Ausencia


Ausencia de aquellos días de cielos lejanos que recortaban la corona del Señor.

Ausencia de susurros al oído que dejaban un escalofrío seco y diáfano.

Ausencia de olor a cera derretida cayendo en acompasado son.

Ausencia de ásperos tambores y descoloridos nazarenos.

Ausencia de generosos humos, de olores desabridos a tizones negros.

Ausencia de silencio y soledad, de música callada.

Ausencia de oración, de arrepentimiento, de humilde postración.

Ausencia de temor de Dios.

La batería del móvil a punto de acabarse, el indicador en la pantalla se ha vuelto rojo… ¡Maldita sea!, no va a poder ser, no va a dar tiempo, no me llega. ¿Por qué no lo cargué esta tarde? Tuve todo el tiempo del mundo, pero con tanto mensaje ni me acordé. ¡Ah! Esto no es posible, uno se gasta una pasta en el teléfono y luego resulta que te quedas sin batería, que ya no puede más, que se me va a ir… Y mira que ahora va a llegar el momento, ya se acerca, quedan sólo unos metros para tenerlo a mi lado, para disfrutar de este momento sublime, y el móvil veremos… no, no va a durar, y está ahí, tan cerca, casi puedo tocarlo con la mano, ver los detalles de su cara, ya, ya viene. Voy a intentarlo, voy a grabar, allá vamos…

La cámara del teléfono enfocó con precisión, el micrófono incorporado comenzó a captar los sonidos con total fidelidad y, de pronto, sin más aviso, se produjo el apagón del dispositivo que, ávido de energía, dio un suspiro de cansancio. En ese instante se inició el esperado solo de corneta que iba a quedar plasmado en la tarjeta de memoria del aparato para regocijo de cientos y cientos de aficionados que verían la apoteosis cofradiera entre monigotes de “me gusta” y comentarios cargados de “profundas” reflexiones. ¿El Señor, la hermandad? No sé, pero el corneta…
Ausencia del simple y sincero amor por Jesús y su Madre.

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