La mezquindad de un juramento


juramento
Felipe VI./Foto: LVC

Como tiene declarado el Tribunal Constitucional en Sentencia 119/1990, de 21 de junio, el requisito de jurar o prometer el cargo no es algo exigido constitucionalmente, pero tampoco contrario a la Constitución, por lo que su exigencia por las leyes o reglamentos son, y deben, ser cumplidos para poder obtener las prerrogativas que el cargo les otorga.

Esta exigencia de acatamiento a la Constitución sólo puede imponerse a quienes son elegidos para desempeñar cargos representativos y ello por pura coherencia, pues éstos han obtenido el voto de los electores dentro de un marco que ha de ser respetado para poder seguir eligiendo con fundamentos de un Estado de Derecho.

No obstante el hecho de jurar o prometer el acatamiento de la Constitución y la lealtad a la Jefatura del Estado no se opone a que se pueda ejercer una facultad de crítica, de censura o, incluso, de acción política para el cambio y sustitución de todos o algunos de los valores o principios recogidos en la Carta Magna, pero ello SIEMPRE dentro del proceso democrático y del respeto a los procesos legales, incluido el de revisión constitucional, cuestión que también ya dejó señalada el Tribunal Constitucional en Sentencias 101 y 122 de 1983.

Por ello no es incompatible el jurar o prometer la Constitución o la lealtad al Rey con querer establecer una república o eliminar el estado autonómico, lo que puede ser incluso ofrecido en el programa electoral. Ahora bien, lo que no es admisible y es un golpe de estado, una rebelión o una sedición, es el querer hacer un cambio fuera de las normas y sin seguir el procedimiento y las mayorías exigidas para tal cambio. Eso es dictadura, totalitarismo.

Ahora bien, dada la naturaleza de este juramento o promesa de acatar la Constitución, como un concepto totalmente laxo, que le ha atribuido el Tribunal Constitucional, aun cuando se tenga como un requisito indispensable para obtener todas la prerrogativas del cargo, es, desde un punto de vista jurídico absolutamente irrelevante, ya que su incumplimiento no tiene sanción y, consiguiente a nada compromete y a nada puede obligar.

Por lo tanto ese juramento o promesa hecho “por imperativo legal”, el puramente formal, carece de todo valor, es pura apariencia y, para eso, mejor no hacer teatros ni paripés (hay que ver las ocurrencias en cada toma de posesión. Sólo falta escuchar jurar por Mafalda), pues si se jura o promete por imposición se hace sin libertad y sin libertad no hay voluntad, si bien, en esta España, la que dibuja nuestra Constitución como Estado Democrático y de Derecho, no tiene sentido el jurar o prometer acatar la Constitución por imperativo legal o como mera formalidad, pues si ello es así lo que se nos está diciendo es que no se quieren respetar las reglas del juego y lo que se pretende es imponer su ideología por encima de lo que la mayoría de los españoles deseen y fijen como marco donde vivir.

Visto lo visto, ante la falta de valor jurídico del juramento o promesa sólo queda el valor que a dicho juramento le otorga la moral y la conciencia. Así, en la fórmula del juramento se indica “por mi conciencia y honor” y, por ello, como decía Benjamín Franklin la honradez reconocida es el más seguro de los juramentos, o, visto desde la inversa, como expresaba Pierre Corneille, el mentiroso siempre es pródigo en juramentos.

Por eso, cada vez que veo actuar a los representantes elegidos por el pueblo en contra del juramento o promesa realizado al mismo, sólo puedo pensar que son indignos del cargo, verdaderos infames (en el estricto significado de la palabra, como carentes de honra, crédito y estimación) al no importarles la promesa de honor realizada, y echo en falta la sanción ante dicho incumplimiento a la palabra dada cuando se permite al mentiroso seguir ejerciendo un cargo para el que resulta indigno, amén de la preocupación que me produce la actuación de todos aquellos que quieren cambiar las reglas de juego de forma autoritaria y fuera del Estado de Derecho.

Al final, para todos estos que la promesa realizada no vale un pimiento y que sólo buscan su posicionamiento, bienestar y la imposición de su ideas y que se olvidan de todo lo prometido antes o en el momento de aceptar el cargo, les resulta directamente de aplicación lo que decía Demócrito Los juramentos que hicieron en medio de la necesidad no los observan los mezquinos cuando se han librado de ella.

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