

José había enviudado; sus hijos trabajaban en el extranjero; era de un pueblecito lejano: no se le conocían ni parientes ni amigos;  en realidad no tenía a nadie en la gran ciudad.  Sufría una depresión severa. Casi nunca hablaba. Nunca nadie lo había visto  sonreír.  Siempre estaba solo, apartado del resto, meditabundo y ausente. A veces susurraba, entre dientes,  sin venir a cuento :

  • ¿Tanto le pide uno a la vida ?

Nadie entendía bien a qué venía esa pregunta.

 

II.- La directora le había encarecido a Lola que vigilara especialmente a la hora de comer; algunos de los usuarios, por sus demencias, o no comían, o se atiborraban, de modo que había que llevar un control exhaustivo de la alimentación. En otros casos el riesgo era mayor: la paralización de algunos órganos del aparato digestivo podía producir atragantamientos peligrosos.

 

Ese día Lola estaba especialmente atenta. Ramona, la cocinera, había preparado un arroz con liebre que habían regalado unos cazadores y temía que alguno de los usuarios se atragantara con algún huesecillo o con alguna presilla de carne brenzosa.

 

Lola se acercó a Juan. Había terminado su plato con celeridad y hora bebía agua. Se aclaró la voz y comenzó a cantar, muy bajito, muy bajito :

 

“ Dijo la liebre

Dijo la liebre

Dijo la liebre

 al saltar :

Riá pitá

Riá pitá

Riá pitá “

 

Marcos se había ventilado su ración en un pis pas,  así que pidió otro plato. Lola dudó porque Marcos estaba muy gordo y debía cuidarse. Pero finalmente accedió. Un día es un día, pensó. Marcos recibió con entusiasmo el nuevo plato de arroz con liebre. Al verlo empezó a gesticular zalamero :

 

  • Tienes un corazón de oro.

 

José, solitario y apartado, comía metido en sí. Lo hacía lentamente, mirando por la ventana, abstraído en las hojas de los álamos que se agitaban. Masticaba premioso y lengüeteaba con ruido, con mucho ruido. Lola se acercó. Y, con sorpresa, lo vio sonreír. Era la primera vez que lo veía sonreir.  Su sonrisa era tan amplia que no le cabía en la cara. Entonces José  exclamó :

 

  • ¿ Tanto le pide uno a la vida ?

Y siguió sonriendo.

 

III.- Pasó el día. Ya acomodada en el autobús, de vuelta a casa, después de una agotadora jornada,  Lola consultó la prensa a través de su móvil. Quería estar al día. En las noticias se hablaba de la necesidad de apoyar el mundo rural, de dotarlo de infraestructuras y de conectividad,  de proteger al ganadero y al agricultor, de afianzar el arraigo de las gentes en los pueblos, de defender sus tradiciones y su cultura …. Lola pensó que eso lo decían todos los políticos, pero tenía claro quién, de verdad, lo cumpliría.

 

El autobús se detuvo en un semáforo. Lola miró a través del ventanal. Veía un gran jardín verde. El césped estaba rutilante y los árboles se agitaban, también verdes, por la brisa. Recordó, en ese instante, la felicidad de José y entre la belleza del verde que contemplaba y la satisfacción del deber cumplido, se sintió plenamente feliz, llena, rotunda, como si una hoguera verde ardiera en su interior. Y, sin saber por qué, dijo:

 

  • ¿ Tanto le pide una a la vida ?

 

Y el autobús arrancó de nuevo, renqueando, como si sus fuerzas fueran tartamudas  y  trabajosamente se perdió en la ciudad, en la ciudad enorme, inhumana,  indiferente, anónima…