Pancho y Pancho

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Rafael del Campo
Rafael del Campo Blog

Era una mujer intuitiva y lo sabía desde que tenía memoria. Por ello, ese día, columbraba que iba a sufrir y a ser feliz a la misma vez y esa extraña contradicción la inquietaba y le arrebataba la paz. Todo adquirió su sentido cuando el ginecólogo, tras la revisión, le dijo:

– El niño viene con problemas y tendrá graves limitaciones. En la fase de gestación en que está, puede plantearse una interrupción del embarazo y…

El médico terminó la frase sin rematarla. Tal vez no se atrevió.

Ella respondió:

– Doctor, si opto por interrumpir el embarazo, ¿podría luego reiniciarlo?

El médico no pudo reprimir una sonrisa. La pregunta era tan estúpida… Pero inmediatamente se rehizo y adoptó la gravedad que aconsejaban las circunstancias:

– No sería posible, señora. El feto moriría. Entonces fue ella la que, a pesar del dolor que la hería con tanta crueldad, no pudo reprimir una sonrisilla. Muy irónica, eso sí:

– Si no puede reiniciarse no es una interrupción del embarazo, doctor, es una finalización. Llame a las cosas por su nombre. Y mi respuesta al aborto que plantea es no.

Aunque el día había amanecido neblinoso, el sol se había abierto paso, y una luz arrolladora entraba por el amplio ventanal de la consulta y caldeaba la escena.

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Era una mujer intuitiva y lo sabía desde que tenía memoria. Por ello, ese día, columbraba que iba a sufrir y a ser feliz a la misma vez y esa extraña contradicción la inquietaba y le arrebataba la paz. Todo adquirió su sentido cuando se precipitaron las contracciones y, con adelanto, nació el niño: sietemesino y con los problemas que ya se sabían. Lo bautizaron como Francisco pero todos le llamaban Pancho . Nadie sabía por qué. Y empezó la lucha, una lucha diaria y sin pausa, porque eso es la vida: lucha. Ella comprendió que no importa la magnitud de la victoria, sino la pasión que se pone en la pelea. Y cada insignificante avance de Pancho era una epopeya y como tal la valoraba, y como tal la sentía y como tal la disfrutaba.

Pasados unos años Pancho hacía una vida casi normal. Con las limitaciones propias de su estado, eso sí. Se diferenciaba del resto de los niños de su edad, cierto, pero por encima de otras singularidades, era su bondad lo que le hacía único. El no entendía la existencia del mal y decía cosas que a su madre la conmovían:

– Yo sólo quiero la felicidad de mis padres.

Y ella, cuando oía eso, pensaba que era una privilegiada y que otras madres, si fueran esclarecidas, deberían tenerle envidia, mucha envidia…

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Para mejorar el desarrollo de Pancho le aconsejaron comprar un perro. La relación con animal serviría de estímulo y apoyo a las terapias habituales. Y permitiría a Pancho asumir ciertas responsabilidades: preocuparse de la alimentación del animal, sacarlo de paseo… El especialista apuntó algunas razas.

Cuando acudió a la tienda de animales vio a un pequeño pastor alemán. Le fascinó su mirada porque sus ojos se iluminaban con una luz de bondad, similar a la que alumbraba el rostro de Pancho. Aunque no estaba entre las razas recomendadas se interesó por él.

El vendedor le informó:

– Es un perro muy noble, muy bondadoso. Se le nota en la expresión. No tiene nombre, pero yo le llamo Pancho. No sé por qué…

Ella era una mujer muy intuitiva, lo sabía desde que tenía memoria y, esa coincidencia de nombres, la convenció. Algo en su interior le decía que Pancho era el perro indicado para Pancho.

– Me lo llevo.

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Cada día, al volver del colegio, Pancho sacaba a su perro al parque y éste, sabedor de las limitaciones de su dueño, no se apartaba de él, siempre atento, como si intuyera que los papeles naturales estaban invertidos y que, en realidad, era él, el animal, quien había de cuidar del humano. A veces lo vigilaba en la distancia, como si el perro quisiere dar al niño algo de libertad.

Aquel día el parque estaba muy solo y en la fronda se ocultaba el hombre, el depredador. Emboscado. Aguardando. Vio al niño. Enseguida reparó en sus suaves facciones, su cabello rubio, suavemente alborotado, sus carnes inocentes… También en que sería una presa muy fácil.

– Ven, niño, mira lo que tengo.

Pancho no imaginaba la maldad humana. Para imaginar algo hay que tener en el corazón un germen, aunque sea sólo un germen, de esa realidad. Y Pancho no tenía ni una semillita de maldad.

– Ven, niño, mira lo que tengo.

Pancho se vio derrumbado, sus ropas rasgadas, su rostro babeado. No entendía la agitación del hombre. Por eso gritó.

Pero al instante, también gritó el hombre. Aunque su lamento fue más desgarrador. Sintió los dientes del pastor alemán hundirse en su cuello y desgarrar su carne. Luego su propia sangre, caliente, iracunda, peguntosa en sus manos desesperadas por contener la hemorragia. Y el dolor. Y la conciencia que se nublaba. Y, como última convicción, cuando ya trasponía las lindes de la muerte y no había marcha atrás, el sentimiento más amargo de todos: el de saber que había sido toda su vida un hombre malvado.

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Era una mujer intuitiva y lo sabía desde que tenía memoria. Por ello, ese día, columbraba que iba a sufrir y a ser feliz a la misma vez y esa extraña contradicción la inquietaba y le arrebataba la paz. Todo adquirió su sentido en la consulta del médico de Pancho. Habían pasado algunos días desde el incidente y ella quería que Don Juan examinara al niño y que le hiciera, no sólo los rutinarios exámenes físicos sino que, además, con su sabiduría de médico experimentado y agudo, pudiera descubrir si había algún trauma en su mente, alguna herida en su espíritu.

Don Juan planteaba sus actos médicos como una larga conversación donde deslizaba preguntas sencillas, de apariencia azarosa y casual, pero siempre cargadas de intención. De las respuestas del paciente, extraía información que le conducía a realizar luego exhaustivos exámenes para confirmar o descartar patologías.

Una de esas preguntas pareció superflua:

– ¿Que tal tu perro? ¿Cómo está? Pancho era muy desenvuelto y quería mucho a Don Juan. Se sentía confiado. Abría su corazón:

– Muy bien. El otro día me defendió de un ataque.

Don Juan estrechó su cerco:

– Pasarías mucho miedo…

Luego guardó silencio .

El niño :

– Miedo ya no tengo. También he sentido mucho odio, Don Juan. Pero ya no tengo tampoco. Ahora algo de pena por el hombre. Con odio no se puede vivir. Además yo quiero que el mundo sea un poquito mejor. Y con odio nada puede mejorarse.

Don Juan quedó perplejo ante la respuesta.

Pensó :

– ¿Por qué serán los más débiles, los peor dotados, los que pueden cambiar el mundo?

Y, conocedor de la vida de Pancho, supo entonces, con toda certeza, algo que columbraba desde hacía tiempo: que el aborto es una injusticia que hace a la humanidad, más ruin, más egoísta… pero, sobre todo, más pobre. Mucho más pobre.

Aunque el día había amanecido neblinoso, el sol se había abierto paso, y una luz arrolladora entraba por el amplio ventanal del despacho y caldeaba la escena.

Aquella noche, la madre, como todas las noches, antes de acostarse, entró en el cuarto de su hijo: Pancho, el perro, descansaba sobre su esterilla verde, verde esperanza, a los pies de la cama de Pancho, el niño, y, a veces, quien sabe por qué, movía el rabo y golpeaba la colcha de la cama, también verde, y Pancho, el niño, desde más allá del sueño, sonreía seguro… Seguro y feliz

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