A veces llegan cartas…


Este cuentecillo, como todos los que publico en LA VOZ DE CÓRDOBA, es pura ficción. Cualquier parecido con  hechos que hayan acontecido o cualquier similitud con personas reales,  es una  coincidencia fruto del azar. Y es que, el azar, como es sabido, es circunstancia en extremo caprichosa.

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 En España, en diversos lugares, un día cualquiera de cualquier año.

I.- Su primer destino como juez en aquellas tierras gallegas le había llenado de ilusión. Pero pronto, superada la inocencia del bisoño, comenzaron los inconvenientes. Le resultaban insoportables la lejanía de su tierra y la ausencia de sus amigos y de su familia;   y  los días cárdenos y ventosos  que se sucedían sin fin; y ese modo eterno y ambiguo  de llover constantemente, que los paisanos llamaban orvallar.

Pero aquella soledad era útil. Porque podía dedicar también los festivos a trabajar, libremente, sin otros compromisos u otras tentaciones. Aquel  domingo por la mañana había estado preparando una sentencia sobre un delito de narcotráfico. Ya sólo le quedaba la redacción final. Pensó que se merecía un buen almuerzo así que se bajó al restaurante de la esquina. Planificó  : primero  un pulpo;  lacón con grelos después;  y unas filloas de postre. Luego una siesta a la  andaluza. Y,  finalmente,  cuando la tarde cayera, redacción final de la sentencia.

Tras la comida dio un breve paseo pero el tiempo, como era previsible, se enturbió  y tornó a su piso. Abrió la puerta y, en el suelo, descubrió  un sobre: alguien lo había echado por debajo de la puerta. Pensó que sería una nota del casero que solía darle noticias de ese modo. Pero marraba Su Señoría. La nota era anónima:

-“ O absolución o estás muerto…”

Siguió con lo previsto: siesta a la andaluza y luego redacción de la sentencia. Ya era noche cerrada cuando, con  bastante  frialdad, escribió el fallo:

-“ Que debo condenar y condeno….”

Al día siguiente entregó a la policía la nota amenazante con un ruego:

-Máxima discreción, que no se entere nadie…

El juez se llamaba Pablo Gómez.

 

II.- Iba a estar en la ciudad sólo unas semanas. La investigación sobre la financiación ilegal de aquella multinacional exigía recabar pruebas físicas y hacer seguimientos y grabaciones. El, por su formación y experiencia, era la persona adecuada. Aún más: era el único que podía hacer ese trabajo.

Sus superiores le aconsejaron que alquilara un piso en un  barrio populoso: así pasaría más desapercibido.

Pero entre tanto se alojó en un hotel. Con nombre falso, por supuesto. Serían tres o cuatro días a los sumo.

Le sorprendieron las palabras del recepcionista aquella mañana:

-Hay una carta para el señor.

Fue imprudente por su parte abrirla. Pero lo hizo. El texto no admitía dudas: “ O te damos  dinero o te damos muerte. Tú eliges. Sabemos quién eres “

Sus jefes le ofrecieron relevarlo. El prefirió seguir en la brecha. Era el único que podía hacer ese trabajo. Extremó las medidas de seguridad. Pero exigió:

-Que no se entere nadie de estas amenazas…

Sus jefes se lo prometieron.

El inspector de policía se llamaba Pablo Fernández.

 

III.- Estaba en el porche de su casa:  se extasiaba contemplando el  jardín. La primavera se presentaba ampulosa y cargada de un olor dulzón a pólenes mezclados;  el aire fresco  sacudía las hojas de los árboles y, al calor del sol, los pajarillos cantaban emboscados entre las ramas.

Recordaba los tiempos pasados en que había vivido en un barrio humilde, en un  piso  de menguada superficie y  vistas prosaicas: edificios enormes y desconchados, ropas tendidas en azoteas, bicicletas viejas y otros menajes olvidados en las terrazas… En aquellos tiempos no solía abrir las ventanas porque los ruidos de la ciudad  anegaban las habitaciones; y, junto con los ruidos,  entraba   la polución; a veces, si se ponía poético, pensaba que también irrumpía  la tristeza   y que esa tristeza impregnaba las paredes, enturbiaba los objetos y ennegrecía las cortinas blancas.

 Aquel piso había sido siempre una covacha, porque él  era cobarde para las labores del hogar. Algo puerco, quiero decir: su cama solía estar deshecha días y días, el suelo ilustrado de  manchas y oscuridades  y, en los  senos del fregadero,  se apilaban platos pringosos con refregones de salsas resecas , trozos de carne a medio comer y desamparados granos de arroz.

Pero todo había cambiado. Había venido a mejor fortuna y  aunque había prometido a su gente, con su tono ampuloso y algo artificial, vivir siempre en el barrio, había quebrantado su palabra, y, con su recién creada familia,  se había mudado a un chalet con jardín, piscina , arboleda…Ahora, con el negocio a toda vela, todo era más conforme con su esencia de burgués. Además  gozaba de un servicio que atendía a su mujer y a sus hijos y que hacía cada día su cama, que lustraba el suelo, y que mantenía impoluta la cocina, la vajilla, los enseres….Para colmo había colocado a su mujer, así que más dinerillos para casa.

Abstraído como estaba en la contemplación del jardín, no oyó acercarse a su secretario. Le traía diversos documentos para revisar, la prensa y el correo. Desde antiguo tenía la costumbre de comenzar abriendo las cartas. Una de ellas, por ese instinto perspicaz que le caracterizaba, le llamo la atención. La abrió. En ese momento , casualidades del destino, un nubarrón negro se confrontó con el sol y una gran sombra cubrió el jardín. Los pájaros callaron. Su cara empalideció.

Pasó la carta a su secretario.

Este exclamó:

-¡ Una amenaza de muerte !

El hombre dijo :

-Sí, y no es la primera… Prométeme que no se lo dices a nadie. Ni a mi mujer, ni a los directivos de la empresa, ni a los trabajadores. No pagaré el “ impuesto revolucionario“. Me ha costado mucho crear mi negocio para que ahora me roben. Pero tampoco iré de víctima. Tomaré mis cautelas y nada más.

El secretario prometió discreción. Y así fue. Era un hombre de palabra. Nadie, nunca, supo nada de aquello.

El empresario vasco se llamaba Pablo Zabala.

 

 

En España, un día de abril de 2.021

 

I.- El magistrado Pablo Gómez recogía sus efectos personales de su despacho de Presidente de la Audiencia Provincial. Era su último día. Se jubilaba. Mientras tanto, el periodista le preguntaba:

-Tras tantos años de juez ¿De qué hecho está más orgulloso ?

El magistrado miró sonriendo al periodista .

-Hace muchos años, cuando empezaba, sufrí amenazas para que dictara una sentencia injusta. No lo hice. Pero eso no es, en sí,  lo que me enorgullece. Lo que más me satisface es que nadie se enteró de esa amenaza. Me hubiera parecido indigno haberme prevalido , de un modo u otro,  de esa amenaza, o haber preocupado a los míos.

El periodista tomó sus notas  a la vez que pensaba qué digno, qué valiente, qué honrado, era el magistrado.

 

En ese momento, curiosamente, se acordó de …

 

II.- El inspector de policía Pablo Fernández llevaba jubilado muchos años. Tras una vida profesional intensa se había refugiado en una casa de campo, con su mujer. Ambos se entendían bien y, en cierta medida, se complementaban. Pablo había sido hombre de acción, de calle, más que de despacho. Su esposa , por el contrario, una estudiosa: profesora de universidad. Ahora, a ambos, les sobraba el tiempo.

Pablo lo decía con cierta nostalgia :

-Ahora, cuando menos tiempo nos queda, más tiempo tenemos.

Ella , en cuanto entrevió ese signo de melancolía en su marido,  le animó a escribir sus memorias.  Pensaba que era un buen remedio para ese decaimiento que apuntaba  su ánimo ya que, como es sabido, recordar es vivir otra vez. El aceptó.

Ella fue la primera que leyó el  borrador.

Por eso, durante aquel paseo matutino, templados por el sol de la primavera  y mientras los trigueros trinaban en la cumbre de las encinas, ella le dijo :

-Nunca me comentaste lo de las amenazas que recibiste cuando investigabas la multinacional.

En cierto modo era un reproche,  como si su marido le hubiera ocultado algo por desconfianza, como si hubiera roto la complicidad del matrimonio.

Pablo se paró. Lo hacía a menudo porque las fuerzas ya no eran las de antaño. Dijo :

-Me hubiera parecido indigno haberme prevalido, de un modo u otro, de esa amenaza, o haber preocupado a los míos.

Retomó aire de nuevo y continuaron el paseo. Los trigueros  seguían cantando. Y  ella pensó  qué digno, qué valiente, qué honrado era su marido.

En ese momento, curiosamente, se acordó de …

 

III.- El empresario  Pablo Zabala terminó su conferencia en la escuela de negocios. Los alumnos del MBA aplaudieron. No era mera cortesía. Antes al contrario: la exposición había sido tan brillante y tan práctica  que todos habían sentido reforzada su vocación de ser empresarios. Pablo Zabala, además, había enfatizado la función del empresario en su dimensión social: trabajar sin descanso para que la dedicación  a los negocios contribuyan  a hacer un mundo mejor para todos.

El coloquio posterior se extendió tanto que el moderador tuvo que poner fin.

-Ultima pregunta.

Un alumno tomó el micrófono:

-Querría preguntarle cual ha sido el momento más difícil de su vida empresarial.

Pablo Zabala calló. Se le veía abstraído, reflexionando, rememorando.

El auditorio esperaba  y hacía cábalas : ¿ hablaría de la reconversión industrial? ¿ O de la crisis de 2.008 ¿? ¿ O de la actual crisis del COVID  ?

Finalmente tomó la palabra :

-Para mí lo más difícil fue cuando me amenazó ETA por no pagar el “ impuesto revolucionario “ Que , por cierto, nunca pagué. Pero la dificultad no fue por la amenaza en sí. Sino por haberla mantenido en secreto. Eso es lo más difícil de mi vida empresarial. Pero también lo que más me gratifica.  Me hubiera parecido indigno haberme prevalido, de un modo u otro,  de esa amenaza, o haber preocupado a los míos.

 

El moderador clausuró el acto. Y se quedó pensando  qué digno, qué valiente, qué honrado era Don Pablo.

Y, en ese momento, curiosamente, se acordó de …