¡Que viene el lobo!


Pobres de siempre, acogotados por las ideologías, humillados por los poderes soberbios y convenidos, por encima del llanto de un de un hombre el aullido de un lobo

I.- Las cosas se orientaron así y, por ese motivo, se graduó en Biología. Pero lo mismo pudo haber sido  en otra disciplina: Veterinaria, Ciencia de los Alimentos, lo que fuera,  porque,  a ella,  lo que de verdad le gustaba era el politiqueo.

-Y volver sola y borracha a casa

-Exacto: y volver sola y borracha a casa.

Pronto medró en el partido. Ser bióloga era muy progre y si encima no tenías vergüenza, ni pudor ni autocritica, y escupías frases comunes a favor de obra, el triunfo estaba asegurado. Hay que darse cuenta de que el nivelito del personal  era más bien ramplón.

Y no es que ella fuera una eminencia, que para los estudios era más bien cobarde y el doctorado se le resistía porque tanto leer, tanto sintetizar, tanto redactar, era una penitencia grande. Y no te digo nada de lo de especular y ofrecer teorías…Lo bonito era acudir a reuniones, hablar del ecologismo, del capitalismo destructor, del calentamiento del planeta…

-Y volver sola y borracha a casa

-Exacto: y volver sola y borracha a casa.

La cosa es que la colocaron en un ministerio de jefecilla con tres o cuatro  asesoras ( hembras todas ellas; se habló de que había algún varón capaz, pero…. ) y le encargaron un estudio que sirviera de base a la prohibición absoluta de la caza del lobo. A ella le pareció muy bien: todo lo que le conviniera para su lanzamiento personal  le parecía positivo  y esta era una gran oportunidad. El tema iba a hacer ruido y ella, demagoga y punzante, lo defendería en prensa y tertulias y,  si en algún momento, se veía acorralada por argumentos de peso, apelaría al primitivismo de ciertos sectores y al necesario  respeto a las especies que había condenado la incultura fascista.

Y si en privado alguna amiga preguntaba :

-¿ Y qué tiene que ver el fascismo aquí?

Ella, que era muy desahogada, respondía :

-Nada : yo lo que quiero es medrar y volver sola y borracha a casa.

-Me hago cargo.

 Sabía que a la medida  se opondrían los cazadores, pero sería  por su barbarie depredadora. Eran unos salvajes. Sabía que se opondrían los ganaderos, que verían amenazadas sus cabañas. Eran unos salvajes, que no se adaptaban a los nuevos tiempos. Pero ella, aunque tenía pocas ideas, sí tenía una: poner al animal al nivel del hombre. Humanizar a la fiera; degradar al humano.  Y si había que romper el equilibrio, se rompía a favor del animal. Y si se  destruían ganaderías, y si  se despoblaban zonas rurales, y si las cabras aterrorizadas por los ataques malparían, y si las vacas eran devoradas, y si los ganaderos se desesperaban y pensaban en colgarse….

-No pasa nada: este es el progreso. Yo quiero medrar en la vida. Y volver sola y borracha a casa.

II.- La llamaron al Ministerio. Ella se conmovió. Por un instante sintió no ser nada: una niña de cinco años, no más. Absolutamente nada. Su jefa fue comprensiva. 

La carretera, a esas horas en que la mañana reinaba en todo su fulgor, estaba casi vacía: de vez en cuando se cruzaba con una furgoneta, conducida por un vejete tocado con una gorra de publicidad y un cigarro testimonial en los labios. Pasó cerca del  cementerio de un poblacho perdido. Aminoró la marcha. Los cipreses se abrían camino al infinito del cielo y los tordos, que barruntaban la primavera, se mecían en sus cumbres y silbaban. Se sintió triste y paró en un ensanche. Se reconfortó: el campo, al menos, con su  verde jugoso y esperanzador, destellaba fogonazos de algo parecido a la alegría.

No volvía al pueblo desde hacía años. Pero su niñez, sobre todo en los meses de verano,  había transcurrido en el mismo: ayudando, o haciendo como que ayudaba, al abuelo con las ovejas, en la finquilla, en el huerto…o a la abuela con las gallinas, o lavando la loza en el arroyo… Recordaba bien los desvelos del abuelo, que despanzurraba terrones en otoño, que  sembraba cuando el tiempo lo dejaba y recogía la pequeña cosecha cuando tocaba; que criaba el ganado y que se esforzaba en juntar unos cuartillos.  Estaban los señoritos que, quieras que no, le pisaban el pescuezo de media vez que podían: eran abusones. Pero el abuelo no se achicaba y trabaja más y  mejor y se afanaba en ser industrioso y al final juntó sus cuartillos y dio estudios a la familia que, sin esos cuartillos, ni su padre hubiera ido a la capital ni ella hubiera estudiado Biología…

Y luego estaba el gobierno que, quieras que no, ignoraba a los ganaderos pobres : el gobierno era un abusón. Pero el  abuelo no pedía nada al gobierno:

-Que me dejen trabajar en paz, decía. Que no nos molesten. Que nos dejen vivir…tantas reglas, tantas leyes… ¡Qué fácil es gobernar desde un ministerio sin poner la calva al sol!

Ella sabía que, en aquellos tiempos pasados, faltaba cultura, faltaban comodidades, faltaban lujos: que un gazpacho fresquito justificaba la felicidad de un día, que una oveja que pariera doble era un motivo de esperanza, que estar sano era la piedra angular de todo. Vivir, en aquellos tiempos, tal vez fuera tan sólo  sobrevivir…Pero  empezó a columbrar que ahora, con sus proyectos sobre el lobo y otros parecidos, con ese modo de dar la espalda a los pobres ganaderos, con sus leyes intervencionistas,  estaba traicionando al abuelo. Recordó sus palabras :

-Que me dejen trabajar en paz, decía. Que no nos molesten. Que nos dejen vivir…tantas reglas, tantas leyes…… ¡Qué fácil es gobernar desde un ministerio sin poner la calva al sol!

III.- Entró en la casa: estaba fresca y silenciosa. En su gran cama de hierro, el abuelo, para quien ella era la nieta preferida,  agonizaba. Con una paz impensable. Ella no podía pensar que alguien que había sido nadie para el Mundo muriera con tanta grandeza.

-Hija mía, bisbiseó el viejo, qué orgulloso estoy de ti. Lucha siempre por los pobres, para que la gente viva mejor. Sólo eso te pido…

 Durante un tiempo recorrió la casa : las oscuras habitaciones, los rincones casi olvidados…Las fotografías antiguas testimoniaban un mundo más primitivo, pero también más auténtico, más veraz, más humano. Un tiempo en que, una charla al atardecer, colmaba la felicidad de un día.

Desazonada y entristecida tomó el coche de vuelta a Madrid. De sopetón, los recuerdos se empendolaron, como una candela de  llamas desordenadas. Pero, entre todos los recuerdos, destacaba  el de sus abuelos, abnegados, valientes, luchadores…: aquellos que se revolvieron contra el destino.

Y ella , ahora, cuajada de ideas que despreciaban  a los maltratados ganaderos del norte, con su traición a los pobres de siempre,  sí, pobres de siempre, acogotados por las ideologías,  humillados por los poderes soberbios y convenidos, que ponían por encima de los hombres la protección extrema de fieras, por encima del llanto de un hombre el aullido de un lobo, por encima del hambre del ganadero cualquier ideología progre …Se sentía una traidora. Y es que era una traidora.

Recordó las antiguas palabras del abuelo que agonizaba:

-Que me dejen trabajar en paz, decía. Que no nos molesten. Que nos dejen vivir…tantas reglas, tantas leyes…… ¡Qué fácil es gobernar desde un ministerio sin poner la calva al sol!

En el mismo ensanche donde se había parado por la mañana, detuvo el coche. Y, apoyada en el capó, comenzó a vomitar, con acometidas violentas, como un tsunami en el que arrojaba toda su traición, toda su tristeza, toda su miseria…

Porque, pensaba :

-Puedo engañar a los demás… ¿Pero puedo engañarme a mí misma?

Miró en lontananza: sin poder razonar nada, intuyó que la  vida ha de seguir, como el campo, por los hermosos y naturales horizontes  verdes de la libertad, por  las verdes retamas de perlas amarillas, por las adelfas coronadas y los rápidos arroyos, con el hombre en el centro y Dios sobre todo…

 

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