Venirse arriba

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Rafael del Campo
Rafael del Campo Blog

El maestro, recostado en la barrera, vestido de verde y oro, pensaba que en la vida hay momentos en que uno no puede esconderse, momentos en que es sí o es no, momentos en que, o se da el paso adelante, o uno vuelve la cara y se quita de en medio. Momentos, tan importantes, que son eternos.

 Aquella tarde era uno de eso momentos. Recostado en la barrera, vestido de verde y oro, miraba con una mezcla de preocupación e indolencia el tercio de banderillas, que discurría complicado y peligroso. El Beni, a pesar de ser capotero poderoso, sujetaba al bicho en el tercio a duras penas , que así estaba el animal de andarín y descompuesto. Y Palillo, no obstante ser un buen banderillero y estar muy ágil, daba pasadas en falso sin poder prender ni un solo palitroque.

El maestro, vestido de verde y oro, pensaba:

– …todo es conforme y según y el toro tiene sus problemas, espera y se acuesta por el derecho y rebaña por el izquierdo… el público no lo ve…porque el público es necio…pero vaya arreones pega el bicho…y yo no me voy a dejar coger por un buey…que me abroncan..pues vale…la bronca más larga dura cinco minutos y la cornada más chica quince días….

Palillo había dejado una banderilla en el costillar y el público le pitaba con ganas.

El maestro, recostado en la barrera, vestido de verde y oro, pensaba:

– …si me doblo con él y le aguanto los tres o cuatro primeros arreones soy capaz de meterlo en la muleta…..pero eso es echar la moneda al aire y jugármela…..y yo no me voy a dejar coger por un buey…que me abroncan…pues vale…la bronca más larga dura cinco minutos y la cornada más chica quince días….

Palillo había dado otra pasada en falso y ahora era el turno de Bombilla, que estaba ya viejo y regordío, y torpeaba mucho. Si de joven ya era pataleto y lentorro, ahora, con más de cincuenta años y con episcopal panza de arzobispo, todas sus carencias se agolpaban en cada suerte y era un peligro constante.

El maestro, recostado en la barrera, vestido de verde y oro, pensaba :

– …le doy cuatro trapazos, le toco los costillares y lo paro…y en cuanto se descuide le meto un golletazo y fuera líos… yo no me voy a dejar coger por un buey…que me abroncan…pues vale…la bronca más larga dura cinco minutos y la cornada más chica quince días….

En esto sonaron clarines y timbales. Pacorro, el mozo de estoques, le arrimó los trastos. Lo animó.

– Vamos, maestro, que en la vida y el toreo hay qué demostrar quién es uno…y tú eres el mejor. Hazlo por ti y por los que creemos en ti…

Y al maestro, que vestía de verde y oro, esas simples palabras, le prendieron un fuego en los adentros , y ya no tuvo otra voluntad que jugársela porque, aunque es verdad que la bronca más larga no dura más de cinco minutos, y que la cornada más chica no dura menos de quince días, hay ocasiones en la vida en que un hombre tiene que venirse arriba.

Momentos en que uno no puede esconderse, momentos en que es sí o es no, momentos en que, o se da el paso adelante, o uno vuelve la cara y se quita de en medio. Momentos, tan profundos, que son eternos.

 Se hizo el silencio, el silencio de los instantes infinitos. Y de las honduras de la garganta del maestro, que vestía de verde y oro, surgió el cite. Convincente y definitivo. Transparente:

– Jee, toro, jee……

Y el tropel del toro tamborileó sobre el incierto albero de la tarde. Y enristró hacia el maestro que, muleta en mano, lo esperaba en el anillo : la muleta desplegada, el destino balbuciente, el corazón generoso.

 Vestido de verde y oro; más que nunca de verde y oro.

 

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