La silla


I.- Los aficionados más puros se encocoraban y lo zaherían cuando citaba,  sentado en una silla, para poner banderillas.

  • Es una tontería eso de citar sentado…..porque luego se levanta y embroca de pie. ¡¡ A mí no me engaña con ratonerías pueblerinas !!

Sin embargo, muchas tardes, después de algún par prendido de esa guisa, el público, el gran público, se enardecía y lo atronaban con ovaciones y le tiraban puros y sombreros y hasta hacían florecer los tendidos de pañuelos blancos, como bandos de palomas, que volaban sin moverse, prendidos en las manos de la gente. Y el maestro, entonces, tenía que dar la vuelta al ruedo, apresurado y saludador, antes de coger la muleta para continuar la lidia.

Mientras,  los aficionados más puros, se hacían de cruces, porque ellos eran aficionados y no público…y  sabían bien que sólo cuando las suertes se hacían conforme a los cánones   eran valiosas, mientras que el público, el gran público, en su estulticia, valoraban el oropel y no el oro…¡ Menudos ignorantes ¡

  • El par de banderillas, cuando se cita desde una silla, no tiene mérito alguno… el mérito está en cuadrar en la cara y prender reunido, y no en los prolegómenos.

Claro que al maestro tanto le daban los puristas, esa ralea de gente que sabía mucho de teoría, de cruzarse, de cargar la suerte y de otros imposibles, pero que jamás se había puesto delante de la fiera. Al fin y al cabo, decía el maestro, de lo que se trata es  de que la gente disfrute y se vaya a su casa feliz,  con algo que contar y con algo que recordar.

Por eso entre sus avíos de torear:  los capotes, las muletas y los estoques, el maestro llevaba siempre la silla baja de enea, con las maderas resecas pintadas de verde, y el asiento medio abombado, de tantos años soportando posaderas. Y cuando la miraba se le agolpaban los recuerdos porque, sentada en esa misma silla, a la puerta de la casa del pueblo, en las tardes de verano, su abuela lo había visto dar pases con un trapo cuando el maestro, muchos años atrás, jugaba a  ser torero, soñaba ser torero. Y lo animaba :

  • ¡¡ Bien, mi niño !!

Ahora se daba cuenta que a veces los sueños, hasta los  imposibles, cogen cochura y se hacen realidad. Y también que la vida pasa y, sobre todo, pasan aquellos a los que queremos.

II.- El maestro sabía que estaba mal, porque incumplir las normas es siempre censurable. Sabía, incluso, que saltarse el confinamiento  era una irresponsabilidad. Y que era de ser mal español. Pero, a pesar de ello, le corroía la comezón de coger el coche y trasponer al pueblo  donde vivía la abuela. Cincuenta kilometrillos de nada:  no iba a tener la mala suerte de que lo pararan los guardias.

Y es que le apretaba la necesidad de ver  a la abuela  y contarle cosas de toros  y recordarle una vez más los triunfos, la faena al toro Aguaverde, el indulto del  toro Sueñomio, aquella tanda de naturales dormidos al toro Exquisito. Y decirle, una vez más,  que siempre que los públicos lo aclamaban, era ella,  una modesta mujer de pueblo, ya revieja y consumida, la que triunfaba.

Verla sonreír con su boca abierta y desdentada, como un piano sin teclado,  le daba la vida. A los dos : a él, por supuesto; pero también a la abuela

Así que cayó en la tentación,  se acicaló y cogió el coche. Al paso por la confitería  compró algunas golosinas: la  vieja era muy galga y, a sus años, se permitía todos los vicios, y comía lo que le daba la gana, sin reparar en las prohibiciones de sus hijas, que eran como un bando de urracas enloquecidas :

  • No coma usted eso, madre, que le sube el azúcar.
  • No coma usted eso, madre, que le sube el colesterol.
  • No coma usted eso, madre, que le sube la tensión.

Y la vieja, al oírlas, tiraba de retranca :

  • Si habláis todas a la vez, no os entiendo.

Y, sin esperar respuesta,  se echaba al coleto con glotonería la pitanza prohibida. Y la mascullaba con aplicación en su boca desguarnecida por falta de dientes. Y, además,  hacía  mucho ruido al lengüetear. Así disfrutaba más. Y las hijas se espantaban  y la reñían:

  • No tiene usted vergüenza, madre.

Y la abuela se carcajeaba y decía:

  • A ver si viene a visitarme cualquier día de estos el nieto torero porque estoy harta de  veros la cara … ¿ sabéis por qué ?

Y ante el silencio de las hijas , la vieja aclaraba :

  • Os lo voy a decir : porque sois tontas y aburridas.

Y miraba por la ventana a ver si veía el coche del nieto, indilgando calle arriba, hacia su casa.

III.- En el cruce, cuando ya le quedaban cuatro kilómetros para llegar al pueblo le dio el alto la pareja. Y él, que no era persona de mentir, cantó la gallina. Total, que para atrás y una multa de seiscientos euros. Que eso era lo de menos: que para él seiscientos euros era una zarria,  que él tenía dineros “ sobraos “. La humillación fue que unos de los guardias, que lo reconoció, le dijo :

  • Pero maestro, usted que es tan honrado en la plaza….¿ cómo hace esto ? Qué disgusto tener que denunciarlo…

Se volvió rutando su amargura, con el alma descalabrada por  haber hecho algo mal. Se sentía insolidario, irresponsable :

  • Tanta gente confinada, tanto compatriota respetando las normas, tanta gente a la puta ruina por cumplir con la ley, y voy yo y …Soy un mal español.

Ya en casa se sirvió un licor de menta, a ver si el alcohol le quitaba el desaliento. Dos cubiletes de hielo, para restar fragor a la bebida.  Y un sorbito.

  • ¡ Qué bien entra !

Puso la televisión : informaban de cómo muchos inmigrantes ilegales había aterrizado en Granada, en un vuelo perfectamente organizado. Para ellos, según parecía, no rezaban ni  el confinamiento ni el resto de las normas.  Y todo, según se sospechaba, con cierta connivencia de las autoridades. Los españoles podían morirse o arruinarse, pero los ilegales podían campar sin control por nuestra tierras…

 Sus remordimientos iniciales se transformaron en una honda, profunda, conmovedora indignación.

Dijo :

  • Los compatriotas en arresto domiciliario y los ilegales libres y, quien sabe, si contaminando. Pobre España…¿ en manos de quien está ?

Y miró su copa de licor de menta. Su color verde le pareció tan bello, tan hermoso, tan necesario, como la esperanza; tal vez, como la única esperanza.

  • Pobre España….

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