El color del cristal, o donde dije digo, digo Diego, o la mentira por bandera.


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Como decía Ramón de Campoamor “y es que en el mundo traidor nada hay verdad ni mentira: todo es según el color del cristal con que se mira” refiriéndose al imperio del subjetivismo, la arbitrariedad y el relativismo en nuestro mundo, mundo traidor porque la realidad no es confiable ya que cambia cada día, según muchas circunstancias.

Ello puede entenderse, pues, es cierto que una misma realidad observada por distintas personas se puede percibir de diferentes formas y, consiguientemente parecer diferente aún cuando sea la misma y, también por tanto, se pueden afrontar soluciones a dicha realidad desde distintos puntos de vista. Ello, a mi humilde juicio, me parece genial y representa la libertad de pensamiento.

Esto nos lleva, a nivel político, a la existencia de diferentes ideologías, que son todas respetables, siempre que no pretendan convertirse en pensamiento único e imponerlo a los demás.

Cuestión muy diferente es los cambios de opinión ante la misma realidad, en función de los intereses del momento. De ahí el refrán castellano de “dónde dije digo, digo Diego”, que en su origen tenía un significado de justificación cuando la persona decidía rectificar o desdecirse de una afirmación y que hoy, más bien, viene a expresar los cambios de opinión ante la misma situación dependiendo del interés del momento.

En consonancia con el editorial de esta semana, las hemerotecas, como los números, hoy en día lo resisten todo, y pocos se sonrojan, más bien ni se inmutan, cuando le es aplicado el refrán, pues no se trata de rectificar o desdecirse de una afirmación anterior, sino de mentir: mentir antes o mentir después, pero mentir.

No se trata aquí hoy de traer las cientos, o miles, de opiniones enfrentadas de nuestros gobernantes actuales a cuando eran oposición (y, sobre todo, de algunos que ni siquiera se podía imaginar que estarían sentados en el Consejo de Ministros cuando las expresaban). Ahí están esos “memes” en las redes sociales (“zascas”) que así lo atestiguan. Se trata de observar como tanto el político de turno se ha acostumbrado a mentir, como el ciudadano a que se le mienta, pues para uno se trata de justificar su postura cuando se está en la oposición, dónde resulta muy fácil gobernar y tomar decisiones (pues son con gaseosa), a cuando se tiene la responsabilidad de gobernar, donde ya la utopía no sirve y la realidad es más testaruda que nuestra voluntad y deseos; y para el otro, justificar su voto y su ideología, olvidándose de la misma. Se llega a justificar a “su” gobernante aún cuando se es consciente de que lo que está diciendo, o lo que es aún peor, ejecutando, es totalmente contrario a lo programado y a la ideología que, supuestamente, ampara su posición política.

Aquí, una gran mayoría de los votantes somos de un partido político como de unos colores futbolísticos, ya que, a pesar de que se haya realizado el peor partido de la temporada, siempre culparemos al árbitro o al terreno de juego, pero pocas veces a nuestro equipo, posiblemente por el miedo a que si lo hacemos el partido contrario alcance el gobierno, de lo que se aprovechan los políticos para mantener sus status.

Lo malo es que cuando se abandona la rectitud y honestidad y lo único que importa es mantener el poder, se llega a situaciones como las que estamos viviendo, en las que todo vale (incluso negociar y aceptar el apoyo de terroristas, o pseudo-terroristas, separatistas, golpistas por sedición, etc.…) y no sólo no es necesario justificar el cambio de opinión o del programa, sino imponerlo, lo que nos llevará, como no despertemos a tiempo, a la pérdida de las libertades que con tanto esfuerzo se consiguieron en nuestra nación, porque estamos generando verdaderos monstruos, a los que se les confiere el poder, y la historia ya nos ha dicho, en multitud de ocasiones como acaban éstos (dictadores) y quienes son gobernados por ellos.

Con el cogobierno social comunista, más comunista que socialista, donde el Sr. Sánchez parece un tránsfuga sin haber abandonado el partido y llevándose consigo la presidencia de gobierno, la mentira, tanto desde su aspecto positivo como desde el negativo de la ocultación de la información, es la habitualidad, pues sólo importa la propaganda, la demagogia para un resultado electoralista, y si para ello hay que mentir constantemente pues se vive en la mentira.

Jamás pensé que iba a secundar a Alfredo Pérez Rubalcaba, cuando tras el 11-M, dijo que “los ciudadanos españoles se merecen un gobierno que no les mienta”, sinceramente podrían aplicarse sus propias palabras.