El Viejo Cura

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Rafael del Campo
Rafael del Campo Blog

Acababa de leer reposadamente el Evangelio. Le gustaba hacerlo con mucho sosiego, demorando la dicción, buscando en cada imagen un signo , un mensaje, de la palabra de Dios. Invitó a los cuatro fieles a sentarse y meditar, a abrir el corazón y escuchar. Les dijo:

– Dios habla como quiere.

A veces Dios calla, bien lo sabía el viejo cura después de tantos años bregando en su oficio, pero hay que estar siempre preparado porque Su voz, más pronto o más tarde, llega. Se había sentado y había cerrado los ojos y se presionaba con fuerza la rodilla derecha para calmar la desazón: el reuma le quemaba y el dolor le hervía como un guiso, glop, glop, glop, y no había forma de achantarlo.

Se acordó de su abuela Tiburcia, que tenía muchos saberes antiguos y encontraba remedio a todos los males. Eran otros tiempos…

Pensó:

– Cuando llegue a casa me voy a poner un trapo caliente con flores de azahar, a ver si sirve para algo…. No había empezado aún a meditar cuando abrió los ojos y así, de sopetón, se encontró a dos policías en el altar. Se sobresaltó y, sin querer, dijo un improcedente :

– ¡¡ Coño !!

Se alegró de haber desconectado el micro.

Los policías lo conminaron a terminar la Misa, el estado de alarma lo imponía. El viejo cura invocaba el artículo 11 del Decreto. No había manera. Uno de los agentes, bermejillo de pelambre, se había enrocado y todo era que no, que no y que no. De ahí no lo sacabas.

– ¿ Me dejaría usted 5 minutos para concluir la celebración con dignidad ?

– No

– ¿ Y al menos repartir la Comunión ?

– No

– Mire, es que el artículo 11…

– No

El agente bermejillo de pelambre, que era como esos toros que se viene a los pechos rebufando, sacó una libretilla.

– Deme su documentación. – Si le parece en la sacristía, una vez me quite la casulla.

– Aquí y ahora.

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El viejo cura, con la denuncia en el bolsillo, cogió para su casa. Cojeaba porque el reuma le hervía en la rodilla como un guiso, glop, glop, glop, y no había forma de achantarlo. Pero también le dolía el corazón. El de leyes no sabía, pero si el Decreto autorizaba el culto es que autorizaba el culto. Tampoco había que ser jurista para entenderlo. Reflexionó:

– Dios habla como quiere.

Quería ser honesto y buscó las razones de su tristeza: ¿ se habría sentido humillado y de ahí su melancolía ? ¿ O su dolor arrancaría en que había visto profanada, en cierto modo, la Santa Misa ? ¿ O en que había sido testigo de una injusticia patente que no había sido capaz de evitar?

Cuando llegó a su casa se sentó en el sillón y estiró la pierna. No tuvo ánimo ni para ponerse un paño en la rodilla, con flores de azahar. Y se echó a llorar. Mansamente, como lloran los viejos. Sin saber muy bien por qué. Tal vez sin sentido. Tal vez porque era viejo y estaba solo. Sí, seguramente porque era viejo y estaba solo. El perrillo se arremolinó a su lado y, cuando el llanto era más intenso, le echaba las manos encima y lo lamía y él, el viejo cura, le rascaba entre los ojos . Y rezaba.

– Dios habla como quiere.

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Serían las cinco de la mañana cuando aporrearon en su puerta. El perrillo se revolvió furioso. El viejo cura se levantó torpemente porque el reuma le hervía en la rodilla como un guiso, glop, glop, glop, y no había forma de achantarlo.

– Padre, se nos muere la abuela. Venga con el viático.

Se vistió en un instante y cogió calle arriba, pim, pam, pim, pam, con el paso acelerado. No sentía el dolor de la rodilla ni la lluvia mansa que goteaba lentamente sobre la tierra. La abuela, ciertamente, se iba. Sin saber por qué, se acordó de su abuela Tiburcia. Y con todo el amor con que fue capaz le dio los sacramentos. Estuvo con ella mientras el entendimiento se le iba poco a poco hasta cruzar la linde de la conciencia. Luego se retiró. Gran parte de la familia esperaba en la habitación paredaña. Un nieto, mocetón ya y bermejillo de pelambre, lo acompañó a la puerta.

– Padre, perdóneme.

El viejo cura sonrió y lo abrazó. En esos momentos no pensaba nada pero sus labios, como si fueran independientes de su voluntad, dijeron:

– Dios habla como quiere.

Y salió a la calle. Llovían gotas gordas como aceitunas y el viento verde estaba enrabiado y agitaba las ramas de los árboles y revolvía las hojas del suelo con violencia. El reuma le hervía en la rodilla como un guiso, glop, glop, glop, y no había forma de achantarlo.

Aligeró para la casa, a ponerse un trapo caliente con flores de azahar, por si sirviera para algo….

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