Julio Romero de Torres no morirá tres veces

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Quizá eso que le falta a su legado sea la divulgación al gran público para que este lo conozca, interprete y valore

Yo era todavía un adolescente cuando David Corral, por entonces director de la famosa revista GEO, me insistía en que, me dedicara a lo que me dedicara profesionalmente, nunca dejase de escribir. Siempre he tenido presente aquel consejo, que es en gran parte el culpable de estos PaTEOs, mezcla de inquietudes, anécdotas, experiencia profesional y cultura cordobesa de la que resulta una especie de literatura de viajes centrada en mi propia ciudad. Y, aunque no puedo gestarlos con la frecuencia que desearía, me mantienen atado a la escritura como esas correas extensibles de los perros o el sedal que el pescador “da” al pez para cansarlo: me permiten alejarme de ella, pero no demasiado.

Recibí la sugerencia durante mi primer curso en la carrera de Historia del Arte. Poco después empecé a encontrarme con el legado de mi paisano Julio Romero de Torres por todas partes. Especialmente fuera de Córdoba, como en el Museo Reina Sofía de Madrid, en el Nacional de Arte de Cataluña, en la estética del renacimiento italiano durante mi beca Erasmus en Roma o en la poesía de Lorca y el simbolismo de José María Rodríguez Acosta en Granada.

Pero, como suele ocurrir, estaba viendo (o, al menos, valorando) con más claridad lo que tenía lejos que lo cercano. Porque Julio siempre había estado ahí.  Estaba cuando cantábamos “soy cordobés, de la tierra de Julio Romero, pintor de La Musa gitana…” en los partidos del Córdoba. O en la calle en la que me crié, Julio Pellicer, a la que da nombre un escritor que fue amigo y cuñado del pintor, quien casó con su hermana Francisca Pellicer.

O, sobre todo, en las fechas de nacimiento y los nombres: Nací un 10 de noviembre. Julio Romero de Torres lo hizo un 9 de noviembre. Lo curioso es que el 9 de noviembre (o sea, el día de antes de mi cumpleaños) es… mi onomástica: San Teodoro. Por tanto, Julio nació el día de San Teodoro; y por eso su nombre de bautismo completo fue Julio Manuel Antonio Rafael Teodoro de la Santísima Trinidad.  Pero no crean que queda ahí la cosa. Si consideran que lo del nombre no debe de tenerse muy en cuenta pues se debe, como he dicho, al santoral, añado otro detalle: El cura que lo bautizó… también se llamaba Teodoro.

Más adelante, en torno a esa fecha de su nacimiento y ya en un contexto profesional, impulsé desde Érase una vez Córdoba “el mes de Julio Romero de Torres” durante cinco años (de 2014 a 2018). Fui responsable de la semilla del proyecto, pero la envergadura del mismo se disparó sin yo haberlo pretendido, ni siquiera soñado, y ello me ayudó a sumergirme por completo en el universo del artista.

Tanto mi continuidad escribiendo como ese destino que me aproximaba de múltiples formas a Romero de Torres cristalizaron mágicamente el pasado verano al encontrarme por la calle a dos editores de Almuzara. Apenas cruzamos un par de frases y uno de ellos me preguntó: “¿Cuándo nos vas a escribir algo?”. Tras algún intercambio de impresiones, me propusieron un libro sobre Julio, aprovechando que además en 2020 se cumplía el noventa aniversario de su fallecimiento.

Aunque esa fecha del fallecimiento es relativa, pues siempre digo que no murió una vez, sino dos; muertes ambas ocurridas en la vivienda familiar de Plaza del Potro en la que había nacido y crecido. La primera, personal, tuvo lugar el 10 de mayo de 1930, y estuvo seguida de la donación de las obras que serían la matriz del Museo Julio Romero de Torres. La segunda, simbólica, en 1991, cuando finalizó su estirpe: falleció María, su hija menor, último miembro del clan y último habitante de la casa, lo que dio lugar a que el archivo familiar, así como varias obras de arte, pasaran a la Junta de Andalucía (concretamente, al Museo de Bellas Artes).

Sendas entidades continúan poniendo en valor el legado que gestionan. El Ayuntamiento de Córdoba, por ejemplo, con la reforma del Museo Julio Romero de Torres llevada a cabo hace casi una década. O la Junta de Andalucía con diversas exposiciones en el Museo de Bellas Artes, como la de 1994 (no es reciente, pero sí quizá la más significativa) en la que se mostraban las obras que habían estado hasta poco antes en manos de la mencionada María Romero de Torres Pellicer. También ha habido grandes muestras fuera de la ciudad, destacando la del Museo Carmen Thyssen Málaga en el año 2013.

No obstante, en la eterna espera de que algún día las diferentes administraciones públicas cordobesas (incluyendo a Diputación) articulen ese patrimonio julioromeriano otorgándole una nueva dimensión y se materialice, por ejemplo, el viejo proyecto de que la casa familiar sea visitable, la mayoría de los cordobeses tienen la sensación de que falta algo. Contemplan cómo Julio Romero se va diluyendo con la lentitud e imperceptibilidad con la que se desvanecen los recuerdos. Creemos que sigue ahí porque no se mueve, pero lo inmóvil no es eterno: lo inmóvil se convierte en polvo.

Quizá eso que le falta a su legado (y que podemos relacionar con el éxito del lustro de actividades otoñales que tuve el honor de coordinar) sea la divulgación al gran público para que este lo conozca, interprete y valore. Y de esa forma lo recupere y reivindique espontáneamente. Es ahí donde puede poner su grano de arena el libro, que verá la luz este año.

Sin embargo, la obra no es sólo mía. Henry Ford decía que alguien tiene que poner el nombre en el letrero y tomar las decisiones últimas, pero todo el proceso es un trabajo conjunto. Efectivamente, el libro es el resultado de la suma de dos factores. Uno, el esfuerzo sostenido en el tiempo de muchos grandes conocedores de diferentes enfoques del pintor (su vida, su obra, su familia, la Plaza del Potro o la Córdoba de su tiempo) de los que he bebido, pues la mayoría de ellos ha colaborado conmigo en esos eventos. Otro, mi experiencia difundiendo el patrimonio histórico artístico cordobés (y, especialmente, el vinculado a Julio), aderezada con algo del toque personal de estos PaTEOs.

Dicho de otra forma: Almuzara ha sido el impulsor. Quien esto escribe, el aglutinador y espero que digno catalizador. Pero el resultado es una obra de ciudad. Ojalá con ella y con otros elementos, juntos, como debemos remar en Córdoba, sumemos esfuerzos. Para que Julio Romero de Torres, el artista más universal que ha dado nuestra ciudad, llegue otra vez a todo el mundo. Para que no lo valoren más los de fuera que los de aquí. Para que no tengamos que irnos lejos a buscarlo. Para que mi medio tocayo Julio Manuel Antonio Rafael Teodoro de la Santísima Trinidad no muera, noventa años después, por tercera vez. 

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