El Día del Maestro. Recordando una buena tradición.


Al finalizar noviembre, hace ya unos años, se celebraba en los colegios el “Día del Maestro”. En mi colegio, concretamente, era un día no lectivo a todos los efectos porque mi colegio, como tantos otros, es un colegio integrado, esto es, que tiene Infantil, Primaria, Secundaria y Bachillerato. En otros centros educativos, los que sólo poseen Secundaria y Bachillerato o Formación Profesional, se celebraba otra festividad a final de enero. Exacta y respectivamente,  Santo Tomás de Aquino, doctor de la Iglesia y patrón de las enseñanzas de Secundaria, y San Juan Bosco, fundador de los Salesianos y en aquel momento, patrón de la Formación Profesional.

Esta magnífica tradición, que muchos nostálgicos conservamos, se quitó en nuestra Comunidad Autónoma -en las demás se mantiene- en favor del llamado “Día de la Educación”, que gira en torno al puente de Andalucía, es decir, el 28 de febrero. Esto ha provocado que tengamos un gran puente de vacación, pero la festividad del día y su significado se han ido diluyendo como un azucarillo en el café: tanto la festividad de la educación, que pretendieron secularizar al colocar la fecha junto a la del Día de Andalucía; como la de San José de Calasanz (27 de noviembre); al igual que otras fechas como Santo Tomás de Aquino (28 de enero) o San Juan Bosco (31 de enero). El cambio de fecha nos alegró unas vacaciones, pero nos quitó méritos y deshizo el papel resaltado de la festividad del Maestro como tal.

En época romana, la educación en la primera infancia estaba en manos de la madre de la familia, a ella correspondía enseñar a los hijos los primeros pasos en todo. Sin embargo, cuando había que enseñar más allá de la intimidad de la familia y quizá las primeras letras, los romanos acudían a un esclavo, el tutor. Su tarea era tan importante que era “magister”, frente al “minister”, que se ocupaba de tareas de menor importancia.Eran especialmente considerados los esclavos griegos porque, además de enseñarles a los niños las dificultades del latín (que en su caso eran menores porque lo hablaban), les enseñaban -como ahora la enseñanza bilingüe- el griego clásico, un idioma que se hablaba al Este del Mediterráneo y que se consideraba el principal idioma cultural. De “magister” viene la palabra maestro. Aquella persona que educa, que enseña y que por tanto realiza una tarea muy importante para la sociedad.

José de Calasanz nació en un pequeño pueblo de Huesca (Peralta de la Sal) en 1556 o 1557, se decidió a ser sacerdote siendo muy pequeño, a la edad de 14 años, pero, aunque su padre no estaba muy de acuerdo, se ordenó en 1583, a los 25 años aproximadamente.Se marchó a Roma y estando allí, el Tíber se desbordó, provocando una verdadera desgracia. Como es tradicional, la desgracia fue más grande para los pobres que para los ricos y, especialmente, fue una gran desgracia para los niños y niñas romanos. José de Calasanz trabajó cuanto pudo por la gente y para mitigar sus desdichas, pero se quedó impactado, en su fe y en su alma, al ver tantos niños sin escuela y sin formación por falta de medios económicos. Ni corto ni perezoso, fundó la  primera escuela gratuita de Europa, es decir, del mundo y la llamó “Escuela Pía”, seguro que el nombre nos suena a todos. Hizo sus pinitos en cuestiones pedagógicas, muchas de las cuales se encuentran aún por las escuelas del mundo, como el aprendizaje silábico de la lectura o incluso la denominación de los nueve cursos de enseñanza de mayor a menor (costumbre que aún permanece, de forma distinta, en la escuela francesa).

Los fundadores y fundadoras de órdenes religiosas dedicadas a la enseñanza tienen una gran similitud en sus orígenes: siempre hay un niño, una niña o un joven que, debido a su pobreza -económica o cultural- conmueve a los santos. En el caso de José de Calasanz, los niños de las inundaciones del Tíber; en el caso de San Marcelino Champagnat, fundador de los Hermanos Maristas, la experiencia de ver a un joven que no tenía cultura ni conocía a Dios muriéndose entre sus manos; en el caso de San Juan Bosco, los niños de la calle de Turín, con los que formó su primer oratorio.

No fueron los políticos de la Revolución Francesa, ni los de ninguna revolución, los que crearon las primeras escuelas y se dieron cuenta de la importancia de que la educación llegara a todas las personas y a todos los grupos sociales. No fueron los marxistas ni los grandes revolucionarios los que hicieron extensiva la educación gratuita e igual para todos. Fue la Iglesia y los religiosos y religiosas de las diferentes órdenes y carismas.

Ahora podemos disfrazar esto con días de la educación cercanos a vacaciones totalmente seculares, pero la realidad es que la educación pública (entendida como servicio a todos), gratuita, es obra de la Iglesia y de gente como José de Calasanz que, de forma altruista y sin esperar recompensas, fundó una obra que aún perdura. Los maestros debemos reconocerlo, y así lo hacíamos mientras nos lo permitieron. Ahora nos enviamos mensajes por las redes sociales dando cuenta de la importante y poco reconocida tarea de la educación de los niños y niñas.

Los Consejeros y Consejeras de Educación de nuestra Andalucía están muy satisfechos porque, además de diluir la educación entre las vacaciones, han secularizado una fecha que recordaba cómo hombres y mujeres de bien dieron su vida por los demás sin esperar nada a cambio. Y además empujaron para crear la profesión más hermosa e importante del mundo: ser Maestro.

Muchas felicidades a todas las maestras y a todos los maestros del mundo.