Extrañas cuaresmas que vienen


Desde pequeños, desde la más tierna infancia, nuestros mayores nos enseñaron una serie de costumbres, de pautas, de normas y tradiciones que atesoradas en la memoria y en el corazón han hecho que la vida sea de una manera y no de otra. Efectivamente, la herencia cultural nos orienta por un camino que transitamos a veces en línea recta y, en otras ocasiones, pisando las cunetas o tomando atajos que nos ahorren alguna que otra curva.

La Semana Santa, en Córdoba, tiene su base formal en los ritos que anualmente practicamos, con unas características específicas que la distinguen de otras celebraciones y que la hacen única y, por ello, reconocible, perdurable en la memoria. Sin embargo, el paso de los años o, mejor dicho, de estos años, ha arrasado con una parte del carácter ceremonial del tiempo litúrgico en el que las cofradías salen a la calle a representar la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Así, vemos mudar en normal lo que debería ser excepción, de tal forma que se nos presentan por nuestras calles hermandades al completo que incluyen a penitentes vestidos con el hábito nazareno. Es decir, antes del Domingo de Ramos, antes de que Jesús llegue montado a lomos de un pollino a las puertas de Jerusalén y de que abramos las ventanas para dejar entrar esa luminosa luz inconfundible que nos transmuta en niños ilusionados, con los ojos más abiertos que nunca por los días que están por venir, algunas hermandades ya realizaron estación de penitencia en algo que, a imagen de Sevilla, se ha dado en llamar “vísperas”.

Al menos, este retorcimiento de la tradición cofrade se hace desde instituciones debidamente establecidas por la autoridad eclesiástica que en un futuro intentarán dar el salto a los días reales de la celebración pasionista. En cambio, ahora empezamos a ver que determinados grupos de cristianos, sin estar constituidos como hermandades, se lanzan a montar una estación de penitencia completa: Imágenes titulares, bandas, acólitos, costaleros y… ¡nazarenos! Tenemos a personas vistiendo el hábito penitencial  fuera del tiempo de Semana Santa y participando en una procesión sin ser tan siquiera hermandad, por lo que ni podremos llamarlos hermanos cofrades. ¿Cómo encaja esta situación en la tradición de la Semana Santa, en la historia de sus cofradías, en el tiempo litúrgico que se representa y en las costumbres que hemos heredado?

Por si fuera poco, ya hay asociaciones que no son de la Iglesia pero que también hacen sus procesiones cuaresmales. Grupos de aficionados a las manualidades que pasean una cruz acompañada de bandas, ciriales, acólitos, incienso, etcétera; o sea, con toda la parafernalia cofrade. ¿Se omite el hecho de pertenecer a la Iglesia? ¿Dónde queda la unción sagrada y el carisma eclesial de estas representaciones?

Cabría preguntarse si realmente necesitamos estas manifestaciones emuladoras de las cofradías y si no tergiversan el espíritu de la Semana Santa y de las hermandades, que son las verdaderas depositarias del legado devocional de los fieles. Cabría preguntarse si no estamos llegando a un grado de trivialidad tal que convertimos la conmemoración de la pasión de Jesús en una fiesta más sin sentido alguno, en la que cabe aquello de desearse “feliz Cuaresma” el Miércoles de Ceniza, sin entender lo que representa este tiempo litúrgico, de la misma forma que si en un funeral le deseáramos “feliz entierro” a la familia del finado. Polvo eres y en polvo te convertirás.

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