De burros, Vírgenes y el Colegio Cervantes


Hubo un tiempo en el que sobre la arena del terreno de juego disputábamos algo más que un marcador de goles. Resolvíamos asuntos de honor, como rencillas personales e intereses por las mismas chicas. Ocurría los sábados por la mañana en los tres campos de “fútbol 7” del Colegio Cervantes.
Aunque hoy el espacio ha sido reorganizado y esas pistas ya no existen, las actividades deportivas continúan siendo una de las cosas que muchas generaciones de alumnos mejor recordamos. Como la obligación de tener que cambiarnos de ropa para las clases de educación física. O los viajes fin de estudios a Italia con el hermano Juanjo. O las lecciones de dibujo de Pedro Cantueso.
Con don Pedro, todos tuvimos dimes y diretes con aquello de representar “la idea”. Y, en ocasiones, alguna lámina inocente salía malparada como daño colateral. Pero esta asignatura tuvo durante muchos años la peculiaridad añadida de impartirse en un aula bajo tierra. Nada que ver, por cierto, con la actual, luminosa y moderna.
Llevaba más de una década sin pisar Cervantes cuando, en la primavera de 2013, varios profesores acudieron a uno de los paseos que guío por las calles de Córdoba. Entre otros, mis antiguos tutores Antonio Pérez y Rafael García Porras o el propio Pedro Cantueso. Todos estaban igual que cuando fui su alumno, aunque con el pelo más blanco, como si les hubieran envejecido para una película.
Algunos apuntes históricos que me hicieron José Enrique Carretero (un icono del Colegio que no me había dado clase a mí) o el propio Rafael me vinieron muy bien. Pero fue especialmente interesante la conversación con Pedro a raíz de que les resumiera la leyenda de la Virgen de las Angustias, en aquel momento de renovada actualidad por el posible regreso de la imagen desde San Pablo a San Agustín.

Nuestra Señora de las Angustias. Cervantes
Nuestra Señora de las Angustias. /Foto: LVC

Mis dos grandes lagunas sobre cultura cordobesa son la cofrade y la floral. Esta última, a pesar de estar vinculado a los patios. Quizá se deba a que mi padre es ingeniero agrónomo. Supongo que por eso salí “de letras” y no tengo ni idea de plantas. Una vez, hasta se me secó un cactus. Y no es broma.
Pues la cosa es que, dentro de esa ignorancia cofrade, desconocía la tradicional vinculación de la familia Cantueso con la hermandad de Nuestra Señora de las Angustias. Vinculación que incluye la curiosidad de que varias generaciones consecutivas han tenido un sólo hijo (varón). Y, si bien en algún caso hubo más vástagos, estos no tuvieron desecendencia.
La leyenda que estuve comentando con Pedro es la que narra que el conjunto escultórico no habría sido un encargo materializado por el insigne Juan de Mesa, sino que tendría un origen más fabuloso: mientras los monjes dominicos del monasterio de San Pablo trabajaban en su huerto (es decir, probablemente en el actual Jardín-Huerto de Orive), apareció un asno con una gran caja de madera atada sobre el lomo. Temerosos de que el animal pisase los cultivos, lo espantaron, y el equino continuó su deambular, alcanzando San Agustín.
Allí los agustinos lo acogieron, le retiraron la carga, e iban a darle de comer y beber… pero se escapó. Al abrir la caja, los monjes encontraron dentro la preciosa talla. Los dominicos, al conocer la noticia, la reclamaron argumentando que la Providencia se la había enviado a ellos primero. La cosa terminó en un pleito en el que se resolvió que la imagen se quedaría en San Agustín; pero, si por algún motivo entraba en San Pablo, ya no saldría de allí.
Ese es el relato. Ahora, repasemos los acontecimientos (verdaderos) más recientes: A mitad del siglo XX, encontrándose en San Agustín los dominicos, la Virgen se trasladó… ¡a San Pablo! Por lo que, cuando hace varios años se planteaba el regreso de la misma a San Agustín, esta leyenda fue desempolvada por quienes preferían que permaneciera en Capitulares, agarrándose, claro, a la supuesta claúsula final.
A pesar de ello, en diciembre de 2013 se decidió el retorno a su templo original, que se materializó el 15 de marzo de 2014. En mi modesta y externa opinión, debe quedarse allí para siempre. Y no lo digo por tradición. Ni por amistad con los defensores de esa ubicación. Sino porque es donde fácilmente la encontrará aquel asustado borriquillo si algún día vuelve a buscarla.

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