Il Palazzo di Viana


Hay lugares de Córdoba que me gustaría congelar en el tiempo para volver a disfrutar cuando se me antoje de las sensaciones que provocan en mí. Una de ellas es cierta melancolía anticipada, como si esos sitios ya no existieran. Lo explicaba Antonio Gala: “la poesía es la nostalgia de lo que todavía se tiene”.

Me siento así, por ejemplo, cuando llego al patio de San Basilio 44 (al que dediqué otro PaTEO) durante los días del Festival de mayo. Lo hago un rato antes de abrir al público, para “darle un repaso” al recinto y comprobar si todo está en orden. Durante esos minutos, sólo me acompañan allí la suave luz de la mañana, el silencio y el olor de las flores.  

También me ocurre, por supuesto, con nuestros maravillosos cines de verano. Su encanto, su frescor, su autenticidad y su evidente regusto a Cinema Paradiso (su magia absoluta, en resumen) hacen que quiera quedarme a vivir para siempre en una velada de albero, ambigú y sillas de plástico.

Quizá el lugar menos conocido de los que me provoca esa sensación sea la Sala Tesoros Cajasur del Palacio de Viana. Se trata de un coqueto y reciente espacio en el que se encuentran diversas joyas pictóricas, como cuatro lienzos de Julio Romero de Torres (entre ellos, “La Saeta” y “Amor sagrado, amor profano”), dos de Valdés Leal y uno de Lucas Jordán.

He tenido la suerte de disfrutarla a menudo (incluso a solas), estudiarla, olerla  y vivirla. Siempre con el fin de explicarla a los visitantes, lo cual ha sido un privilegio. Ello ha ocurrido dentro de las actividades de “El mes de Julio Romero” que impulso y coordino todos los noviembres desde 2014. Y muy especialmente cuando conmemoramos el centenario de “La Saeta”, en 2017.

El nombre “Tesoros Cajasur” se debe a que es fruto del deseo de la entidad financiera de acercar al público diversas obras maestras que se encontraban en sus oficinas, pues  son cuadros que no corresponden (excepto uno, el de Lucas Jordán) a la colección histórica del palacio. Es decir, no estaban entre las piezas que la entonces Caja Provincial de Ahorros de Córdoba compró en 1980 junto al edificio a la III marquesa de Viana, Sofía Amelia de Lancaster y Bleck. Aquella transacción supuso una enorme alegría para la sociedad cordobesa, que se había movilizado intentando que la puesta en venta por parte de la marquesa no supusiera la salida de la ciudad de los bienes que se encontraban en el interior del inmueble.

Sin embargo, el episodio que más me llama la atención ocurrió cien años antes de este y supuso la creación del título que hoy le da nombre: en 1871,  Juan Bautista Cabrera y Bernuy, IX marqués de Villaseca, murió sin hijos. Su viuda no pudo heredar los titulos, pero sí todos los bienes (incluido el palacio), y casó en segundas nupcias con Teobaldo Saavedra y Cueto, hijo del duque de Rivas, que obtuvo el nuevo título de marqués de Viana. Este matrimonio tampoco tuvo descendencia y el heredero del flamante marquesado y las posesiones de ambos fue un sobrino… ¡de Teobaldo! Con lo que entró en escena, hace menos de siglo y medio, el “nombre” de Viana. Y en pocos años las pertenencias de los Cabrera se alejaron doblemente de su linaje para llegar a los Saavedra.

Volviendo a tiempos más recientes, hay que destacar que desde que es propiedad de Fundación Cajasur, “Viana” es un ejemplo de impecable gestión privada del Patrimonio histórico artístico. Y una joya que ha sabido modernizarse adecuadamente, sin perder la esencia, algo raro en una Córdoba tan dada a estropear su envidiable legado material con pegotes contemporáneos que necesitan parasitarlo porque no se justifican por sí mismos. Pero ese es otro tema. Y repito: Viana no ha caído en esa lacra, sino que ha hecho alarde de sensatez, buen gusto y coherencia estética.

Su gran handicap es, quizá, el mismo que los taurinos achacan a Finito de Córdoba: encontrarseen nuestra ciudad. En otras no muy distantes se valoraría mucho más. Y no quiero ni pensar cómo de famoso sería el palacio si se ubicase aún más lejos. Por ejemplo, en Italia. Me recuerda a cuando el expresidente del Real Madrid, Lorenzo Sanz, afirmaba que si Raúl González Blanco fuese brasileño (“si se llamase Raulinho”, decía) tendría un precio de mercado incalculable.

Pues igual: si se llamase Palazzo di Viana y estuviera en Florencia o Venecia habría aparecido en películas de James Bond y libros de Dan Brown. La Saeta y Amor sagrado, amor profanoserían comentadas en los cinco continentes. Y tendríamos en los rodajes a Tom Hanks o Daniel Craig alojándose cerquita, en el Hospes Palacio del Bailío. Comiendo flamenquín y salmorejo en Las Beatillas. O viéndose a sí mismos en la pantalla del cine Olimpia cualquier mágica noche cordobesa de verano.

 

1 Comentario

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here