Cines de verano y Manuel Ruiz de Lopera


“El ‘tempo’ de Leone no es para ser visto en la pantalla de un ordenador portátil”, me decía Martín Cañuelo, responsable de los cines de verano del casco antiguo de Córdoba. Mientras, sus ojos brillaban con la misma ilusión infantil que los de Totó, el personaje protagonista de Cinema Paradiso, aunque dejando entrever cierta desazón por las nuevas formas de consumir el séptimo arte.

La conversación había comenzado al recordarle el nombre de mi empresa cultural: Érase una vez Córdoba. Como quizá le sea obligado y sin duda inevitable, él la desvió hacia el cine, mencionando la mítica (y larguísima) “Érase una vez en América”, de Sergio Leone.

Conocí a Martín hace varios años porque impulsé una página de Facebook sobre los cines de verano cordobeses, creyendo que cada uno tenía una gerencia diferente. Luego supe que él aglutinaba todos los de la zona de la Axerquía y la eliminé, pero gracias a ese episodio hice amistad con algunos de sus trabajadores y descubrí diversas curiosidades de estos mágicos lugares.

Por ejemplo, tuve la ocasión de charlar con uno de los habitantes del Coliseo San Andrés, que se considera el cine en activo más antiguo de la ciudad y que sigue teniendo viviendas a las que solamente se puede acceder a través del recinto.

Este señor recordaba cómo, antaño, el escenario que hay a la derecha de la pantalla tenía un uso enfocado al flamenco. Por ejemplo, me contó que se celebraban espectáculos los días de Santiago y Santa Ana. Y que, además, se utilizó para el famoso concurso radiofónico “Conozca usted a sus vecinos” bajo la batuta de Rafael Santiesteban y Pepe da Rosa. Las actividades, aseguraba, se compaginaban con las proyecciones, “simplemente orientando las sillas hacia la pantalla o el escenario”.

A fin de cuentas, hubo una época en la que todo espacio al aire libre era bueno para ser convertido en cine de verano, como todavía nos recuerda el de la actual plaza de toros. Con ese fin también se aprovecharon los desaparecidos Coso de los Tejares y viejo estadio de El Arcángel. Ricardo Molina escribía en 1959 que en Córdoba había “cerca de una treintena de cines de verano”, número que, si nos extendemos en el tiempo , sería mucho mayor.

Pero lo que más me llama la atención de los antiguos recintos de proyección estivales (como también ocurría con los teatros o los cines “cubiertos”) es la solemnidad y grandilocuencia de muchos de sus nombres: Astoria, Olimpia, Ideal Cinema, Florida, Imperial, Coliseo San Andrés o Goya. Aunque había otros que sonaban a todo lo contrario, como el Rinconcito, que se encontraba donde el posterior cine Isabel la Católica.

Llamados de una forma u otra, no cabe duda de que en ellos habita la atemporalidad y al acceder hay que fijarse en la ropa de la gente para saber en cuál de las últimas décadas nos encontramos. Atemporalidad a la que se añaden unas gotas de nostalgia. Quizá se trate de la nostalgia inherente a toda noche de verano y la fugacidad del mismo. O de la misma nostalgia con la que Martín Cañuelo me hablaba de Sergio Leone y otros tiempos.

Esa eternidad melancólica es la causa, supongo, de que siempre haya querido que, cuando muera, mis cenizas se depositen o esparzan en un cine de verano. Así podré disfrutar para siempre de una mágica noche de verano cordobesa.

Sería como aquel aficionado del Betis cuyas cenizas su hijo llevaba al estadio a “ver” los partidos metidas en un tetra brik (porque no le dejaban introducir en el graderío un bote de cristal). Seguro que ha habido más casos así, pero este se hizo famoso porque el entonces presidente verdiblanco, Manuel Ruiz de Lopera, contaba la anécdota como si él fuese quien había aconsejado al devoto vástago el tipo de envase a utilizar. Sin embargo, yo juraría haber descubierto el episodio sin Lopera por medio en ‘El día después’, aquel programa de los lunes por la noche en Canal Plus que tuvo la habilidad de interesar incluso a los no aficionados al fútbol.

Sea como fuere, a los que sigáis vivos cuando yo falte, os pido que continuéis yendo a los cines de verano y consumáis en el ambigú, pues es el ingreso que más favorece el mantenimiento de los mismos y el de los puestos de trabajo que generan. Comprad vuestra comida y bebida allí, mejor que llevarla de la calle. Y, sobre todo, no se os ocurra ser pícaros y coger disimuladamente la de la silla de al lado. Especialmente, si es un tetra brik. Porque podría estar yo dentro.

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