En fin…


A Justino, desde que se cayó de un mulo al cruzar por el arroyo Miñambres y dio la gran costalada, el espinazo le quedó malbaratado, como una ristra de ajos desacompasada. En dos palabras: quedó lisiado. De forma que, por el redolor, barruntaba las tormentas y los cambios de tiempo y esas servidumbres lo atenazaban mucho, tanto para su trabajo en el campo como para su vida civil. Miserias que trae la mera existencia. Y penitencias constantes.  En fin…

Pero como el hombre es voluntad, siguió trabajando hasta que alcanzó la edad reglamentaria de jubilarse. Especialmente porque tenía que arrimar a la casa para que comieran la mujer y el hijo, el único hijo: el Justinin.

Ahora, que fue trasponer los sesenta y cinco años y acercarse a echar los papeles al INSS y, a la nada, y tan contento, empezar a cobrar del gobierno. Sin dar golpe. Y eso para él, que había sudado cada sueldo bien sudado, era una bendición. A partir de entonces pensó que iba a vivir de verdad, ya quitado de los rigores del campo, del frío y las calores, de andar todo el día bregando con los animales, despanzurrando terrones, fumigando malas hierbas y siempre con los malditos dolores culebreando por la  espalda abajo hasta llegar a la rabadilla, donde se le aquerenciaban sin remedio. En fin…

Pero marraba en sus imaginaciones porque el hombre es a lo que se hace y él no podía pasar sin estar apegado a la tierra, sin el olor  fresco a mundo recién estrenado que mana la aurora. Así que, cada mañana, cogía tempranito para la parcela que tenía en los ruedos del pueblo, pim, pam, pim, pam, y abonaba los cantacucos con la esperanza de que, llegado su tiempo, dieran alguna aceitunilla, y cebaba al guarro, y limpiaba la gallinaza del corralón. En fin…

Y la vida, mal que bien, iba discurriendo con sencillez, como pasa la vida de la gente honesta y cumplidora, gente que madruga siempre y aporta lo mucho o lo poco  que puede para que los suyos vivan mejor y  el mundo medre. En fin…

No faltaban los disgustillos tampoco. Natural porque, como es sabido, este mundo es un valle de lágrimas. Sin ir más lejos : su hijo, el Justinín,  cargado de chiquillos por su mucha fogosidad,  estaba en paro desde hacía tiempo y no le llegaba para comer. Le salían algunas cosillas eventuales, pero poca cosa para mantener a la jauría. Así que él, el Justino, de la pensioncilla, recortaba un pico y le arrimaba al hijo lo que podía. En fin…

Y luego estaba su  mujer, que siempre fue algo revenida ,  y a la que ahora, con la edad, se le había agriado el temperamento y se la llevaban los demonios por lo del local vacío. Y es que, en los bajos de su casa, había una oficina desocupada desde antiguo, y su mujer decía que criaba ratas y curianas, y que subían por las tuberías, y  que era una asquerosidad y  así estaba todo el día relatando, que si las curianas, que si las ratas, que si las tuberías,  que si una asquerosidad…En fin…

Había heredado las mismas manías de su madre ( la suegra de Justino ) que ya descansaba en paz al pie de  un ciprés. Y es que en lo tocante a manías, a la vista estaba, la raza no mejora. Si acaso se corrompe  más con el paso de las generaciones. En fin…

 

Como lo del hijo no se enmendaba y se le había acabado el paro y la cosa pintaba canina, Justino resolvió vender la parcela. Se ajustó con Don Senén, que tenía varias propiedades linderas y quería agregarlas y hacer una sola finca, y construirse una casa, y arrancar los cantacucos y poner olivos de riego en espaldera, que producen más y…Justino echó sus cuentas : con los dineros que recibiera de Don Senén tendría para que los nietos no pasaran calamidades y miserias en unos pocos de años y para que se les diera una buena educación que hoy en día, sin estudios, sin idiomas y sin ordenadores no se llegaba a ningún sitio. En otros tiempos bastaba con apretar el culo y tener ganas de trabajar. Pero hogaño el mundo era muy diferente. En fin…

 

 Vender la parcela no era plato de gusto y Justino, sólo con pensarlo, sentía que el corazón se le desgarraba y una congoja se le aquerenciaba en el pecho y, para liberar esa tristeza,  manaba un par de lagrimillas furtivas que se le recorrían  mejilla abajo, dejando un rastro húmedo sobre su piel tosca y requemada, sobre su sufrido pellejo de hombre cabal. Y eso era raro, muy raro, que Justino   no había llorado desde que la espichó su madre. Era  doloroso, muy doloroso,  decir adiós a los cantacucos, al guarro de la zahúrda, a las gallinas del corralón, a su día a día apegado a la tierra, al fresco olor de la mañana, y al revuelo de bandos de jilgueros por entre las verduras del huerto…Pero no había otra. En fin…

Más no todo iban a ser despropósitos y lamentos. En el local de abajo habían puesto una agencia de la Junta para apoyar a no sé qué colectivos desfavorecidos. Gestionaban dineros, subvenciones y ayudas. La oficina estaba tente bonete y olía a limpio que tiraba para atrás. Su mobiliario nuevo y sus paneles y sus paredes pintadas y sus cuadros y sus ordenadores y… Había cuatro empleados jovencillos, lo que se dice de primera cabeza. A Justino le parecía que trabajar, lo que se entiende por trabajar, trabajaban poco.  Y es que, según columbraba, las criaturas apenas tenían faena. Pero allí estaban, haciendo por la vida. En fin…

 

Firmar la venta de la parcela  fue rápido pues, aunque el notario leyó la escritura de cabo a rabo, leía muy precipitado, comiéndose las palabras. Como la letanía de un cura loco. Pues así. Para terminar, el notario le advirtió que reservase un veinte por ciento para pagar el Impuesto sobre la Renta. Justino se revolvió:

– Pero si vendo para arrimarlo a mi hijo, que está en paro. ¿Cómo voy a tener que pagar impuestos? No es de razón.

El notario era muy docto. Y muy pedante. Puestos a precisar,  más pedante que docto :

– Con lo que usted paga hacemos posible un estado social y democrático de Derecho y se produce una justa redistribución de la riqueza, de suerte que se puede, por ejemplo, ayudar a colectivos desfavorecidos.

A Justino lo acharaba tanta erudición:

– Para desfavorecido mi hijo, señor notario, susurró algo apocado.

Pero el notario no lo oyó. De hecho, normalmente sólo se oía a sí mismo.  Y, si lo oyó, no vio conveniente contestar. Y siguió declamando su perorata:

– El principio de capacidad económica, consagrado por nuestra Carta Magna en su artículo 31, exige al legislador buscar y gravar la riqueza allí donde ésta se genera…en ese sentido, la jurisprudencia de nuestro Alto Tribunal enseña que,  el deber de contribuir al sostenimiento de los gastos públicos,  conforma una categoría de derecho – deber que remanece de la idea de solidaridad que subyace en toda comunidad moderna en la que…

Tras la venta, al volver a casa, Justino reparó en la Agencia. Se preguntó si serviría de algo o si sería, simplemente, un venero de gastos. Como una excusa para dar buena imagen. Cosa de políticos y poco más. Le picó una comezón muy mala:

– ¿Dónde irán a parar los dineros que tengo que pagar por la venta? Desde luego al hijo y a los nietos no. Al final, me voy a quedar sin parcela y sin dineros. En fin…

El espinazo, por eso de que el horizonte amenazaba tormenta, le redolía. Era como una corriente que le bajaba columna abajo hasta remansarse en la rabadilla. Y allí, en el mismo culo, le hervía el dolor. Se llevó la mano a las partes traseras para buscar consuelo. Pero no sirvió de nada. En fin…

Un viento verde removía la hojarasca del suelo, y barría  la suciedad y el polvo  que el tiempo y la dejadez habían dejado aquerenciados al sogato de las  esquinas. Y parecía como si ese  viento verde viniere a remover los pesimismos, y la tristeza, y la desazón. A limpiarlo todo. En fin…

Respiró hondo y se resignó. No le quedaba otra.

Pensó:

– Al menos ya no hay ni ratas ni curianas perturbando a mi señora.

Se echó la mano a la rabadilla para consolar los dolores y suspiró. Desde la ventana, una nietecilla le saludaba con la mano y sonreía. Justino quiso decirle lo mucho que la quería. Mucho más que a la parcela, que a los cantacucos, que al guarro de la zahúrda. Muchísimo más.¡Dónde iba a parar! Pero se le agolparon los sentimientos en la garganta y, como era hombre de pocas palabras, dijo, por todo decir :

– En fin…

Y entonces, mansamente, se apelmazaron las nubes y empezó a llover.

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