Su primera vez


I.- Desde niña había intuido que la realidad tangible era sólo una parte de la verdad. Pero era también consciente de que la inteligencia humana es limitada, por eso, a su parecer, las cuestiones esenciales de la vida tales como  la propia esencia, la finalidad de las cosas, las últimas causas y principios, sólo podían vislumbrarse a la luz de la poesía.

En ocasiones, algún poema, algún verso o, incluso, alguna palabra sabiamente engastada en una poesía, habían iluminado  las  cuestiones que la inquietaban. Pero habían sido como un lamparazo fugaz, como el vuelo agitado de un pajarillo entre los arbustos, cuyo charabasqueo era sólo intuido. Y luego, irremisiblemente, tornaba la duda y tornaba la ceguera.

Ahora, recién traspuesta la linde de la adolescencia, con algo de experiencia y con  toda la vida por delante, después de haber leído y hasta de haber escrito poesía,  pensaba que el amor era la razón y la medida de todas las cosas. Pero, lejos de aclararle, de esa certeza manaba un venero de nuevas dudas. Porque : ¿qué era el amor?

II.- Desde niño buscaba la exactitud y la certeza. Pero el lenguaje verbal no podía darle esa precisión. Las palabras eran polisémicas, o se utilizaban inadecuadamente, o estaban condicionadas en su significado por el contexto… Además, en muchas ocasiones, más que representar conceptos sugerían sensaciones…

Muy pronto se inclinó por las matemáticas, la física… En suma: por las ciencias más pretendidamente exactas… Pensaba que conociendo esas disciplinas podría entender el mundo que le rodeaba. Tal vez, reconocía, sólo una parte de él, pero lo suficiente para poder dar respuesta, aunque fuera parcial, a las grandes cuestiones que desde siempre le bullían en la cabeza: la propia esencia, la finalidad de las cosas, las últimas causas y principios…

Pero por más que se afanó en estudiar, ahora, ya mediada su carrera universitaria, empezaba a entrever que sus saberes tenían muchas lagunas, que las ciencias no eran tampoco exactas o irrefutables y que ignoraba prácticamente todo de la Filosofía y de las Humanidades. Con esas carencias, sus conocimientos quedaban trastabillados. Además, algo le decía que no eran las ciencias, sino el amor, la razón y la medida de todas las cosas. Pero, lejos de aclararle, esa intuición era un venero de nuevas dudas. Porque: ¿qué era el amor?

III.- Ella y él se conocieron casualmente. Encajaron rápidamente. Hablaron de muchas cosas. Ella, algo trémula y bermejilla, le recitó un poema:

Morí por la belleza, pero apenas

Ahormada en la tumba

Otro murió por la Verdad y estaba

En un lugar contiguo

El sonrió y dijo:

– No me entero de nada

Y le comentó:

– Yo te puedo hablar de física cuántica y de “ El gato de Schrödinger “ que es un gato que está muerto y vivo a la vez pero….

Ella sonrió :

– No me enteraría de nada.

Hablaron del amor, como fuerza que era causa y principio de todas las cosas. Pero también como fin de todo y como justificación de la existencia. Él le contó algunas cosas sobre aquello. Fueron concretando: le sugirió pasar juntos la noche del próximo sábado. Él tenía más experiencia, si bien no demasiada. Ella ninguna experiencia. Pero él la convenció. Para ella, esa noche que proyectaban, sería su primera vez . El dijo:

– Nunca lo olvidarás. Será una experiencia de amor irrepetible. Nunca lo olvidarás.

IV.-  Aquel  sábado por la noche  ella estaba nerviosa.

El sólo expectante. Ya tenía experiencia, si bien no demasiada.

Hacía frío en Córdoba y llovía con tenue mansedumbre un agua fina y pausada que, a veces, cuando el aire se encalabrinaba,  azotaba por los flancos y ponía pingando al personal.

Él le sugirió que se pusiese el chaleco fosforescente.

– Hay que ser prudente. Así los usuarios te identificarán.

Y luego le dio una bolsa.

Callejearon por Córdoba, montados es una camioneta tartamuda y cansada. En un momento él detuvo el vehículo. Señaló:

– Ese es Pepe. Lleva en la calle 15 años.

Refugiado en el breve habitáculo de un cajero automático, Pepe tiritaba. Una manta desgarrada y una caja de cartón eran todo su ajuar. También un tetra brick de vino barato .

Ella le alargó la bolsa.

– Lleva caldo caliente. Bébelo. Te sentirás mejor.

Pepe musitó:

– Gracias

Ella pensó entonces que  sólo dar alimento era insuficiente. Por eso, venciendo ciertas prevenciones, tomó las manos de Pepe y las acarició.

En los ojos de Pepe ardía un brillo extraño. Ella pensó que esa mirada era la mirada de Dios. De un Dios redimido por el hombre. Y se sintió conmovida por una honda experiencia de amor, una experiencia que explicaba sin palabras, más allá de la poesía, los  misterios más  profundos.

Detrás de ella, él sonreía. Pensaba:

– Tal vez las cosas más complejas sean fácilmente entendibles. Porque aquello que no pueden explicar la física, ni la filosofía, ni las matemáticas lo explica el corazón del hombre.

Le recordó :

– Te dije que nunca lo olvidarías, que sería una experiencia irrepetible.

Ella asintió.

Había dejado de llover. Córdoba amanecía aun silenciosa y cansada. Y la vida  y sus misterios seguían, como siempre, semiocultos, tan cerca, tan lejos…

 

 

 

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