La madre


I.- Paul era un chico brillante: inteligente, estudioso, educado… Las posibilidades de su familia le habían permitido viajar desde muy niño y tener una visión amplia del mundo. Tenía un grado en Derecho, otro en Administración de Empresas y un master en Relaciones Internacionales. Hablaba cuatro idiomas. Era guapo, muy guapo. Y dulce. Y detallista. E ingenioso .

Había pasado seis meses en Madrid para completar estudios de cara a su doctorado. Y, como en todas las ciudades en que había residido, dejaba muchos amigos. Y amigas. Y algo más que amigas.

Cuando Ángela le informó, Paul dijo:

– Cuenta conmigo. La semana que viene me vuelvo a Canberra. Pero si crees que el hijo puede ser mío, me hago las pruebas de ADN.

Para Ángela esa respuesta fue una puñalada: ¿ de quién podía ser el hijo, sino de Paul?  Cuando a los dos días  lo llamó para pedir que la acompañara al ginecólogo, el teléfono estaba apagado . Cien llamadas y siempre la misma respuesta:

– El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura.

Le envió varios mails. Todos fueron rechazados.

Se pasó por el piso de Paul.

La portera, con indiferencia, dijo:

– El inquilino se marchó hace unos días.

La pobre mujer no podía imaginar el hondo dolor que causaron sus palabras.

Ángela supo, por primera vez,  que estaba sola.

II.- Su padre siempre había sido asperote en el trato pero, desde que enviudó, la habían salido garrapatas en el temperamento. La parte humana de su personalidad se había ido con su esposa: ¿al cielo, a la nada, al infinito?… el viejo lo ignoraba pero, como era tan pesimista, pensaba que seguramente a la nada.

La falta de la madre había dejado en la familia una sombra de negación, de pesimismo y de muerte. La misma Ángela pensaba que lo más gozoso de su vida era haber amado a su madre. Tal vez por eso ahora, su padre, que en tiempos fue un hombre seco pero protector de los suyos, era un viejo avinagrado y esparrabado, con ganas de morirse. Y con un pensamiento recurrente.

– Cualquier día de estos me cuelgo…

A veces, en cualquier reunión, lo musitaba, pero no como amenaza, sino como deseo. Y si cualquier amigo, ya achispadillo, lo provocaba :

– No tienes huevos…

El viejo, con tristeza, decía :

– Es verdad, no tengo huevos…

Cuando Ángela le dijo que iba a ser madre el viejo apenas se inmutó.

– Bueno, ya eres mayorcita para asumir las consecuencias de tus actos, dijo.

Ángela había esperado una palabra de apoyo, un ofrecimiento de ayuda, un gesto de afecto. Ingenuamente había imaginado que la noticia habrá hecho conmover las resecas entrañas del padre, dándole una pátina de ternura. Y que hubiera vuelto a ser algo humano, como antes de morir su madre. Pero nada de eso. Por eso se revolvió:

– ¿Eso es todo lo que vas a decirme?

El viejo carraspeó. Pensó un poco. Le vino, no sabía por qué, su memoria de cazador. Y dijo:

– En la vida hay que ser prudente. La mujer es como la escopeta: si no se monta, no se dispara. Ya eres mayorcita para asumir las consecuencias de tus actos.

Y al momento señaló:

– Por cierto… cualquier día de estos me cuelgo…

Ángela supo, de nuevo, que estaba sola.

IIII.- Si alguien no iba a fallarle era Mónica. Era la amiga del parvulario, del colegio, del instituto… la amiga de las confidencias, de los secretos, de los sueños… la amiga inteligente, la amiga valiente, la amiga que siempre, pero siempre, siempre, tenía la solución a los entuertos.

Se pasó a verla a su despacho: sin pedir cita, ni llamar antes.

Apenas la hizo esperar.

En su despacho, Mónica parecía distinta a la amiga sencilla, de sonrisa abierta y gamberra. Distinta a la Mónica de las juergas, de las noches bailando y bebiendo hasta la alborada, de los viajes alocados, de los amaneceres junto al mar…. Ahora, perfectamente vestida, un punto ñoña, esa era la verdad, emanaba una extraña autoridad, una lejanía que imponía.

Mónica, al menos, la abrazó.

– Cuenta conmigo, cielo.

Luego descolgó el teléfono y cursó una llamada.

Ángela sólo oía las palabras de Mónica:

– Si…no más de dos meses… intima amiga mía… pues hoy mejor que mañana… yo corro con los gastos de la intervención… Gracias.

Con su pluma estilográfica, Mónica apuntó una dirección. Dobló cuidadosamente el papel y lo introdujo en un sobre:

– Aquí tienes la dirección del Doctor Cerro. Es cliente del despacho y, sobre todo, amigo. Te ve esta tarde a las cinco. Si todo va bien, en un par de días te interviene. Y fin de la pesadilla.

Añadió con un susurro, mientras la besaba

– Cielo, en lo sucesivo sé más prudente. Un hijo condicionaría tu trayectoria profesional.

Ángela supo, otra vez más, que estaba sola. Que su hijo estaba solo. Que ella tenía solo a su futuro hijo. Y que su hijo solo la tenía a ella, para poder vivir.

IV.- Una multitud culebreaba por las calles como una masa indiferente a todos y a cada uno de sus integrantes. Pero hacía un día claro y hermoso y esa calidez la hizo sentirse feliz.

Se arregostó en una terraza de un  bar situado en un parque y pidió un café. Muy cargado. Reflexionó sobre sus circunstancias: tenía un trabajo, ganaba poco pero lo suficiente para mantenerse a ella misma y a….Tenía salud. Y estaba sola y embarazada. Su gente, cada uno a su manera, le había dado la espalda. Ni un solo hecho, ni una sola palabra, para ayudarla a seguir con la vida que portaba. A la sociedad le era indiferente esa quimera que la había sorprendido. Y al Estado, no digamos: su filosofía era no era pro – vida, sino  la contraria.

Pensó en su madre: si ella estuviera aquí, la cosa sería bien distinta. Pensó en lo que había querido a su madre. Y pensó también en lo que su madre la había querido a ella. Recordó que, cuando ya estaba muy enferma, le dijo :

– Por muchas adversidades que tengas, nunca te traiciones a ti misma, y cree siempre en la vida y en el amor.

A Ángela la habían traicionado : Paul, su padre, Mónica… cada uno a su manera. Pero ella se sintió incapaz  de comenzar su vida a adulta con una gran traición: a la propia vida, a su hijo…. También  a su madre, ya muerta. Y sobre todo a sí misma.

Y sintió mucho miedo. Pero también una fuerza verde, como un tarameo desbocado, que rompía el monte y tronchaba las jaras. Y con esa fuerza, temblando, cursó la llamada:

– Buenas tardes, quería anular mi cita de esta tarde con el Doctor Cerro.

Mientras, la vida seguía:

Paul aterrizaba en Canberra, pero no era feliz: se sabía un cobarde

El padre de Ángela se lamentaba de su destino, pero no era feliz: se sabía un mal padre, incapaz de conmoverse con las cosas más humanas.

Mónica resolvía entuertos jurídicos, pero no era feliz: había olvidado el infinito valor de la vida sencilla y de las cosas auténticas.

Siguió con su café. Un sorbito más. En un arbolillo del parque, un verderón trinaba. Por un instante, todos los ruidos de la ciudad, coches, voces, parecieron enmudecer. Los oídos de Ángela sólo sentían el canto del pájaro verde: chirrriiiichirrriiii… Súbitamente, éste emprendió el vuelo y la ramilla del árbol que lo sostenía quedó trémula, temblando , pero asida a una rama mayor y esta al tronco y el tronco al suelo y el suelo al infinito…

Entonces un  viento cálido acarició su rostro y secó dos lágrimas que rodaban mejilla abajo, premiosamente, húmedas, asustadas… Y Ángela se sintió profundamente feliz. E ilusionada. Y presta a dar  la batalla. La batalla por la vida.

 

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