El dedo índice


Sentado en una silla raída, con las piernas alineadas tal que un colegial modoso y las manos descansando sobre los muslos, el viejo aguardaba cumplimentar los últimos trámites necesarios (unas firmillas de nada) antes de abandonar el edificio. Contemplaba abstraído sus manos, moteadas por manchas y rugosidades propias de los años. Y, muy particularmente, miraba sus dedos; en concreto el índice de la mano derecha: delgado, ligeramente deformado en el remate y, según le parecía, hasta engreído, hasta satisfecho por su pasado. El viejo tenía arranques poéticos y a veces, en sus ensoñaciones, pensaba que las cosas, los objetos y cualquier adminículo, podía tener vida propia y hasta conciencia.

Ahí andaba cuando llegó su abogado. Precipitado, gesticulante y algo arrebatado. Se sentó a su vera. Templó la entonación. Parecía mentira que de un cuerpo tan nervioso pudiera surgir una voz tan apaciguada:

– Afuera esperan muchos periodistas. Cuidado con las respuestas que das. No olvides que cualquier frase sacada de contexto nos podría perjudicar. Al fin y al cabo, de lo que disfrutamos ahora es de un beneficio penitenciario. La condena aún no está cumplida. El viejo asintió sin levantar la mirada de su índice derecho, que permanecía relajado, sobre su muslo. A veces, sin embargo, el dedo, como si tuviera vida, tamborileaba sobre la pierna. Pero el sonido surgía acolchado, casi imperceptible.

– Él lo empezó todo y a él le debo todo, dijo el viejo.

Pero el abogado no lo oyó. Lo habían llamado al móvil y contestaba con su acostumbrada voz aterciopelada, envolvente, tan distinta de sus ademanes frenéticos.

Su caso había sido muy mediático y había dado lugar a un sinfín de comentarios, de polémicas y de pareceres encontrados que habían traspasado a toda la sociedad. Que un anciano, para defender a su mujer, hubiere tiroteado a un delincuente que asaltaba su casa, y lo hubiera dejado tieso, era pura defensa propia y puro sentido común. Nadie podía discutirlo. Y cualquiera, honestamente, si tuviere valor para ello, habría hecho lo mismo. Pero la clase política, sin embargo, y salvo una excepción, se había puesto de perfil, había vituperado al viejo por su acción y había apoyado la sentencia condenatoria amarrándose hipócritamente al tan manido respeto a las decisiones judiciales que, según decían, acataban. Cuando el viejo lo evocaba, su índice derecho parecía recordar que fue él quien apretó el gatillo y, entonces, tamborileaba nerviosamente, percutiendo sobre la pierna con extraña musicalidad.

De la marabunta de periodistas surgieron como hongos multicolores los micrófonos y, a la nada, el bombardeo de preguntas. Se zafó como pudo , contestó vaguedades, arrimó por lugares comunes…Pero, de pronto, una cuestión le taladró:

– ¿Cree que ha pagado un precio muy alto por sus actos?

El dedo índice, que reposaba emboscado en el bolsillo del pantalón, se aceleró en un tableteo singular.

El viejo, en ese momento, fue consciente que su mujer vivía, que no había sido ni herida ni violada por el asaltante; que en breve podría abrazarla, disfrutar de su sonrisa y de su bondad.

Respondió:

– Muy al contrario, el precio ha sido tan bajo, que…

Entonces recordó a su abogado:

– Cuidado con las respuestas que das.

Y sin concluir la frase subió al coche. Desde la ventana del vehículo, a toda velocidad, veía transcurrir la campiña donde verdegueaban cereales incipientes y el viento, que agitaba los olivares lejanos, le pareció un viento verde, un viento verde que trasponía hasta un horizonte lleno de libertad.

Sobre la pierna, el dedo índice permanecía aquietado, como un animal agazapado, pensativo y satisfecho.

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