Las viéjulas con escóbula del barrio de Santiágulo


Una grácil y coqueta hechicera desciende por las escaleras de un típico patio cordobés. En la parte inferior del mismo, una bruja ojerosa, también habitante de la casa de vecinos, le recrimina su retraso mientras prepara extrañas pócimas sobre una antigua mesa de madera.

Isabel Santofimia, Teo Fernández y Carmen Omayra.
Isabel Santofimia, Teo Fernández y Carmen Omayra. /Foto: LVC

La hechicera, a pesar de su demora, se detiene a olisquear las flores de las macetas que encuentra a su paso y, con tono burlón, critica a la bruja el pacto con el diablo que implica su condición nigromante. Esta le responde, ofendida e indignada, que las hechiceras “van de santitas” cuando en realidad embaucan por doquier, seducen a solteros y casados, propician infidelidades y remiendan virgos.

Las comunidades de vecinos nunca han sido fáciles de sobrellevar. 

Afortunadamente, la cosa queda ahí y no llega al pirotécnico fuego cruzado de maldiciones y hechizos digno de cualquier escuela de magia del cine actual. Terminados esos reproches mutuos se unen para, con música y danzas, iniciar el ritual de la noche de San Juan que incluirá a todos los que presencian la escena.

Así comenzaba Hechicería y astronomía en el barrio de las brujas, actividad con la que desde Érase una vez Córdoba celebramos el solsticio de verano del año 2014 en Casa de las Campanas, en pleno barrio de Santiago. Barrio que, según la Tradición, fue durante siglos morada de las brujas y hechiceras de la ciudad.

Las nuestras estuvieron interpretadas por Carmen Omayra Tobajas e Isabel Santofimia. La velada, amén de esta introducción teatralizada como recibimiento a los asistentes, incluyó un paseo guiado por los alrededores y una sesión de astronomía de la mano de Antonio Becerra (propietario del planetario móvil La Nave Tierra).

Según cuenta mi medio tocayo Teodomiro Ramírez de Arellano en Paseos por Córdoba, en Santiago se encontraba el llamado Panderete de las brujas, un pequeño recoveco urbanístico que debería su nombre a que en él vivían (o, al menos, se reunían) las mencionadas adoradoras de Satán.

En concreto, el autor hace referencia a un antiguo y maravilloso relato sobre unos jóvenes que habrían visitado, por compromiso, la casa de una de ellas en el mismísimo Panderete. También comenta las andanzas de Andrés Laguna, médico de Felipe II que afirmaba haber tratado con las hechiceras de este barrio llegando a conseguir una de sus pócimas.

Pero el escéptico Teodomiro no se limita a recordar leyenda y realidad pasadas, sino que cuenta en primera persona cómo acudió, junto a dos amigos, a comprobar los ardides de una supuesta adivina de la calle de los Tintes. Lo que demuestra que, con poderes mágicos o sin ellos, en Santiago vivieron durante varios siglos estas misteriosas mujeres (no me consta ningún acontecimiento histórico o tradicional con brujos masculinos en esta zona).

Antes he indicado que una parte de aquella actividad de 2014 consistió en un recorrido fuera del patio. Pues bien, el contenido que desempolvé para exponer en el mismo resultó tan denso e interesante que, pocas semanas después, estrenamos una ruta nocturna con el título Brujería y hechicería en Córdoba. Se trata de una actividad que organizamos esporádicamente y que, si bien no incluye actrices ni sesión astronómica, mantiene un guiño a aquel estreno: suele finalizar en Casa de las Campanas.

Cuento esto porque han sido varios los clientes de dicho tour que se habían criado en este barrio y nos han descubierto herencias recientes de las tradiciones mencionadas. Como sutiles guiños populares al relato de Panderete de las Brujas o la pervivencia de ciertas prácticas, cuando menos, curanderiles.

Por ejemplo, una asegura recordar cómo su abuela (habitante primero de Santiago y luego de una huerta en la zona de la Fuensanta) curaba culebrillas escribiendo sobre las mismas las palabras “Jesús, María y José” con una pluma de gallina. Un don que, añade, se heredaba “de primogénita en primogénita”.

Volviendo a los casos más alejados en el tiempo, habrá quien crea en las capacidades que se atribuían a estas mujeres. Y quien, como Ramírez de Arellano, piense que se trataba de meras embaucadoras. Quizá fueran víctimas de acusaciones sin base real. O caerían en la trampa de los poderes alucinógenos de sus propias pócimas. En mi opinión, lo más probable es que hubiera un poco de todo, predominando un factor u otro según la persona en concreto.

Pero también podemos quedarnos con la mágica (nunca mejor dicho) duda. Con lo innegable de la Tradición: en Córdoba, haberlas, húbolas. Y, tras leer estas líneas, ya sabéis qué responder cuando os pregunten “¿qué es una brújula?”: pues una viéjula montada en una escóbula… en nuestro maravilloso barrio de Santiágulo.

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