Mercado Victoria: más allá de la mente


Una de las casetas más destacadas que luego se realizarían allí sería la del Real Círculo de la Amistad

victoria
Caseta del Círculo de la Amistad. /Foto:LVC

Cuenta la leyenda (urbana) que hubo quien, por aquello de la Ley de Memoria Histórica, quiso cambiar el nombre del Paseo de la Victoria y sus Jardines, argumentando que hacía referencia a algún éxito bélico. Mi amigo Jesús Cabrera me confirmaba, hace no mucho tiempo, que, como en tantas leyendas, los hechos son reales, pero habían sido desplazados en el tiempo: el intento habría tenido lugar durante la alcaldía de Julio Anguita.

Lo que sí es cierto, e incluso en Wikipedia aparece, es que la Alameda del Campo de la Victoria debió su nombre ya en el siglo XVIII al convento de Nuestra Señora de la Victoria, que existió en ese lugar hasta mitad de la centuria siguiente.

Encontré la quizá más curiosa referencia a dicho convento en una versión de la leyenda conocida como «El pozo de las vírgenes». El texto en cuestión, publicado en 1869, comienza situándose en «uno de los últimos días de mayo de 1867», cuando «la piqueta del ornato, con pretexto de ampliar el real de la feria, se ocupaba en acabar de destruir el edificio que fue convento de la Victoria». A continuación salta atrás en el tiempo para retrotraerse a los supuestos hechos, en época de Almanzor, ambientando el relato en un edificio previo al mencionado convento, que Ambrosio de Morales habría identificado con el monasterio de Cuteclara.

Efectivamente, el derribo total y definitivo del convento de Nuestra Señora de la Victoria estuvo motivado por la ampliación del antiguo recinto ferial. Y una de las casetas más destacadas que luego se realizarían allí sería la del Real Círculo de la Amistad. Como recordaba en un artículo publicado en la revista de la propia entidad su actual Jefe de Cultura, Roberto Carlos Roldán Velasco, durante varios años utilizaron una «tienda de feria» portátil, que ya debió de ser impresionante. Pero en 1877 encargaron la definitiva, cuya estructura fue llevada a cabo en Sevilla, destacando la prensa hispalense aquella «magnífica tienda de hierro» que costó nada menos que 400.000 reales.

Más de un siglo después, en 1994, la feria de Nuestra Señora de la Salud se trasladó al nuevo recinto ferial de El Arenal. Sin embargo, el hermoso armazón de la que fuera caseta de «el Círculo» pasó poco tiempo en el olvido, pues en 2013 se transformaría en el que se hoy erige como protagonista indiscutible de los Jardines de la Victoria tras los grandes tiempos del antiguo Hotel Meliá: el polifacético Mercado Victoria.

En «el Mercado» he vivido un sinfín de episodios. Desde presentar mis primeros eventos dedicados a Julio Romero de Torres (en 2014) hasta la celebración de mi cuarenta cumpleaños (en 2021), pasando por la gestión de un puesto de información turística (en 2015). Ello hace que, de alguna forma, lo considere mi casa. Una casa que es un microcosmos gastronómico con ubicación inmejorable, donde hay de todo y donde pasa de todo.

Recuerdo la tarde de un 23 de junio (es decir, horas antes de una noche de San Juan) en la que tuve el placer de poder charlar con un conocido mentalista español. Se encontraba en el Mercado junto a su simpatiquísima pareja y a una amiga de ambos que, si no me falla la memoria, era cordobesa y ejercía como anfitriona. La escena era completada por un «fan» que, deseoso de que los foráneos conocieran nuestras delicias gastronómicas, insistía en que debían probar el jamón ibérico de Los Pedroches y, generosamente, pidió un plato en el puesto correspondiente. 

Cuando trajo la vianda, mientras yo departía con el mentalista, escuché cómo la anfitriona cordobesa explicaba que, si el jamón era realmente bueno, debía estar adherido al plato. Ni corta ni perezosa, lo cogió (el plato) y lo giró ciento ochenta grados, poniéndolo boca abajo. La calidad del maravilloso ibérico de Los Pedroches y sus intrínsecas capacidades pegajosas no soportaron la suma de la brusca inversión total y la fuerza de la gravedad, de forma que todas las láminas recién cortadas (y recién pagadas por el admirador) se cayeron al suelo.

No encuentro palabras para describir la cara que puso el patrocinador del manjar. La autoerigida evaluadora, consciente de su desatino, empezó a recogerlo rápidamente del suelo y a llevarse a la boca sin escrúpulos algunas lonjas para demostrar que, a pesar del incidente, seguía siendo comestible.

La pareja del mentalista se tapaba los ojos con una mano, sin saber si reír o llorar. Él y yo, que nos habíamos quedado callados ante el episodio, nos miramos muy serios durante unos instantes. Entonces le dije: «Se nota que hoy estás de descanso, porque eso no lo habías visto venir». Seguimos en silencio otro par de segundos. E inevitablemente nos partimos de risa.