Dueños de la vida y de la muerte


eutanasia quintafuerza 1

¿Volvemos a la concepción primitiva de que el hombre es dueño de la vida, tanto de la suya como la de los demás? ¿Desandamos todo el camino de veinte siglos de historia luchando por la vida y la libertad? ¿Queremos ser dioses y disponer de la vida del ser humano? Eso parece.

Todo lo que una ley autoriza es legal, pero no todo lo legal es justo ni ético, aunque debería serlo, pero eso ya depende de quienes dictan esas leyes y de los valores que se quieran aplicar sobre los dos más importantes derechos del ser humano, el de la vida y el de la libertad, sobre los que giran todos los demás.

Si no tenemos vida no podemos disfrutar de la libertad, y sin vida y sin libertad no existe ningún otro derecho.

Desde que se superó, hace muchos siglos, el concepto de propiedad de la vida como algo que podía ser dispuesto por el propio ser humano, en todas las legislaciones se ha venido castigando el atentar contra la vida, bien desde el punto de vista del asesinato o del homicidio, como desde la inducción o cooperación al suicidio, pero hoy, bajo una perversa idea de la libertad y del derecho a la propia vida, se quiere hacer una pirueta para admitir que el ser humano es libre para decidir cuando se muere. Lo malo es que, poco a poco, iremos llegando a también a plantearnos que un ser humano tendrá derecho a decidir cuando otro ha de vivir o morir, porque cuando la ética y la moral se relajan en el derecho fundamental, y esta relajación se considera apropiada, se abre el nuevo debate de un paso más frente a lo que antes era aborrecible.

La proposición de ley sobre la eutanasia que se ha votado estos días en el Congreso (y como viene siendo habitual en forma de rodillo por ese sector que quiere acabar con todo y de un plumazo con lo que es nuestra cultura), parte ya en su artículo 1 de una falacia cuando dice que el objeto de la ley es ¨regular el derecho que corresponde a toda persona que cumpla las condiciones exigidas a solicitar y recibir la ayuda necesaria para morir...”. Parte de algo que no es un derecho, cual es el derecho a decidir sobre la propia muerte o la muerte de los demás.

A parte de unos requisitos formales, que son fácilmente salvables y que no suponen ningún impedimento, que figuran en su artículo 5, en la letra d) de dicho precepto, como requisito objetivo se pide que se ha de “sufrir una enfermedad grave e incurable o padecer una enfermedad grave, crónica e invalidante en lo términos establecidos en esta ley¨, pero, de entrada, dichas enfermedades no se definen, sino que la gravedad e invalidez vendrán corroboradas por informes de médicos y comisiones valorativas, con lo que dependiendo de la ideología y honestidad de las personas que han de intervenir, dicha norma puede ser de una aplicación muy estricta y testimonial y en casos muy excepcionales o, por el contrario, puede de ser manga ancha y aplicarse a personas que, realmente, no padecen tan gravísimas situaciones, pero que, de partida, ya admite el derecho a decidir sobre la vida de los demás, pues será ese médico y/o esa Comisión, quien decida quien debe vivir o quien morir.

Sencillamente esta proposición de ley sobre la eutanasia es un manifestación clara de la incapacidad y falta de voluntad de afrontar la realidad de estas situaciones. No se trata de quitar de en medio a quienes sufren por la enfermedad, sino en invertir y procurar medios con los que paliar y evitar en lo posible ese sufrimiento, permitiendo, no una muerte digna, sino una vida digna, pero claro, luchar contra el sufrimiento por medios paliativos es más caro y requiere un mayor esfuerzo que eliminar el problema, con lo que, en una política de muerte es mucho más cómodo procurar la eutanasia que buscar soluciones médicas al sufrimiento.

Pero si ya por separado es muy mala noticia la aprobación de esta proposición de ley, si la combinamos con la del aborto, como decía al principio, nos vamos convirtiendo en dioses que decidimos quién nace, quién vive y quién muere y sólo es cuestión de tiempo que, una vez los ideólogos de la muerte, hayan impuesto este pensamiento, dar un paso más sobre el derecho a la vida.

Ante esta situación, a quienes creemos que la vida es el don más precioso recibido gratuitamente, no nos queda otra que luchar con las armas de las que podemos disponer, exigiendo, correlativamente, un verdadero proyecto para tratamientos terapéuticos paliativos, que demuestren la posibilidad de vivir dignamente con la enfermedad, hasta la verdadera muerte natural y no esta que para ser considerada natural precisa de un artículo de una ley que lo declare; así como vigilar muy de cerca esas personas a quienes la ley les concede el derecho a decidir sobre la vida o la muerte de una persona, para que no sea aplicada de forma laxa, pues aunque la ley orgánica despenaliza la cooperación en la muerte en estos casos a los médicos que actúen al amparo de esta norma, sigue vigente en todo lo demás el artículo 143 del Código Penal que tipifica el delito de inducción y/o cooperación al suicidio.