La feminista audaz


 I.- Cuando empiezo a escribir estas líneas, un hermoso pájaro verde  revuela en  mi jardín y se posa en el viejo olivo centenario.

Don Joaquín era hijo, nieto y sobrino único así que, en su persona, cuando llegaron los óbitos correspondientes, convergieron varias herencias y capitales. Esa circunstancia, unida a su carácter soberbio y egoísta, propio de niño malcriado, hizo de él un espécimen poco agradable. Cuentan que, desde recental, ya apuntaba maneras, y que su pasatiempo más grato era echar a rodar quesos calle abajo, como si fueran un aro o una rueda, para mofarse de los pobres que, atenazados por la hambruna, se peleaban para   atraparlos.

A Don Joaquín no había quien le dijera no y, cualquiera que tratara de torcerle la voluntad, por poco que fuera, tenía que aguantar sus acometidas, sus amenazas y sus impertinencias. Por eso aquella noche, cuando su hija Dolores  le apuntó su proyecto de vida, a Don Joaquín se le escarapeló el bigote y se le puso tieso como el copete de un jabalí agitado y desbarró insultos y dicterios contra ella, pero también  contra la Iglesia y  contra el  beatísimo Papa de Roma.

Pero la hija Dolores no era mujer meliflua, sino, al contrario, testarrona y decidida, así que, pasada la tormenta y la traca de palabros y gritos,  miró con fijeza a los ojos de su padre y le dijo simplemente :

– Mañana me marcho.

A Don Joaquín le pedía el cuerpo arrimarle una somanta de palos y desollarla viva y encerrarla en su cuarto a pan y agua hasta que recapacitase  porque ¡dónde se había visto ! una hija desobediente y levantisca, que se atrevía a pensar por sí misma, que se atrevía a decidir por sí misma, que se atrevía a irse de su casa… Pero, por primera vez en su vida, Don Joaquín tuvo miedo de la mirada de una mujer, de su propia hija en este caso, y  atemperó la irritación  y, simplemente, llamó al notario, cambió su última voluntad y la desheredó. Y trató de borrarla, para siempre, pero para siempre siempre, de su memoria.

II.- El hermoso pájaro verde salta de rama en rama y se aquerencia en la cumbre del olivo. Me mira. En sus ojos minúsculos brilla una luz tan hermosa que parece infinita.

Aunque al profesar se solía trocar el nombre de la postulante, Dolores insistió en seguir siendo Dolores y, la Superiora no vio obstáculo en complacerla y así fue conocida en adelante como la Madre Dolores de Jesús.

Muy pronto en el convento se vio la pujanza de la Madre Dolores de Jesús y sus nuevas ideas y orientaciones y, en cierto modo, podría decirse que había hecho una refundación en chiquitillo de la casa y hasta de la orden. E intensificó la vida de oración y el cuidado a los pobres y  el hospitalillo que, por entonces, era una habitación desvencijada que atendía a tres o cuatro ancianos moribundos, pasó pronto  a ser una gran sala, bien equipada, que servía a muchos sufrientes y donde muchos sanitarios acudían desinteresadamente a hacer caridad.

La madre Dolores de Jesús amaba su vida y se afirmaba en ella. Se sabía mujer, pero también mujer libre, tan libre como un varón, y quería decidir su propio destino y dedicarlo a un noble fin, en beneficio de los pobres y de los enfermos. Y ello se aplicó con dulzura y entrega muchos años.

En la ciudad todos la conocían y todos la querían aunque, es sabido, que siempre hay judas entreverados en la multitud y que esos judas contaminan a la masa ignorante y la arrastran.

 III.- La débil rama se cimbrea con el escaso peso del pájaro verde. Pero no se quiebra. La verdad nunca se rompe.

Por ese motivo,  a los pocos meses de estallar la guerra, una patrulla de milicianos se presentó en el hospital del convento  con una orden de detención. La suerte estaba echada: todas las hermanas, animadas con las palabras de Dolores de Jesús, fueron subiendo a la camioneta. Con miedo, mucho miedo. Pero también con dignidad. Durante el camino Dolores las exhortaba a perdonar a sus verdugos y a rezar por ellos. Al llegar al lugar del suplicio, siguió animando a sus hermanas. Las descargas se sucedieron una tras otra. La madre Dolores de Jesús fue la última en morir. Tenía 48 años cuando la martirizaron y había regado la tierra de amor y entrega a los más desfavorecidos.

IV.- La Madre Dolores de Jesús fue una mujer libre. Rigió su vida como quiso. Se enfrentó a su tiempo y sus servidumbres. Ayudó a los pobres. Fue valiente. Perdonó a sus asesinos.  Encarnó como nadie los valores de la mujer. Fue una mujer adelantada a su tiempo. Una feminista audaz. Y cambió, a mejor, la historia de muchas personas.

Pero ninguna de las toscas feministas de hogaño, retadoras y procaces, ofensivas y excluyentes, tendrá jamás un elogio para ella ni habrá, en ninguna recóndita calleja, una placa con su nombre, ni en la plaza más oscura se erigirá un modesto busto en su memoria, o en la memoria de tantas como ella.

Sin embargo  no podrán robarnos la historia, ni su amor, ni su ejemplo.

Cuando termino de escribir estas líneas, el hermoso pájaro verde  comienza a trinar desde la más frágil  rama del olivo. Su trino es una brisa de esperanza que sacude el jardín. Me gustaría pensar que esa brisa se  transformará en un viento verde y que vagará por el mundo, haciéndolo más limpio y más auténtico.

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