Los Mentirosos


Rafael del Campo
Rafael del Campo Blog

Cuando se podía, que luego llegaron las libertades y tantas normas y sujeciones y lo prohibieron, el Tío Tobías vendía sus mercancías en la Plaza Grande. Allí, cuando ya caldeaba el día, el tío Tobías apontocaba su cuerpo jorobado, retorcido, tullido, en un saliente que abombaba la pared y sacaba sus jaulas pletóricas de verderones (él los llamaba verdones), jilgueros (él los llamaba colorines), pardillos (él los llamaba camachos) y pinzones reales (él los llamaba mecos)…

Y, cuando era el tiempo, también ofrecía espárragos, tagarninas, criadillas de tierra y moras salvajes y un licorcillo muy borrachoso que él mismo hacía fermentando no se sabía qué frutilla.

Cuando se podía, que luego llegaron las libertades y tantas normas y sujeciones y lo prohibieron, yo era asiduo comprador de pájaros pues siempre, desde chicuelo, me gustó la poesía y, a mi parecer, los pájaros son poesía de Dios, versos sueltos que el Creador nos deja para aligerarnos con su belleza de la carga de vivir.

El Tío Tobías, que padecía de ese mal tan actual que llaman soledad, me cogió inclinación y cuando me veía aparecer se le iluminaban los ojos y la opacidad habitual que los sombreaba refulgía, por un momento, en brillos que arrancaban, seguramente, de cuando él era un niño libre e ignoraba que la vida, su vida, iba a ser un camino largo y solitario y doloroso.

Cuando me despedía, el Tío Tobías siempre me dedicaba un consejo que yo, en mi inconsciencia infantil, no apreciaba.

Así:

– Y no olvides, del viejo busca el consejo.

O bien:

– Y no olvides, tener razón, no es razón suficiente.

Un día de estos, viendo la interminable perorata del Presidente del Gobierno, no sé por qué, me he acordado del Tío Tobías: marginado, tullido, fracasado al ojo de los hombres. Por esos extraños resortes de la memoria, se me ha venido, de sopetón, el último consejo que me dio, poco antes de morir:

– Si alguien te engaña una vez, la culpa es de quien te engaña. A partir de esa primera vez, la culpa es tuya, por dejarte engañar. Al volver de mi ensoñación, el Presidente seguía hablando, y hablando y hablando….Y hablando y hablando y hablando. Pero, curiosamente, no decía nada.

Bostecé con hastío infinito. Cerré los ojos. De esa poza imaginaria donde los recuerdos se apaciguan, remanecía la quebrada voz del Tío Tobías. Sentenciaba:

– Si alguien te engaña una vez, la culpa es de quien te engaña. A partir de esa primera vez, la culpa es tuya, por dejarte engañar.

Afuera, en el solitario jardín, verdones , colorines y mecos, prendidos de los árboles, trinaban cantos lejanos porque, al menos de momento, no había normas y sujeciones que se lo prohibiera.