El poder de los sencillos


Rafael del Campo
Rafael del Campo Blog

Se llamaba Juan pero lo conocíamos  como   “ El Loqui “. Y no era desacertado el apodo porque Juan, la verdad sea dicha,  tenía un poco trascordado el entendimiento. No era tonto ni disminuido: era, simplemente, un loco de la vida y un loco del toreo. Un loco sabio y bueno. Por eso,  cuando veía unas buenas verónicas, un buen remate o una buena tanda de naturales,  perdía la razón y empezaba a saltar en el tendido,  a  hacer aspavientos, y a vocear y a tirarse de los pelos, fuera de sí.

  • ¡¡ Ole, ole, ole !!

Luego, si el torero cortaba trofeos y podía salir a hombros, El Loqui se afanaba en portearlo él mismo como costalero, y se tiraba al ruedo y se peleaba con quien fuera necesario para llevar sobre sí al maestro.  

Juan El Loqui tenía un buen pasar : cobraba de su oficio de jardinero y lo complementaba con las propinas que le arrimaba los matadores por sacarlos a hombros. Y gastos los justos, porque era muy mantenido y comía poco y beber, más allá del café de la mañana, nada. Si acaso un buchito de agua del grifo de vez en cuando. Así que hasta le sobraba la mosca para comprar muchos libros, porque la lectura era otro de sus vicios: la poesía sobre todo. 

Tenía una memoria portentosa y, cuando menos lo esperabas, te sorprendía con una declamación. 

  • Déjame que te recite un poema :

“ A caballo de un cantar

Por los prados de la muerte

Va Fernando, mayoral,

De toros con ojos verdes “

 Al Loqui le gustaban los toreros valientes y los que no tenían doblez. Los que no eran ventajistas y expresaban el toreo con verdad. Los que no engañaban nunca. Y ese amor a la sinceridad impregnaba toda su vida :

  • Por eso voto a  quien tú sabes, me dijo una ocasión.

Yo estaba puñetero ese día:

  • Pero si tú no sabes de política ni de nada, Loqui…si tú eres un pollino.

Juan, El Loqui, no se enfadaba, pero tampoco se arredraba :

  • La gente sencilla tenemos claro donde están el sentido común y la sinceridad..y sabemos quienes no nos van a traicionar…Ese es el poder de los sencillos.

Y se ajustó el nudo de la corbata que ese día, curiosamente, era verde. 

Acto seguido se arrancó con una declamación. 

  • Déjame que te recite un poema:

“ Verde que te quiere verde

Verde viento, verdes ramas

El barco sobre la mar

Y el caballo en la montaña “

Juan, El Loqui, ya quedó dicho, no era tonto ni disminuido, era simplemente, un loco, un loco de la vida y del torero. Un loco sabio.

Pero además,  El Loqui, como la gente sencilla, era  bueno, muy bueno,  y lucía esa virtud tan escasamente repartida, de no hablar mal de nadie. Un día, en Écija, viendo una corrida en la que estábamos cuatro chalados del toreo, se me sentó al lado.

  • A mí los matadores me tratan muy bien, son buena gente, me dijo sin venir a cuento.

Como uno es malicioso, pensé en el nombre de un torero de reconocida mala uva. Y le pregunté por él.

  • Ese también es bueno, dijo sonriendo. Tiene gatos en la barriga pero, a su manera, también es bueno.

Estuvo un rato calladito y al poco tiempo dijo:

  • Y el que es muy bueno también y muy buen amigo  es Enrique Ponce. Me ha regalado una moto.

Y para acreditarlo se sacó de la cartera los papeles del ciclomotor.

Estas personas tan peculiares, estos sabios locos y buenos,  tienen arranques poéticos;  por eso no me sorprendió que, pasado un rato,  sin esperarlo,  me dijera:

  • Y gracias a Finito para mí pasa la vida y puedo medir  el tiempo y su “ fugasidad”.

Y acto seguido se remangó la chaqueta y me enseñó otro regalo: un reloj muy ostentoso que lucía en su peluda muñeca.

  • Pero el mejor de todos  es  Talavante. Gracias a él como todos los días.

Sonreí :

  • ¿ Te tiene en nómina ? ¿ Te da un sueldo ?

Dijo El Loqui :

  • No, hombre, no. No te enteras de nada. Es que me ha pagado la dentadura postiza.

Y muy alegremente escupió la prótesis en la palma de su  mano y, sonriendo, me la mostró muy ufano. Y repitió, de nuevo,  con la voz gangosa de los desdentados: 

  • No, hombre, no. No te enteras de nada. Es que me ha pagado la dentadura postiza.

Cuando vio mi cara, mitad  de sorpresa, mitad de repugnancia,  me dijo:

  • Hoy no te voy a recitar un poema. Sino un trozo el Evangelio, que es libro más poético que hay :

“ Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra,

        porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos

y se las has revelado a la gente sencilla.

Sí, Padre, así te ha parecido mejor. “

 Y añadió:

  • Para que veas el poder de los sencillos, de los sinceros,  de los que no somos nadie… o tal vez sí.

Aquel día salí de la plaza pensando en la gente sencilla : en los que, por encima de verborreas y pedanterías, tienen claro  donde están el sentido común y la sinceridad….Ese es el poder de los sencillos. Y el poder de los valientes.

Todavía no había anochecido pero el cielo se iba apagando y su color, de natural azul,  me pareció, no sé por qué, que se tornaba en  verde, en  un  verde intenso cruzado por el vuelo de pájaros libres. 

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