No son formas.

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Juan Rafael Toledano.

Esta semana hemos vivido un clima de enfrentamiento en el Congreso de los Diputados que no responde a lo que debe ser un debate parlamentario.

En un sistema parlamentario como el español, en el que la soberanía nacional reside en el pueblo, del que emanan los poderes del Estado, y donde encuentra su aspecto representativo en las Cortes Generales, como proclama el artículo 66 de la Carta Magna, lo cierto es que es en este foro donde deben contraponerse las ideas, trasladarse las críticas y donde realizar las propuestas que cada grupo considere más conveniente para el bien de la nación. Pero no es menos cierto que ello debe hacerse, siempre, desde un espíritu constructivo y en la búsqueda del bien común; cada uno desde su posición ideológica, pero siempre en las misma dirección, siendo lo deseable el mayor consenso en todas las medidas que se adopten.

Pues bien, el ejemplo vivido en estos últimos días y, más concretamente, en esta última semana, ha sido todo lo contrario a lo que debe ser un debate parlamentario. Una cosa es la ironía en la crítica, una discusión más desabrida o una discrepancia más profunda, y otra, bien distinta, es la provocación y el insulto.

En esto último de la provocación y el insulto Pablo Iglesias es un maestro, y yo creo que lo es porque lo lleva en los genes de su ideología y de su vida. Pablo Iglesias representa una ideológica que encuentra sus raíces en el más rancio marxismo-leninismo, y en el más moderno populismo venezolano y peronismo argentino. Por ello se encuentra como pez en el agua en la pelea callejera, en las manifestaciones y revueltas, donde, con una demagogia sin límites, busca la revolución mediante el enfrentamiento, como en diversas ocasiones ha manifestado de que ha de acabarse con el régimen que los españoles nos dimos en 1978.

Los españoles pactamos unas reglas, de una forma ejemplar para el mundo, que son tan perfectas que hasta prevén que se pueden modificar, pero para ello estableció un procedimiento y, quien no este de acuerdo con ellas o con algunas de ellas, ese es el camino que ha de seguir y no el del enfrentamiento entre los españoles para derrocar el régimen que nos hemos dado.

Por ello, propongo, que en el futuro, no se entre en ese debate del “tu más” o del insulto o la provocación, porque es seguir el juego a quien lo que quiere es ese enfrentamiento para acabar con el sistema actual, y así cuando desde uno u otro lado se pretenda ese enfrentamiento, que lógicamente ha de recibir respuesta, no se haga con una escalada en la violencia verbal (que acaba en la física como ya hemos visto en algunos parlamentos con “puños fuera”) sino con una respuesta desactivadora de la provocación, negándose a entrar en ese debate o con la respuesta de la frase que termina en cinco … (ya saben). Una buena rima de animus iocandi, que desarticule la propuesta a la pelea barriobajera.

Pero de otro lado, también se debe aprender a debatir, como he expresado anteriormente, para buscar el consenso y el bien común, evitando, en todo lo posible el enfrentamiento y la imposición.

No es dable pedir sumisión a las propuestas de un gobierno, ni aún en los supuestos de mayoría absoluta, pues no se puede olvidar que se gobierna para todos los españoles y no sólo para los que te han votado. Cierto es que quien gana unas elecciones debe buscar el desarrollo del programa electoral prometido, pero ello no se puede hacer mediante la imposición y en contra de todo aquél que no te ha votado.

En la actualidad nos encontramos con un gobierno que desprecia a la oposición, que no la escucha y que la insulta, para luego pedirle unidad y apoyo.

Pedro Sánchez no debería olvidar que gobierna junto a (o a las ordenes de) Pablo Iglesias con un apoyo social en las urnas de 9.850.168 votos y que la oposición que desprecia (e insulta), del Partido Popular y Vox, representan al voto de 8.659.932 ciudadanos, que si también contamos con Ciudadanos, al que igualmente han despreciado en más de una ocasión, serían 10.297.472 españoles. Es decir, no se puede gobernar de espalda al 42,70% de los votantes, cuando el gobierno lo que representa es el 40,84% de los mismos (todos los datos son tomados de los resultados electores publicados por el INE).

Y, por último, los parlamentarios, los legítimos representantes de quienes les han votado, no deberían de olvidarse de que representan a éstos, a quienes les han otorgado el mandato, y no al jefe de su grupo político, y que su obligación es defender los intereses de los ciudadanos de los territorios donde han sido elegidos.

Por eso hecho mucho de menos la defensa de los intereses andaluces de los 25 diputados del PSOE de Andalucía en el Congreso, cuando siendo la Comunidad Autónoma con menos casos diagnósticos de Covid por 100.000 habitantes en los últimos 14 días (1,63) y la segunda en los últimos 7 días (0,65), no se manifiesten o exijan al gobierno central, al menos, un trato igual al que el éste da a otras Comunidades Autónomas, por sus pactos con los partidos nacionalistas de las que salen muy beneficiadas, como son el País Vasco, con 6,25 casos por cada 100.000 habitantes en los últimos 14 días y de 1,99 en los últimos 7, o de 39,74 y 16,04, respectivamente, en Cataluña (datos tomados del informe 121 de 30.05.2020 de Ministerio de Sanidad).

Al final, con todo lo que está pasando, parece evidente que para los diputados es más importante defender al jefe y su puesto que los intereses de los ciudadanos que les han elegido. Que pena que luego la memoria sea tan corta.

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