Su único ojo


Atentado terrorista / Foto: F. Martínez

I.- Su cuñado conducía el coche: él, el guardia Díaz, ocupaba  el asiento del copiloto; su mujer iba atrás. Se sentía feliz : después de tantas penitencias, al fin,  volvía a casa. A un margen de la carretera  quedó Cerro Muriano y, tras coronar la montaña,  empezó el descenso hacia Córdoba.  En la vega, junto al río, las luces de la ciudad parpadeaban: parecían  la respiración fatigada de un animal que, cansado, estaba achantado en la ribera.

Entonces, su único ojo, empezó a llorar. Eran sus primeras lágrimas desde el atentado: no había llorado por el dolor, no había llorado al conocer sus mutilaciones ni al saber  la muerte de sus  compañeros de patrulla… Tampoco había llorado al reencontrarse con su mujer. Pero ahora, al vislumbrar  Córdoba a lo lejos, su único ojo comenzó a manar la emoción tanto tiempo contenida. Eran unas lágrimas templadas, densas como el plomo, que resbalaban premiosas mejilla abajo. Las sentía tan pesadas, tan calientes, que pensó que tal vez dejarían marcas, como de un arrastradero,   en las mejillas.

Pero el guardia Díaz controló las emociones,  se tragó el llanto y  no dijo nada.  Pensó :  al fin y al cabo, todo es comparación: tener un tímpano reventado y haberse quedado tuerto es malo ¡ qué duda ofrece ! pero  estar muerto a los veinticuatro años como el  guardia Pérez, a los veintiséis como el cabo Fernández, o a los treinta como el sargento Gálvez,  es peor.

El coche siguió culebreando  hacía Córdoba.  Al abrigo de una recurva  había un llanete y, en el mismo, varias patrullas  de la guardia civil habían montado un control de tráfico. Los pararon. Un guardia se acercó. Interpeló a su cuñado :

  • Buenas tardes, ¿ me permite la documentación del vehículo ?

Entonces él sintió la necesidad de bajarse del coche y dirigirse a sus compañeros.

  • Vuelvo a casa. Dos meses en el hospital. Soy víctima de ETA.

El jefe de la unidad era un sargento. Se acercó y se le cuadró:

  • Siempre a tus órdenes. España nunca olvidará tu sacrificio. Tampoco las generaciones que vengan cuando acabemos con estos malnacidos.

Entonces su ojo, su único ojo, manó  unas lágrimas templadas, densas como el plomo, que resbalaban premiosas mejilla abajo. Las sentía tan pesadas, tan calientes, que pensó que tal vez dejarían marcas, como un arrastradero,  en las mejillas.

Pero el guardia Díaz consiguió controlar las emociones, retrajo el llanto y  no dijo nada.

II.- A los pocos meses lo recibió el alcalde. Lo acompañaban varios concejales. Casi todos de partidos claramente izquierdistas. El, un simple guardia civil, sordo y tuerto, con la salud espichacada y el cuerpo maltrecho,  se sentía acharado entre tantas autoridades. Fiel a su formación militar, se cuadró. El taconazo retumbó en la habitación como un trabucazo.

  • A sus órdenes, señor alcalde.

El alcalde habló de la Constitución, de la democracia, del sentido del deber, de cómo una sociedad se asienta en el sacrificio de sus servidores, de aquellos que cumplen con su obligación,  desinteresadamente, hasta el extremo. Esa era, según proclamó,  la forma de crear una sociedad justa.

El alcalde terminó:

  • España, y por supuesto Córdoba, nunca olvidará tu sacrificio, y los ciudadanos de hoy, y los ciudadanos del mañana, y los gobernantes de hoy, y los gobernantes del mañana, todos, tenemos una deuda de gratitud eterna contigo.

Un aplauso atronador estalló en la sala , como una tormenta de emociones desarbolada y entonces su ojo, su único ojo, manó  unas lágrimas templadas, densas como el plomo, que resbalaban premiosas mejilla abajo. Las sentía tan pesadas, tan calientes, que pensó que tal vez dejarían marcas, como un arrastradero,  en las mejillas.

Pero al fin, el guardia Díaz consiguió controlar las emociones, retrajo el llanto y  no dijo nada.

III.- La vida siguió. Sus limitaciones le impidieron seguir en el cuerpo.  Las pasó canutas para sacar adelante a la familia. La pensión que le quedó era más bien miserable. Pero entre él y su esposa arrimaban lo suficiente para vivir con dignidad y criar a los hijos.

Y el guardia Díaz, mal que bien, fue tirando, aunque la memoria de su heroicidad se fue desvaneciendo porque el tiempo todo lo disipa y , por ello, la gente que ahora  lo veía por la calle, sólo veía a un tullido con el cuerpo malbaratado, no a un héroe al que debían parte de la democracia y del bienestar que ahora disfrutaban.

Pero al guardia Díaz no le afectaba porque él se quedaba con la íntima satisfacción del deber cumplido y la del reconocimiento que en tiempos había  recogido y, si se ponía triste, porque pensaba en lo que pudo haber sido su vida y en lo que había quedado, recordaba la palabras del señor Alcalde :

  • España, y por supuesto Córdoba, nunca olvidará tu sacrificio, y los ciudadanos de hoy, y los ciudadanos del mañana, y los gobernantes de hoy, y los gobernantes del mañana, todos, tenemos una deuda de gratitud eterna contigo.

Y si le arreciaban los dolores del oído reventado o se le removía dentro de la cuenca  el culebreo de una lagartija que le remordía las oquedades él, antes de tomarse el calmante, recordaba a aquel sargento que emocionado se le cuadró, el día que tornaba a Córdoba, y le decía :

  • Siempre a tus órdenes. España nunca olvidará tu sacrificio. Tampoco las generaciones que vengan cuando acabemos con estos malnacidos.

Y entonces , antes incluso de que el calmante pudiera hacer efecto, los dolores del oído reventado o los aguijoneos  de la cuenca vacía se aplacaban y él se sentía orgulloso y feliz.

Eso hasta que hace unos días vio el pacto del gobierno con los herederos de los etarras y, entonces, el guardia Díaz tuvo la íntima convicción de haber sido una marioneta, una puta marioneta, al servicio del indigno poder del  Estado y vio la imagen del Presidente, tal alto, tan  apolíneo, con su voz engolada y petulante, casi chulesca…y él, el guardia Díaz, sin embargo,  maltrecho, sordo, tuerto, empobrecido, fracasado…y sobre todo, ahora, despreciado. Tan despreciado como sus amigos muertos: el guardia Pérez, de veinticuatros años;  el cabo Fernández,  de veintiséis años;  el sargento Gálvez, que acababa de cumplir los treinta cuando lo mataron.

Fue entonces que, sin consuelo, como un niño malherido, comenzó a llorar por su único ojo y buscó, en su mente, una palabra que definiera al Presidente y sus secuaces y se le agolparon insultos, procacidades , ofensas…pero el guardia Díaz, en su poquedad , en su fracaso, en su nadería,  era digno y, por eso, sólo dijo una palabra. Más que decirla, la escupió:

  • Traidor

Y a poco remachó:

  • Indecente

Y miró, a través de la ventana y, con su único ojo, algo enturbiado por las últimas lágrimas vio, o quiso ver, un horizonte verde, un horizonte verde esperanza que se perdía más allá del infinito…

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