VERDE


I.- Cuando  murieron sus padres Juanito quedó huérfano ( esto es lógico ),  muy escurrido  de carnes y con un pitarrillo de cabras como toda herencia.  Y como tenía que ganarse el pan, cada mañana, bien temprano, resubía con su ganado  los laderones que circundaban el pueblo, buscando los  campos comunales que estaban a la volcada, y allí bregaba con los animales mientras comían verde, tomillo, lentisca o  lo que pillaran. Como se sabe, la cabra es ganado glotón  y tiene buena boca. No es meliflua para el comer, quiero decir.

 Luego  se mecía al río y los animales bebían y sesteaban un poco a la sombra de los adelfones  verdes y de las verdes retamas que crecían al amor de las humedades y, a la nada, tiraba para el pueblo, ordeñaba y vendía la leche. Y ese era su afán . Y cuando el sol  se apagaba por detrás de los verdes montes   ya sabía el zagalón  Juanito que, el  día que habría de amanecer unas horas más tarde por los cerros de levante, tendría el mismo argumento: cabras, ordeño y venta de la leche, poco más.

Pero el zagalón Juanito era bastante esclarecido y pronto empezó a trapichear con otros menesteres: a comprar y vender corderos, a hacer queso y distribuirlo en la capital, a comprar y vender canales de venados de las monterías… así que, al poco tiempo, tenía un capitalito medio regular.

Como era muy industrioso montó una fábrica de quesos: primero de cabra sólo, porque la cabra era su debilidad; pero pronto trocó su idea inicial y se metió en los quesos de oveja, que tenían más aceptación. La cosa iba como un tiro y ya le reclamaban mercancía de los pueblos más principales de la provincia, y luego de la capital y luego…

Como  el negocio crecía tanto que  se iba de las manos hizo una sociedad y, al poco tiempo, cedió acciones a los trabajadores. Él era el administrador, pero los trabajadores tenían voto en la Junta General y decidían.

II.- Fueron pasando los años : el zagalón Juanito se hizo hombre y lo llamaba Juan o Don Juan, según, y luego, con el andar del tiempo,  se hizo  anciano, y lo llamaba el abuelo Juan. La sociedad, como la misma vida, tuvo sus vaivenes. Y hubo muchas veces en que estuvo a punto de ir a la ruina y, entonces, Juan, o Don Juan, dio el paso al frente,  y se jugó el todo por el todo,  y sacó a la empresa del atolladero, y la cosa se rehízo y la sociedad siguió vendiendo quesos por todo el país, los trabajadores cobrando, el pueblo creciendo, y la vida discurriendo.

III.- Hoy, a la verde sombra de la parra de la terraza del Bar  Venancio, tres trabajadores de la fábrica de quesos ( Dionisio, Alfredo y Ramón )  de vacaciones, charlan animadamente.

Las cervezas heladas les entran gañote abajo muy placenteras.

Dionisio está muy contento porque acaba de salir del hospital y ya está recuperado y, encima, se ha encontrado de sopetón con las vacaciones:

– Dos semanillas purgando en el hospital. Menos mal que en la habitación estaba solo, sin otro enfermo. Bastante es estar uno malo, sufriendo penitencias, como para tener que aguantar las agonías de otros.

Alfredo y Ramón se sorprendieron porque ambos sabían que en el hospital las habitaciones son  dobles y que, te pongas como te pongas,  siempre te acollaran con otro doliente que es lamentoso por sus muchas puniciones o que tiene familiares  que entran en piara formando una escandalera  insoportable o…

Interrogaron con la mirada.

Y Dionisio aclaró:

– Uno tiene buenas agarraderas. Mi yerno está de gerente y se las apañó para que estuviera solo.

Y, muy satisfecho, remató el comentario:

– Y en la mejor habitación, además.

Y rió escandaloso, muy satisfecho.

Sus amigos asintieron, con una sonrisilla mitad envidia, mitad admiración.

Siguieron trajinando cervezas heladas por el gañote abajo.

 Alfredo también  quería enfatizar sus ocurrencias.

– Pues yo he comprado ahora un piso y lo he puesto a nombre de mi hijo. Hemos dicho en la escritura que es para su vivienda habitual. Así me ahorro el impuesto de Transmisiones. Lo bajo del 8 por ciento al 4. Además lo alquilo, pero la renta no la declaro: entra en vena directa.

Y rió escandaloso, muy satisfecho.

Sus amigos asintieron, con una sonrisilla mitad envidia, mitad admiración.

Siguieron trajinando cervezas heladas por el gañote abajo.

Ramón, viendo lo ladinos que eran sus amigos, no quiso quedarse atrás. Así que refirió su pecadillo:

– Es que no se puede ser tonto. A mi mujer le he averiguado una pensión de por vida. Apañé un médico y un abogado listos y le ganamos el pleito a la Seguridad Social. Una paguita para siempre y ahí está en la casa, trabajando más que antes….

Y rió escandaloso, muy satisfecho.

Sus amigos asintieron, con una sonrisilla mitad envidia, mitad admiración.

Siguieron trajinando cervezas heladas por el gañote abajo.

 

IV.– A Venancio, el dueño del Bar Venancio, lo tienen loco.

  • ¡ Arrímate otras cervecillas !

Venancio se las sirve.

  • ¿ Sabéis lo del abuelo Juan ? Menudo sinvergüenza.

Dionisio, Alfredo y Ramón lo saben. Y lo desaprueban. Por lo visto, el abuelo Juan cerró un compromiso de venta de toda la producción  de la empresa con una cadena internacional de supermercados. Así  la salida del producto quedaba asegurada para varios años en condiciones ventajosas. Y  la cadena, según se habla, ha tenido atenciones con el abuelo. Hay quien habla de ciertas comisiones que no han revertido en la empresa,  ni en los socios o trabajadores, sino directamente en el abuelo Juan. Tampoco se sabe a ciencia cierta si es verdad. Pero bueno…

Y Dionisio :

– ¡ Menudo sinvergüenza !

Y Alfredo :

– ¡ Menudo sinvergüenza !

Y Ramón :

– ¡ Menudo sinvergüenza !

Y siguen trajinando cervezas heladas por el gañote abajo.

V.- Lo que ninguno sabía aun es que esa mañana, bien tempranito, el abuelo Juan, había dejado el pueblo. Mucha gente lo miraba mal y él no sentía a gusto. Se había ido triste y sin un camino claro. Probablemente  corroído por cierta sensación de culpa. Pero también dolido por la honda, lacerante e injusta ingratitud de los suyos. Ahora experimentaba claramente que la vejez y el abandono eran un anticipo de la muerte, una muerte más dolorosa que la muerte real.

Aun así, en el pueblo  quedan  muchos que lo aprecian ;  agradecen lo que hizo y resaltan lo mucho y bueno  que les dejó. ¿Qué erró también?. No hay duda. Pero también han hecho cosas mal, hasta donde han podido, Dionisio, y Alfredo y Ramón y…y se vanaglorian de ello. Y nadie les reprocha nada.

 De todos modos el abuelo Juan sabe, o debiera saber, que, en el pueblo, muchos siguen     ( seguimos )  vistiendo de VERDE: ya sea la camisa, la chaqueta, la corbata, el pantalón…Ello cuando la moda lo aconseja. Y cuando no lo aconseja, también.

 

1 Comentario

  1. Hola Rafael! No había entrado en FB hace años, y hoy entré y me topé con tu cuento. Muy bueno, casi no me doy cuenta de quien era el abuelo Juan….

    Te mando un fuerte abrazo. Te seguiré leyendo ahora que sé dónde estás.

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