El día de la marmota


Llevo algún tiempo, demasiado, sintiéndome como en la película de Bill Murray “Atrapado en el tiempo”, en la que basándose en una muy antigua tradición de los granjeros de Estados Unidos éstos esperan la salida de la madriguera de la marmota para predecir el fin de la temporada invernal. En dicho film el protagonista, un periodista-meteorólogo que va a cubrir el evento, al sufrir los efectos de una tormenta, se encuentra días tras día en el mismo de la marmota y aunque hay distintas situaciones siempre termina fracasando y vuelve a amanecer en el mismo día.

         Desde el mes de marzo, cuando uno escucha los telediarios, las noticias de la radio, las tertulias, lees las noticias y artículos de los periódicos, e incluso, en la redes sociales, los temas son siempre los mismos: el número de contagios por la Covid-19, los fallecidos, los ingresados en los hospitales, y cuántos de ellos en la U.C.I., los confinamientos, voluntarios o no, de poblaciones, etc., y todo ello tratado como mera estadística y con los tintes claramente dramáticos que derivan del escenario.

         Junto con las noticias sobre la pandemia en términos de enfermedad, se nos habla de las consecuencias económicas de la misma: caída record del PIB, cierres de empresas, más paro, más ERTES y, en definitiva, más pobreza, colocando a España en posiciones incluso peores que las sufridas en la crisis de 2008.

         Sólo se aderezan estas noticas con cualquier catástrofe de la naturaleza como incendios, terremotos e inundaciones y la recurrente corrupción de partidos políticos y de sus dirigentes.

         Frente a esta realidad, lo único que venimos escuchando de nuestros políticos (sé que generalizar es injusto, y que hay muchos realmente preocupados, pero la sensación es que ninguno se escapa) son reproches, insultos y virulentas críticas, provocando una tensión y una radicalización en la ciudadanía que, con un poco de descuido, puede llevar a una violencia no deseada (aunque no lo tengo tan claro con algunos partidos) y que tira por los suelos la magnifica labor de aquellos políticos de la transición que supieron compaginar sus grandes diferencias ideológicas, anteponiendo el bien común y la consecución de fines muchísimo más grandes que su propia ideología y su posición personal.

Estos días, nuestros dirigentes se enzarzan en discusiones de “tu más”, se aferran a sus fuerzas parlamentarias para crear o evitar comisiones de investigación, donde volver a generar discordia y tensión, cuando ya los Tribunales, a pesar de la posición extraña en muchas ocasiones de la fiscalía, investigan dichos hechos y, curiosamente, alcanzan conclusiones bastante diferentes a las de las comisiones parlamentarias. Y si no están en estas discusiones bizantinas lo están con discursos muy contrarios a sus programas de campaña, donde se separan las líneas rojas de cualquier otra cuestión en la que les sea interesante o conveniente unirse con quien defiende dichas líneas rojas.

Incluso, cuando al buscar soluciones, tanto a la evolución de contagios de la pandemia como a la económica derivada de la misma, casi siempre nos encontramos con propuestas ínfimas o extravagantes para la envergadura del problema, procurando con dicha propuesta ser aún más imaginativo y demagogo que su oponente.

Lo cierto y verdad es que, desde hace mucho tiempo, acrecentado desde marzo, no veo ninguna propuesta, del signo que sea, que realmente suponga un golpe de timón en la evolución decadente de nuestro país, que cada vez más somos los primeros en tristes records.

La sensación final que queda es que, desde los partidos políticos, las soluciones a los problemas reales de los ciudadanos no es lo realmente importante, sino el resultado electoral de dichas decisiones: cuantos votos más obtendré con esta propuesta o con esta oposición, y con ello, cuantos sueldos, propios y de asesores, caen dentro de los compromisos de cada partido. Verdaderamente, por mucho que me duela, esto parece Juego de Tronos.

No obstante, por mi carácter optimista y sufridor atlético, cada mañana me levanto con la esperanza  de que la película termine y que lo haga en la misma forma que ocurre en el film, es decir, saliendo de la situación en que nos encontramos cuando los protagonistas abandonen el interés personal sobre todas las cosas y se transformen en el héroe para el que el bien de la comunidad siempre es lo principal y que se den las frases finales de Phil Connors (el protagonista encarnado por Bill Murray) de que “los días perfectos sí se pueden planear, lo que pasa es que lleva mucho trabajo” y de que “cualquier cosa diferente es buena, pero esta podría ser realmente buena”, porque se ha producido la transformación y comprendemos, todos, la gravedad de lo que estamos viviendo y volquemos todas nuestras fuerzas, como se hizo en la transición, para salir de aquí. Luego ya vendrán las elecciones.

Esperemos que no transcurra tanto tiempo como en la película en la que, según sus críticos, se tardó casi 34 años en darse cuenta de cual era el verdadero problema.

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