¡No tengáis miedo!

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I.- Don Eliseo era cincuentón, mocito viejo y un gran  profesor. Y  profesor no de cualquier cosa, sino de Filosofía, porque de todo debe  haber en la viña del Señor y todos los saberes han de transmitirse. 

Don Eliseo, la verdad sea dicha,  se daba muy buena maña para enseñar.

Así, cuando se liaba el despiporre en clase  porque no había quien se enterara de las disquisiciones de Kant y el cúmulo de gilipolleces que se le habían ocurrido en vida para tormento de estudiantes:  que si la razón pura, que si la razón práctica, que si el imperativo categórico y demás….

O cuando la confusión se adueñaba del aula por culpa de los desvaríos de Hegel, que era un anormal gustoso de liarlo todo y  que pasó la vida escribiendo absurdos, que a nadie interesaban, con esa monomanía suya de que todo lo real es racional y todo lo racional es real, o al revés, o como sea,  ¡ vaya coñazo ¡ etcétera…

Entonces, ante el caos estudiantil,  intervenía Don  Eliseo, todo cortesía , todo buenas maneras:

– Señores, ruego su silencio y su atención unos minutos.

Y empezaba a perorar del filósofo en cuestión e inmediatamente  captaba la atención de sus alumnos y los iba meciendo en el conocimiento y, a los pocos minutos, la clase le atendía, como embrujada, y los alumnos, hasta los más burros, entendían a Kant y consideraban que sus teorías no eran gilipolleces, sino pensamientos brillantes y utilísimos y que Hegel, no era un chalado aburrido con cara de loco, sino un sabio cuyos pensamientos esclarecían hasta los más pequeños aconteceres de la vida…

II.-  Don Eliseo era así: un sabio y un señor. Y sus formas exteriores lo evidenciaban: culto, pero no pedante; elegante, pero no atildado; cortés, pero no untuoso.  Su vida había sido un cálculo constante y un método riguroso. Hizo la carrera de Filosofía y Letras sin especial dificultad, aunque nunca se presentó a un examen sin estar íntimamente convencido de que dominaba el temario para obtener sobresaliente. Si tenía alguna duda dejaba pasar la convocatoria y, a la siguiente, se presentaba ya seguro de ir sobrado. Y luego opositó. Cuando se supo totalmente preparado, acudió al examen y obtuvo su plaza de profesor. En su vida no hubo nunca riesgos: todo había sido planificación, esfuerzo y resultado inmediato. Por eso, tal vez por eso, por su inclinación extrema a la seguridad,  sigue soltero. Porque en la vida, aunque él se niegue reconocerlo, hay riesgos, y el riesgo más grande es el amor.

III.-  En la terraza, con su taza de café humeante, Don Eliseo espera a su cita. Le hubiera gustado, mientras aguarda, tener a mano el periódico del día y hojearlo y reflexionar sobre las noticias que se publican. Sobre todo para aplacar el corazón, que lo tiene trémulo, un poquito vibrante de emoción. Pero  la puñetera pandemia ha hecho que en los bares ya no haya periódicos: así que entra con su móvil en la edición digital de uno de ellos y lee. No es lo mismo ¡ qué duda ofrece ! Pero no queda otra.

Mientras espera, Don Eliseo lee las críticas a la moción de censura que prepara Abascal para septiembre. Y no puede estar más conforme con las diatribas porque, jamás,  ni aunque ocurra un milagro, la moción se va a ganar. Y ya es sabido que Don Eliseo jamás ha corrido riesgos en su vida : todo ha sido planificación, esfuerzo y resultado inmediato.

IV.-  Termina el café. Pide otro. Calcula que hace veinte años que no la ve. Hoy, después de tanto tiempo, han quedado. Como viejos amigos. Él solterón. Ella viuda reciente. Veinte años dan para mucho. Tendrán muchas cosas que contarse. O no…

Tan pronto columbra su figura en lejanía sabe que es ella: tal vez el aura, tal vez ese gracejo natural… Don Eliseo siente latir su corazón. Y tiene miedo de enfrentarse a lo que pudo ser y no fue. Busca entre sus filósofos tan queridos una enseñanza que lo aplaque y le enseñe a embridar la emoción, el pánico a enfrentarse a la historia que no llegó a cuajar, a la íntima conciencia de que su miedo lo ha llevado al fracaso. Pero no la encuentra: ni Kant, ni Hegel, ni Sartre le traen a la mente una receta válida.

Y es que  esa mujer  pudo ser su vida. Pero, en su momento, Don Eliseo no dio el paso, se rajó. Porque Don Eliseo necesitaba planificación, esfuerzo y resultado inmediato y el amor es riesgo. El amor, como todo lo grande,  es riesgo. Pero vale la pena.

Sigue buscando recetas en sus queridos filósofos. Pero no la encuentra : ni  Hume, ni Schopenhauer, ni Mounier… Pero, de pronto, sin saber por qué, le resuena la voz redonda de Juan Pablo II, papa, pero también filósofo:

– Non avere paura. ¡ No tengáis miedo !

Ella tiene los ojos tan hermosos como siempre. Hay una luz que restalla en sus pupilas y una sonrisa que riega de alegría el entorno y devora el universo entero.

Hablan de sus vidas. Ambos son conscientes, muy consientes, de que todo pudo haber ocurrido de otro modo. También saben que ese amor que sintieron aun vive. Y  que tal vez haya llegado su momento.

 Ella es ocurrente, rápida, aguda. Inunda de alegría el entorno. Su presencia ilumina el mero hecho de vivir.

Don Eliseo, por el contrario,  siempre ha sido torpón para las relaciones sociales.  Le cuesta salir de lugares comunes. Rehuye hablar de sentimientos, de emociones… Por eso pregunta: 

– ¿ Qué piensas de la moción de censura de Abascal ?

Ella reflexiona. Hay una luz que restalla en sus pupilas y una sonrisa que riega de alegría el entorno y devora el universo entero. Al fin ella dice :

– Que todo lo grande, como el amor, lleva riesgo. Pero vale la pena.

Don Eliseo pide otro café. Ya van cuatro. Y musita para sí mismo :

– Non avere paura. ¡ No tengáis miedo !

Cae la tarde . Y la historia, tal vez,  volverá a repetirse. O no…

– Non avere paura. ¡ No tengáis miedo ¡.

Y Don Eliseo decide ser valiente. Piensa en la moción. A la vez mira los hermosos, los brillantes, los luminosos ojos de la mujer. Se ve cautivo de su sonrisa avasalladora Y, sin saber por qué, le viene a los labios un verso de Borges :

– “ Aquí está de nuevo el hermoso riesgo “

Y decide amar el riesgo. Porque la vida es de los valientes. Y  ríe, ríe abiertamente, esperanzado en que todo puede cambiar, en que todo va a cambiar.

Por fin.

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