Los olvidados de siempre

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Matías, el abuelo, año 1.950

Se pasaba la vida bregando en el campo, sin descanso, de sol a sol:  que si las ovejas, que si la siembra,  el frío del invierno,  la paridera en otoño, el ordeño, la cosecha y la trilla,  los rigores del verano con las bicheras y, una vez acabado el ciclo,  vuelta a empezar : que si las ovejas, que si la siembra,  el frío del invierno,  la paridera en otoño, el ordeño, la cosecha y la trilla,  los rigores del verano con las bicheras … Y así de continuo.

Pero siempre sonriente,  agradecido al goce que le procuraban esos pequeños vicios que podía permitirse: cazar conejos en los arroyos con sus huroncillos, poniendo una red en las bocas o galguear liebres en los llanos…Armas de fuego no tenía, que no le llegaban los dineros, pero otras artes de caza, archiperres,  trucos y conocimientos sí.  De eso andaba sobrado….

Hasta que un día, mientras huroneaba un arroyo de la finca de Don Pedro y Don Pablo, lo pilló el guarda y le arrimó una somanta de palos. Se le quedó el pellejo con más cardenales que el Vaticano y más desgalazones que  el lomo de una mula vieja. La cosa es que era terreno libre para la caza, pero allí mandaban los señoritos : Don Pedro y  Don Pablo. Don Pedro, Don Pablo  y sus cojones, claro. ..¡  Vaya par de mulos para una yunta !

– La próxima vez, dijo el guarda, no va a ser una paliza. La próxima vez te tiro a un pozo y de ahí no sales vivo. Sales difunto y comido de galápagos.

Y hablaba en serio.

Y  Matias, el abuelo, que nunca se había acharado con las adversidades de la vida, se acobardó.  Vendió los hurones, regaló la galga y perdió el gusto por las cosas.  Renunció a luchar. Y cabalmente,  al año y tres días del sucedido, entregó el pellejo. Cosas. 

 Matías, el padre, año 1.985

Su padre había muerto a los 50 años y ahora que él acababa de trasponer esa edad,  lo recordaba todos los días. En cierto modo, se consideraba culpable de estar vivo a una edad a la que su  padre ya era un ánima bendita :   como si fuera una injusticia disfrutar de una madurez  que  a su progenitor le negaron los trabajos, la mala suerte y el destino.

Si echaba la vista atrás lo recordaba siempre sonriente, con sus hurones y su galga, o desollando los conejos,  colgándolos en un arbolillo seco que había en el patio y sacándoles la piel finamente, como si fuera un traje. Con la navajilla : ris, ras, ris, ras…. 

Pero Matías, el padre, había tenido suerte y después de muchos años de trabajos y ahorros, había comprado su finquilla y, en los arroyones pegados a la sierra,  se criaba bien   el conejo y en los llanos abundaba la liebre… Entonces  pensaba cuánto habría disfrutado su padre de esa caza humilde y ancestral, tan auténtica, tan humilde y, cuando le venían esas imaginaciones, el pecho se aceleraba, el corazón se le conmovía y sus ojos, muy tímidamente,  se humedecían…

Todo iba bien hasta que a alguien, se le ocurrió expropiar la finca. Para hacer un parque periurbano, o lo que fuera. Don Pedro y Don Pablo, los ingenieros que mandaba en eso, eran un venero de  buenas palabras y  zalamerías. Y tenían recursos y justificaciones  para todo.          ¡ Vaya dos mulos para una yunta! Le  tasaron la finca  en buen dinero pero, para Matías, esa finca era su vida y la vida no tiene precio. O sea, que de todas a todas, salió perdiendo.

Y aunque Don José, el abogado, le dijo que había grandes posibilidades de anular el expediente,  y que tenía pruebas de que Don Pedro y Don Pablo habían chupado comisiones de las obras de otros parques anteriores,  Matias, el padre,  que nunca se había acharado con las adversidades de la vida, se acobardó.  Y se vino abajo: vendió la escopeta paralela, regaló el bretón y perdió el gusto por las cosas.  Renunció a luchar. Y cabalmente,  al año y tres días del sucedido, entregó el pellejo. Cosas. 

Matías, el hijo, año 2.020.

Matías, el hijo,  era así: vehemente y noble. En sus venas corría sangre española, quien sabe si sangre de toro. Tenía claro que la vida es lucha.  Y como lo que le gustaba  le gustaba a morir, estaba dispuesto a dar siempre la batalla por ello.

Entre sus pasiones estaban el campo y la caza. Y conocía los pájaros por el vuelo, y por el canto. Hasta por la forma de revolar dentro de un arbusto los conocía : ese es  un verderón, esa es una bisbita, ese un carbonero…

Respetaba las vedas, daba al animal sus ventajas, considerada la caza como un arte. Amaba el campo:

– No hay cosa que más me joda que ver latas de cerveza tiradas, ensucian la tierra y afean el paisaje.

Y, normalmente, eran esos ecologistas urbanos los que ensuciaban los paisajes con sus desperdicios. Al fin y al cabo, los pobrecillos, no sabían lo que era el campo. Ni sabían diferenciar una perdiz de una tórtola. No conocían la huella del marrano. Ni la crueldad de la naturaleza. Ni su belleza tampoco. Ahora, pontificar si pontificaban, con su vacua dialéctica de urbanita progre y su inconsistente soberbia de manual mal aprendido.

Matías había oído que otros Don Pedro y Don Pablo,  que eran los señoritos de ahora, los señoritos de siempre, los que dejan olvidado al pueblo llano para satisfacer sus egos y sus ansias de poder, iban a empezar a poner trabas al noble arte de la caza. Soterradamente, para que no se notara mucho, porque cataplines para decirlo abiertamente no tenían.

Pero Matías, el hijo, no se iba a acobardar, como hicieron Matías, el abuelo, y Matías, el padre. No iba a renunciar tan fácilmente a su pasión. Iba a dar la batalla, la batalla de los olvidados de siempre , del pueblo llano abusado por el poder, por el capricho egoísta de los gobernantes.  Daría la batalla por las tradiciones y la libertad. Defendería su gran afición.

– ¿ Cueste lo que cueste ?

– Sí, cueste lo que cueste.

Y junto a Matías iba a haber otros muchos Matías: Matías ricos, Matías pobres, Matías con doctorados y Matías que apenas sabían leer, Matías refinados y Matías primitivos. Tantos que serían  como una llanura verde e interminable que traspondría por el horizonte  y se desbordaría más allá del infinito.

– ¿ Cueste lo que cueste ?

– Sí, cueste lo que cueste.

Matías pensó en su hijo y en las zalagardas que solía prepararle. El niño tenía una mirada zalamera y astuta. Admitía, de aparente buen grado, la cucharada de papilla y, tan pronto veía la complacencia de su padre, esturreaba el alimento y se reía, escandaloso.  Por este hijo, Matías supo que tenía que luchar. Para que pudiera gozar, como él lo hacía, del campo y de la caza y para que, pasado un tiempo, nadie, ni su hijo tampoco, pudieran decirle que se rindió antes de tiempo, que se rajó como un toro manso y se refugió en tablas,  que le pudieron el miedo, la comodidad o la indolencia. Así que, definitivamente, decidió luchar contras las intenciones mendaces de Don Pedro y Don Pablo porque…¡  Vaya par de mulos para una yunta!

Juró poner toda su fuerza y toda su pasión en el empeño. Sin miedo y con alegría. Con entusiasmo.

– ¿Cueste lo que cueste?

– Si, cueste lo que cueste

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