El grupo Cántico fue mi eslabón perdido


Estaba corroborando que existe una vida mucho más completa, real y humana detrás del falso (y vanidoso) espejo de la razón

Cántico Ricardo Molina, Miguel del Moral, Pablo García Baena, José de Miguel y Juan Bernier. cultura
Ricardo Molina, Miguel del Moral, Pablo García Baena, José de Miguel y Juan Bernier. /Foto: LVC
Cántico Ricardo Molina, Miguel del Moral, Pablo García Baena, José de Miguel y Juan Bernier. cultura
Ricardo Molina, Miguel del Moral, Pablo García Baena, José de Miguel y Juan Bernier. /Foto: LVC

Uno debe admitir tanto sus limitaciones como sus errores. Y en ambas admisiones puedo incluir mi historia primero infravalorando y luego descubriendo al grupo Cántico.

Para empezar, confieso que mis limitaciones intelectuales me impiden entender (y, por tanto, valorar) la mayor parte de lo que se llama arte contemporáneo. Lo he intentado (recordemos que soy licenciado en Historia del Arte), pero no hay manera. Y prefiero aceptar que no lo comprendo a fingir que sí, como veo hacer a mucha gente.

En segundo lugar, debo reconocer mi error: siempre obvié a Cántico. Siempre pensé que eran más de lo mismo. Arte que no me iba a «decir» nada porque no lo iba a entender. Por eso nunca les di una oportunidad. No investigué sobre ellos, metiéndolos en el saco de lo para mí incomprensible, inaccesible, inalcanzable. O, peor aún, quizá los metí en el saco de esa modernidad autocomplaciente de Córdoba que vive en la zona de confort de la subvención y la intrascendencia.

Pero siempre tengo la suerte de que los amigos me rescatan de mis zozobras.

En este caso, fue Manuel Portillo Fabra, a su vez amigo personal de varios de los miembros del grupo, quien, intuyendo mi error, me ayudó a salir de él como lo hace un buen maestro: no señalándolo ni explicándomelo, sino abriéndome el camino para que lo viera por mí mismo. Y lo hizo mediante dos visitas que organizó a modo de excursión.

La primera, que realizamos sin salir de Córdoba, tuvo lugar hace unos años, cuando me llevó a conocer la casa del pintor Miguel del Moral, en la ahora plaza del mismo nombre, acompañados por un familiar del artista.

Nada más entrar, tuve la sensación de ingresar en otro mundo, y no solo físico. Era como si, luego de atravesar la puerta de acceso, hubiera superado también un segundo umbral. Un umbral inmaterial que daba paso a otra dimensión. A un espacio secreto y mágico donde reinaba la sensibilidad. Allí estaban el rincón en el que Miguel ponía el Belén, los inmensos ventanales para inundar de luz el estudio, el sillón donde se sentaba Pablo García Baena, la cadenita con la que el anfitrión abría la puerta desde el piso de arriba, o el archifamoso balcón. Y muchos de sus cuadros, claro.

Aquella visita fue para mí el descubrimiento de que existe una contemporaneidad artística que sí rebosa sentimiento, fantasía, emoción, y que no necesita una larga explicación o reflexión para conmover al espectador. Y que resulta moderna sin perder de vista la tradición. Porque, como decía Valle-Inclán o como nos demostró Lola Flores, esa mezcla es la fórmula de lo eterno.

Salí de allí no solo eternamente agradecido a Manolo, sino reconciliado de alguna forma con Córdoba, o al menos con su arte de los últimos ochenta años. Y acordándome de una amiga que dice que en la Casa Azul parece que siempre es verano. Es cierto. Del mismo modo, sentí que en la casa de Miguel del Moral siempre es Navidad.

Pero, aunque aquel rato fue suficiente para disparar mi curiosidad por Cántico, Manolo no había terminado conmigo. En fechas más recientes, me ofreció acompañarle a visitar en Madrid a Ginés Liébana, el único miembro del grupo que aún vive, y que ya había cumplido ciento un años.

No procede aquí describir el maravilloso piso de Ginés, ni reproducir la conversación de algo más de una hora que tanto disfruté. Y ni siquiera tengo espacio en estas líneas para destacar todas sus inteligentes observaciones. Pero debo destacar que la mejor de ellas tuvo lugar a raíz de que le obsequiase con mi libro sobre Julio Romero de Torres.

Él recordó que había contemplado el cortejo fúnebre del autor de «La chiquita piconera» en la primavera de 1930, e intentaba transmitirnos el sabor y los matices del multitudinario evento. Entonces le consultamos acerca del recorrido de la comitiva, pues nunca hemos sabido con precisión cuál fue. Ginés salió en ese momento de su ensoñación para respondernos, levemente indignado: «¡Qué manía con saber!».

Como si fuera el golpe que tumba la primera ficha de dominó de la fila, esa respuesta puso en orden, una tras otra, todas mis sensaciones. La creatividad, la fantasía, la pasión, las emociones o las creencias religiosas han sido barridos por un tsunami de racionalismo y de datos tan infinitos como casi siempre inútiles. Ello, sin duda, ha resultado positivo en los ámbitos que pertenecen al plano de la razón. Pero en los demás (como, por ejemplo, en el arte) ha tenido un efecto negativo. Y tanto la magia de la casa de Miguel del Moral como la respuesta de Ginés demostraban que Cántico no había caído en la trampa.

Deduzco que no es casual que la mayoría de los miembros del grupo fuesen autodidactas, y quizá por este motivo no se contaminaron de los nuevos dogmas racionalistas y materialistas. Cultivaron la sensibilidad, respetaron la tradición e intuyo que creían en la vinculación de la creatividad con la trascendencia. Y no tuvieron la necesidad de recurrir, que yo sepa, a numeritos politizados para llamar la atención sobre su obra, pues esta ya hablaba por sí misma.

En una línea similar, cuando la conversación avanzaba y Ginés loaba a Luis Miguel Dominguín, con el que había tenido una relación muy cercana, Manolo le preguntó si el diestro madrileño era culto, a lo que Ginés respondió, escueto y tajante: «Era sensible».

Mi interior burbujeaba como si hubiese hallado inesperadamente un tesoro que llevaba décadas buscando. No solo estaba descubriendo a Cántico. Estaba corroborando que existe una vida mucho más completa, real y humana detrás del falso (y vanidoso) espejo de la razón. Una vida que había intuido pero creía imposible de encontrar.

Por eso, cuando volví a Córdoba tuve la sensación de que volvía a otra Córdoba. O, al menos, a una Córdoba en la que deben de estar, en algún sitio, las puertas a dimensiones como las de Cántico. Puertas como la casa de Miguel del Moral.

Y de vez en cuando me reprocho a mí mismo que, a pesar de la revelación de Cántico en dos episodios gracias a Manolo, todavía sé muy poco de este grupo de artistas. En resumen, que sigo siendo injusto con ellos (ahora, quizá más). Pero entonces me acuerdo de Ginés, sonrío, y le quito importancia a mi desconocimiento apostillando, esta vez yo: «¡Qué manía con saber!».