El olvido


Foto: Rafael Roldán

Allí estaban, en el más ruin e indigno lugar de la calle. Allí, juntos, olvidados, despreciados y humillados. Allí, llenos de ignominia y de vergüenza. Desamparados y abandonados, como un vulgar juguete que ha dejado de funcionar. Aunque muchos son los que conservan sus juguetes rotos como recuerdos de la infancia y nunca osarían olvidarlos en el peor de lo lugares.

¿Qué habrá pasado? ¿Qué ha llevado a alguien a dejar una imagen de Cristo Rey entre dos cubos de basura? ¿Y el cartel de la Virgen? Ahí, entre la inmundicia.

Carmen no tenía demasiadas cosas. La vida no le había tratado mal aunque el dinero tampoco le sobraba, tuvo una infancia feliz, casó con un buen hombre y a ambos les acompañaron un par de hijos durante sus largos años de matrimonio. Enviudó de Alberto no hacía mucho y lo aceptó con resignación y un cierto punto de normalidad, en tanto la edad que tenían era ya avanzada. Había tenido buenos momentos, recordaba, como aquellos cumpleaños de los niños, con toda la familia en casa; o el viaje que hicieron por Galicia en el que hasta se pusieron malos de tanto comer marisco. Sonreía al recordar y se le iba la mirada por los objetos que poblaban la habitación. Estaba allí, en la pared, con esa mirada llena de dolor y soledad, con ese rostro por el que seis lágrimas vagaban tristes y eran testigos del amor que se daba por un hijo. Era Ella, sí, para Carmen era Ella. No se trataba de un simple cuadro, de una foto, no. Era Ella. Desde que Alberto trajo el cartel de la hermandad y lo colgó en la sala, parecía que la estancia tenía un aroma diferente, una corriente de aire que le hacía cerrar los ojos y repasar esos hermosos recuerdos que le había dado la vida. Sólo con mirarla sabía que su memoria revolotearía por fiestas de fin de curso, días de playa o besos escondidos tras alguna mata de lentisco; porque Ella le daba esa paz, esa melancolía alegre y dulce.

Y un día, con la sonrisa entre los labios, Carmen abandonó sus recuerdos, se dejó llevar con suavidad, sin aspavientos, sin ruido. Allí quedó, frente a Ella, sentada en su sillón, la cabeza ladeada y las manos dispuestas sobre el regazo, esperando lo que ya se venía sin remedio.

¡Vamos, que se hace tarde y no llegamos a la reunión! Julio apremiaba a Erika. Se acababan de mudar, un piso económico, no muy grande pero bien situado y, además, con muebles incluidos. No valían todos, por lo que tuvieron que pasar por alguna tienda a reponer algunas sillas y la librería del salón. La limpieza no duró demasiado. La anterior dueña era una persona ordenada y cuidadosa y casi todo era aprovechable, pues los hijos sólo se llevaron algunos efectos personales antes de la venta.

Voy bajando la basura mientras terminas de vestirte. Julio agarró varias bolsas con algunas tazas descascarilladas, revistas amarillentas y cortinas antiguas. También llevaba algunos cuadros y adornos que ni a él ni a Erika les parecieron de buen gusto. Con esfuerzo se acercó al cubo de basura de la esquina, consiguió levantar la tapadera y tiró con estrépito las primeras bolsas. Se agachó a coger la que quedaba y, al levantarla, se desgarró el plástico. Casi se cae todo, por lo que tuvo que sacar lo que había dentro para depositarlo sin la bolsa. Un cuadro. No, una foto de una Virgen. Julio miraba fijamente el rostro retratado de la imagen y, cuando quiso dejarlo en el interior del cubo, no supo seguir. Algo le había detenido y no sabía bien qué era. ¡Pero si era ateo convencido y desde siempre…! Bueno, desde siempre no, que sus padres le obligaron a ir a misa y a la comunión y hasta le apuntaron a una hermandad. ¡Qué casualidad! A Julio le pareció que aquella Virgen era la de esa hermandad a la que perteneció hasta que fue a la universidad y los amigos y profesores le separaron de sus ideas religiosas. Ahora estaba allí, preso de una punzada que detenía su brazo. Está bien, pensó, quedará aquí, fuera del contenedor, y así tendrá una oportunidad para no caer destrozada por los engranajes del camión de la basura. También rescató a la imagen de Cristo Rey que iba en la misma bolsa y la depositó en el suelo. Se alejó, mirando hacia atrás, con un nudo en la garganta. No podía quedarse con aquello, ¡qué diría Erika! pero no estaba tranquilo. Volvió sobre sus pasos, sacó el móvil del bolsillo e hizo una foto de la escena dantesca que allí se presentaba y, con rapidez, la envió a un amigo que presumía de ser buen cofrade.

La foto llegó a su destino con el correspondiente timbre de notificación. La abrieron y en unos instantes cofrades anónimos se movilizaron con rapidez, localizando el lugar de la fotografía y avisando a la persona conocida que se encontraba más cerca.

Estaba sin arreglar, viendo la televisión. De repente sonó el teléfono y una voz familiar le puso al tanto del asunto. Además, recibió en su terminal la imagen que demostraba aquello. Se llevó una mano a la boca para ahogar un suspiro mientras la otra sostenía el aparato con la foto en la pantalla. No se lo pensó; así mismo, en zapatillas, comenzó a correr por el pasillo; casi olvida las llaves de casa. El ascensor que tarda, el semáforo en rojo para cruzar, los del bar ahí sentados, mirando. Ana corría. Al fin llegó junto a los cubos de basura y lo que vio la dejó petrificada. Alguien se había dedicado a patear la figura de Cristo Rey y había esparcido los trozos por la calle y el cuadro de la Virgen… estaba roto, el cristal hecho añicos. Se agachó y recogió los trozos más grandes de la efigie, sacó con cuidado el cartel de la Virgen del marco y lo enrolló cuidadosamente. Después tomo aire, se incorporó y regresó a su casa con la cara entristecida por no haber llegado a tiempo de salvar la integridad de la imagen de Cristo Rey, pero con la íntima satisfacción de no haber dejado abandonada a su Virgen, a una foto de Ella, sí, pero donde se podía contemplar ese dolor y esa soledad que le trajeron felices recuerdos de otros tiempos no tan lejanos. *

 

*Esta fotografía es real y ha sido tomada el pasado fin de semana. Los hechos aquí descritos son ficticios, salvo en la situación en que aparecieron las imágenes y en la recuperación de las mismas. Sirva este relato para denunciar la falta de sensibilidad de algunas personas hacia estas representaciones de imágenes sagradas. Si es necesario deshacerse de ellas se pueden donar a alguien que las aprecie o, si no hay otra posibilidad, reducirlas a trozos muy pequeños y envolverlas cuidadosamente sin que sean reconocibles.

2 Comentarios

  1. Pues antes que reducirlas a trozos mejor así, porque en la misma situación que esas figuras me encontré una Santa Gema y yo me la llevé. Quizás el que las tiró, pensó en dejarlas fuera del contenedor y no destruidas por si alguien las quisiera cojer…entonces, quizás no hay que ser tan extremista. Ahora Santa Gema está en mi casa y no reducida a pedacitos.

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