Me queda poco

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El abuelo mira a sus nietos / Foto: LVC

I.- Desde  hacía algún tiempo el viejo pensaba que le quedaba poco. Estaba sano, sí, y vigoroso a pesar de los ochenta años, pero esa comezón no lo dejaba. Y de ahí su cantinela:

  • Me queda poco.

No era angustia vital, ni calenturas existenciales de filósofo, ni  excesos melancólicos de poetas, que al viejo, los poetas y los filósofos, le traían fresco. En el mejor de los casos  los consideraba enfermos mentales o egocéntricos  pedantes. Así era el viejo de expeditivo. De todos modos, de un tiempo a esta parte, no cejaba en su cantinela:

  • Me queda poco.

Y eso que al viejo, en rigor, si sus nietos e hijos estaban bien, ya le sobraba todo. Y si encima se tomaba un par de medios de Montilla y unas rajitas de morcillica de Castro después de la partida  de dominó , la vida era perfecta.

Aunque  últimamente, la verdad sea dicha,  le daba demasiadas vueltas al caletre y se cuestionaba si,  a lo largo de la vida, habría hecho  lo debido y si el mundo que dejaba era algo mejor, sólo un poquito mejor,  del que le dieron. Y eso  le angustiaba pues, por razones biológicas, sabía que  ya poco o nada podría mejorarlo. Y así tornaba a  su cantinela lamentosa  y reiterativa:

  • Me queda poco.

II.- El viejo fue niño de postguerra. Como quedó huérfano   lo acogió un tío suyo, el  tío Manuel,  que había entrado en el Banco de chico para todo y que  a fuerza de trabajo y de estudiar por las noches fue medrando, medrando, medrando, hasta hacerse Director. El tío Manuel estaba bien relacionado y colocó al viejo, que entonces era niño, en una joyería, de chico para todo, y el viejo, que entonces era joven,   a fuerza de trabajo y de estudiar por las noches fue medrando, medrando, medrando, hasta hacerse contable y, con el tiempo,  Director Financiero ( O sea contable, pero dicho más finamente )

El viejo, que de joven era muy  fogoso, y no sólo para el trabajo, dio muchos hijos a la Patria y a todos procuró estudios y educación. Pagó impuestos y seguridad social como exigían las leyes, sin reparar nunca en que las leyes fueran justas o injustas. Eran leyes y punto. Y no tuvo nunca, pero nunca,  nunca, una baja por enfermedad. Cuando se ponía malo, una gripe, unas calenturas, lo que fuera, apretaba el culo y se iba a la empresa, a trabajar,  a levantar España.

Últimamente, cuando recordaba su vida de trabajo y honradez, de privaciones y de sana alegría,  se ponía melancólico y musitaba:

  • Me queda poco.

III.- La última vez que habló con los nietos, antes de que se le agarrara el coronavirus a los pulmones, el viejo les animó a no quedar indiferentes ante los derroteros que llevaba España.

  • Tenéis que reaccionar, no os dejéis achantar, defended con vigor el trabajo diario y las ideas que tenéis, defended el sentido común y nuestros principios, que nunca nadie os pueda decir que,  cuando se os necesitó, os pusiste de perfil . Porque yo ya poco puedo hacer,  a mí me queda poco.

Luego enfermó.  Y ya se sabe: el aislamiento, la desesperanza, la soledad…

 El viejo murió solo. Después de haber puesto su granito de arena para hacer grande este país y procurar el bienestar de sus gentes,  el viejo murió solo.  Ante la indiferencia de muchos.

Unos sanitarios honestos pelearon con él en una batalla que todos sabían  perdida. Un capellán bueno lo atendió en sus últimos momentos.  

Como el viejo era de ideas fijas,  cuando vio traslucir las barbas de la parca,  le dijo al cura:

  • Padre, dígale a mis nietos que no se achanten, que luchen por sus ideas, por nuestros principios. Sin miedo ni a nada ni a nadie. Porque a mí, Padre, no es que me quede poco. Es que no me queda nada.

Y La Virgen María, desde el cielo, le extendió la mano. Y lo guió hasta el Paraíso.

Y el viejo, ese que se había empeñado,  durante una larga vida de privaciones y sana alegría,  en hacer grande España y  en procurar el bienestar de sus gentes,   expiró.

Asistido por unos sanitarios buenos.

Ayudado por un cura bueno.

Y ante la indiferencia de tantos. De muchos. De demasiados.

1 Comentario

  1. Emoción y verdad… y también impotencia. Tú , su autor, has retratado la instantánea de la mal llamada la “nueva realidad”.
    Me uno al flash de tu fotografía literaria

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